Inicio / Blogs / Oh, Dulcinea! / Movidas 2013

Oh, Dulcinea!

Oh, Dulcinea!

Movidas 2013

Valoración promedio:

No me gusta la palabra ‘resoluciones’. Me suena a diligencias y a filas en el banco. A trámites y a tapón de las 8 de la mañana. Prefiero hacer una lista y llamarlas ‘Movidas 2013’. Esa palabra la aprendí en España, cuando viví allá, y me simplificó bastante la vida. Hasta cuando hablaba de las cosas que no encontraba en mi cartera, le decía a mi compañera de trabajo: “Belén, que no encuentro mis movidas. ¿Las has visto?” Belén siempre me entendía. Digamos que las ‘movidas’ pueden llegar a ser esas cosas que se te pierden y que no encuentras hasta después de un año. Parece que el vocablo funciona, y vaya que me ha funcionado en los últimos años para una u otra cosa;  2011: comprar una casa, 2012: obtener un nuevo trabajo y bailar flamenco. Lo de bailar flamenco no lo conseguí, ni este año que pasó, y al parecer, tampoco éste que se presenta. Esa era mí movida de este 2013: moverme, ejercitar mi cuerpo. No comer menos, no dejar los postres, no hacer dieta, no. Moverme. Bailar… Haciendo caso a mi movida llamé a la escuela de danza predilecta y me dijeron que no tenían espacio. Todo lleno. Solo los sábados (que trabajo) y ya.  Te juro que me había ilusionado. Ya tenía hasta la lista hecha con las cosas que debía comprar: A) falda roja con volantes, picante. B) zapatos negros para el taconeo, seducción total. C) Leotardo large, en el médium me siento incómoda, etc…

“Vamos por el día 3 del año y la movida sigue sin cumplirse”, pensé cuando me dijeron que no. Pero, pensando pensando decidí entonces matricularme en un gimnasio. Un gimnasio para mi representa el lugar más aburrido del planeta tierra. (Lo siento por aquellos que lo creen un templo).  Moverme con una máquina no es lo más divertido. Las máquinas no sienten, no tienen la piel suavecita, o dura, y no hablan. Pero, ahí estaba yo el 30 de diciembre, pagando la matricula. La señorita del mostrador notó mi pesar y me dio la orientación. Entre las cosas que me dijo me habló de las clases de cycling. Sonó interesante. Aleluya, aleluya. Ya notaba luz al final del camino.

Llegó el apreciado día 2 de enero (el 1 no hice absolutamente nada. Comer).  Salí corriendo del trabajo y llegué cual alumna novata a la clase. Me senté en la primera bicicleta. El profesor se presentó: David. Alto, fortachón y alegre. A mí me gusta la gente triste, pero la alegre, me encanta. Mucho. Me explicó todo: “Regla 1: vete y compra agua, sin agua no puedes tomar la clase. Regla 2: cuando salgas de aquí, tienes que cenar. No te hartes, pero cena bien. Quemarás casi 500 calorías y el cuerpo te pedirá algo”.

Eso de que me dieran permiso de comer me encantó. Casi nadie te da permiso de comer. Excepto tu madre, claro.

Entonces inició la clase. De momento las luces se apagaron. Encendieron unas infrarrojas, láser, y una bola de discoteca bajó del techo.  Azules, violetas, rojos… Sonó Rihanna de fondo (Shine bright like a diamond!) y David comenzó con su voz fuerte a dar indicaciones: “Vamos comenzando este nuevo viaje. Pa’fuera el lechón, y pa’arriba de la montaña”. La adrenalina iba subiendo, y sentí literal e irónicamente que estaba subiendo la cuesta de Guavate, pero no dejaba de sonreír. David creía lo que decía y parece que yo también. “Ahora toma agua”, gritaba en algunas ocasiones. “Ahora coge aire”. “Y vamos rápido.  Pedaleando. Subimos y bajamos. ¡Coge aire!”

Era como una inyección de energía, como la manufactura de un nuevo sistema de soporte (ese que a todos nos gusta tener). Era como sentir que subías la colina, y que allá arriba, estabas pedaleando por el tour de Francia, y luego en los campos de Italia. Después se escuchó el ‘Areyto’ de Juan Luis Guerra –liberación, pensé- y luego terminamos con ‘Soy tu amante’, de Ednita Nazario. De hecho, estiramos con esa última canción. Sin palabras.

Pasó una hora de pedaleo intenso en el que inclusive hicimos pesas y abdominales. Cuando me bajé de la bicicleta (con las debidas instrucciones de David) sentí ganas de bailar. Sí, me dolían las sentaderas y también los dientes. Pero literalmente había terminado un viaje, y bastante movido. Había que celebrarlo.

¿Mi recomendación para tus resoluciones? Haz una al año. Quítale el nombre que todos le ponen. Los planes no significan nada a veces. Las cosas suceden cuando tienen que suceder. Las decisiones las tomamos sin prisas, con calma. Cuando tu cuerpo te diga.

¿Qué no hiciste ninguna resolución para este 2013? Intenta con una movida. Un día a la vez. Poco a poco.

Mañana voy a tomar clases de Zumba.