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Estirpe de Mauros



A sus siete y nueve años, Víctor y Mauro García afirman que les gusta el mundo del vino y que, aunque aún no lo tengan claro, de mayores les podría apetecer hacer vinos como los que se hacen en Bodegas Mauro, “una gran empresa creada por Mariano en honor a su padre y que por eso se llama como él”. Más que una reconocida marca de vinos, Mauro, el nombre, es hilo conductor de una familia cuya figura más sobresaliente es Mariano García.

Su abuelo, también Mariano, a quien no conoció el bodeguero, llegó a una finca agrícola de Ribera del Duero, de cuya agricultura Mauro, padre de Mariano, posteriormente se encargó. Allí nació él, con vino y viñedos como entorno natural. Como todo chico en similares circunstancias e igual que sus nietos se divierten en hacer hoy, recogió uvas, se deleitó comiéndolas en la viña y, como también ha hecho su prole, confiscó  botellas de mosto recién exprimido, tentador preludio al vino.

Su padre Mauro era un hombre de campo con estrecho apego al terruño y una filosofía de placer y de vida tranquila. El vino siempre tuvo presencia en su hogar, donde a veces se comía con pan y azúcar, y se bebía, unas veces de granel y, de vez en cuando, de alguna botella de las que producía aquella finca. Educó a su único hijo con libertad, una filosofía de vida que él también le ha inculcado a los suyos, Eduardo y Mauro Alberto. “Mi padre lo que quería era que hiciera algo que a mí me gustase; no me forzó al mundo del vino”, declara Mariano García.

Disfrutó de su primera copa a los 14 años, aunque el vino no fue eje de su mundo. Salía con sus amigos, pensó en ser policía, en hacer las Américas, pero al final la ruta de inquietudes lo llevó a estudiar enología y sumergirse en un mundo para el que descubrió tenía aptitudes al reconocer en una cata dos copas de idéntico vino.

En 1968 embotelló el primero, uno de la gran cosecha del 1964 elaborado por su mentor. Luego lo hizo con los suyos y en 1978 estrenó un proyecto personal de tempranillos en Tudela de Duero que, en lugar de bautizar como Condado tal o Señorío cual, designó con sencillez y en homenaje a padre, Mauro, quien conocía del gran proyecto de su hijo, pero no llegó a verlo cristalizado. Una fundación muy próxima al nacimiento de sus propios hijos, quienes como él también vivieron el vino de niños y con el tiempo sucumbieron a su embrujo, arrimándose a la bodega familiar, de la que según Mariano, son sus pilares fundamentales.

“Si Eduardo y Alberto no se hubieran involucrado en la bodega, Mauro habría sido un proyecto de vinos importante, pero no como ahora que es un proyecto de pasión. Sin ellos, Bodegas Mauro no habría llegado ni llegará a lo que yo he vislumbrado. Mis hijos han propiciado un salto de filosofía, han contribuido a fortalecer y mejorar el negocio familiar, lo que permitirá que nos consolidemos como una de las grandes bodegas de España”, asevera Mariano.

Confiesa que cada vez acerca más posturas a su hijo Eduardo, responsable del día a día de la elaboración de los vinos de familia y de llevarlos a su próxima generación de barricas. Aunque Eduardo es más de viña y Mariano de cata, siempre han estado de acuerdo en su respeto al viñedo, y tanto Alberto como Eduardo en su admiración por la generosidad y sentido común de su padre.

Mariano reconoce que sus hijos son más organizados y disciplinados que él. Como trío son extrovertidos, dados a tener amigos y confiar en las personas, rodeándose de gente buena y capaz a quienes le dan libertad de acción.

A vino y familia les gusta verles evolucionar sin traumas, con poca intervención. Mariano, padre de vinos, mima cada nueva añada como a un hijo y le gusta probar etiquetas en el tiempo, para ver si evolucionan por la ruta que les intuyó. De sus hijos en botella  —Mauro, San Román, Prima, Aalto, Mauro VS, Terreus y, antes, Vega Sicilia—  afirma tajante que San Román es su niña bonita por llenarle de satisfacción constatar que acertó en su apuesta por la región de Toro. “A pesar de no tener una historia muy prolongada, demuestra gran potencial de envejecimiento, mucha elegancia y personalidad. Es uno de los vinos que mejor refleja el terruño de su génesis”.

Semanalmente, las tres generaciones García intentan comer juntas, oportunidad en que el vino, y muchas veces también el fútbol, centran la conversación familiar. Sus nietos ya distinguen claramente mostos de vinos y definen perfectamente el sabor de cada uno. “Antes el vino se veía como un alimento. Ahora las madres piensan que si el niño lo prueba se intoxicará”, dice.

Amante de comer y viajar, Mariano García es un conversador infatigable con quien se pueden tener las más fascinantes conversaciones sobre la vid y la vida. Un hombre que habiéndose sentado en la mesa de los grandes nunca ha perdido su esencia de chico de pueblo. Ha puesto el nombre de España en alto con botellas, buscando dar placer, enseñanza de su padre que quiere preserven las generaciones que le sucedan.

Capaz de intuir el futuro de los vinos que elabora, lo siente más complicado a la hora de pronosticar el futuro de sus nietos. “Sí intentaré que al menos uno entre al mundo del vino”. Ambos niños están conscientes de su entorno y de que el vino es el modus vivendi familiar. Cuando sale, Mauro III cifra su atención en las botellas con su nombre que halla en su camino. “Nunca he pensado lo que significa llamarme como el vino que hacen Mariano y su bodega, pero me enorgullece llamarme Mauro”, admite a Magacín.