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Abolengo de albariño

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Un vitral que brilla como sol de colores ilumina a distancia la penumbra de un largo corredor que al atravesarse va encendiendo con su reflejo claroscuros que revelan las minucias de una residencia palaciega y sobria.

Enmarcado en gruesos muros de piedra, un mobiliario exquisitamente antique, colocado con simetría, sin barroquismos, por secuencias de color, y conservado como piezas de museo viviente infunde brío a la residencia cuyo matiz íntimo más vibrante se halla en la pinacoteca privada de palacio, una colección única y personal de retratos en lienzo y fotos de familia, a través de la que pueden descifrarse siglos de historia de los Gil y de Galicia.

Entre los retratos del comedor, el del Dr. Miguel Gil Casares, insigne galeno de Santiago de Compostela, quien luego de regresar de Alemania convenció a su mujer, dueña de la casa, que la uva albariño no tenía nada que envidiarle a la riesling con que se hacían grandes vinos germanos y que valdría la pena instituir una bodega en el Palacio de Fefiñanes, un lugar donde, como en otros, siempre se hizo vino, pero nunca hubo bodega comercial.

Así, en 1904 se fundó la del histórico Palacio de Fefiñanes, una pionera en Galicia, y en 1928 se registró la marca que da nombre al vino. Primero lo hizo el doctor, después envió a su hijo a estudiar a Alemania para aprender a elaborarlo, y luego de algunos profesionales llegó su nieto. Juan Gil de Araújo, Marqués de Figueroa, actual señor del albariño de Fefiñanes, presidente del CRDO Rías Baixas, pero para los amigos, Juan. A secas. Sin ego, pero con garbo, alcurnia y sabiduría del saber comportarse a la altura del noble abolengo familiar que ostenta, pero con los pies anclados en tierra firme y sin vanagloriarse del aura de grandeza que imponen la historia y la heráldica que adornan su palacio familiar.

Por sus recovecos y jardines correteaba cuando era niño y venía a visitar a su abuela y pasarse los veranos en Cambados recogiendo frutos de mar por la Ría de Arousa, bañándose en sus playas, navegando por sus aguas e incluso divirtiéndose como observador en las tareas vendimiales.

Arropado por la brisa de la ría, la piedra centenaria y firme del Palacio de Fefiñanes conforma un eje central en el pueblo de Cambados que preserva un tesoro de vinos de albariño. Fefiñanes, o Fefiñáns, es un conjunto arquitectónico hoy formado por una iglesia, el Palacio, un arco puente y una plaza cuadrangular, cerrada hoy, pero en sus inicios, que se remontan al siglo XVI, abierta al mar.

“Antes el pueblo era Fefiñanes, un señorío jurisdiccional que luego se unió a Santo Tomé y a Cambados para fusionarse con el nombre de esta última villa”, detalla el Marqués. Los servicios a la Corona española le valieron a sus ancestros el Vizcondado de Fefiñanes, que luego emparentó con la casa del Marquesado de Figueroa, que heredó Juan.

El Palacio se hace notar por sus escudos, sus balcones circulares, sus forjas de hierro, sus gruesas puertas de madera con cerrojos y llaves antiguas, su torre y su viña, en pleno centro del pueblo, destinando su parte baja a bodega y la superior a vivienda.

Muchas décadas antes de que surgiera el boom de los vinos de albariño y las Rías Baixas, los de Fefiñanes eran ya su estandarte, posicionándose con prestigio en las principales ciudades españolas, donde su néctar en copa subyugaba a los consumidores más exigentes y era un apelativo común en las páginas de los periodistas y escritores más célebres. Era un vino blanco que se bebía en círculos de referencia, premiado en certámenes y obligado en los menús de los grandes acontecimientos sociales.

No en balde gustaba también a los niños de casa, a quienes en fiestas y Navidad siempre daban un sorbito de vino. “Debería de ser así también hoy, para que aprendan a consumirlo con moderación”, opina.

En bodega y con complicidad conversamos de pie, entre barricas, y al asomo del sol de la tarde, deleitándonos con sorbos de Fefiñanes III Año 2010, recién embotellado, un vino que es un espejo del Palacio, comedido, aristrocrático, que se crece y va develando sorpresas y más matices a medida que se transita por él hasta revelar idéntico esplendor al del majestuoso salón azul, aposento real que dice mucho con pocos elementos. Un vino con trayectoria, porque contrario a los albariños más contemporáneos que se acostumbra a beber casi recién hechos, ha pasado más de dos años en depósito antes de embotellarse para ganar en elegancia y complejidad. Austero, pero con enorme finesse, discreto en aromas y sin estridencias, como el Palacio y su señor, quien con menos dice más. Poco a poco  gana en estructura, muestra su salinidad, su distinción y su mineralidad persistentes que trasladan al mar y a esas raíces graníticas donde se asienta la firmeza del albariño.

“Antes los vinos eran poco consistentes porque se carecía de equipos, pero aún así los había maravillosos con recursos limitados. En Fefiñanes siempre hemos empleado el conocimiento científico para la elaboración. Los buenos albariños tienen que ser elegantes y minerales. En eso se basa nuestra identidad”, afirma.

Aunque siempre estuvo en contacto con el vino y estudió ingeniería agrónoma, a la bodega llegó por azar y luego de otros proyectos profesionales en los sectores más variopintos. Una colaboración temporera que le convenció a quedarse y a estudiar algo de enología, hipnotizado por la capacidad que tiene el vino de aproximar a las personas, lograr que se entiendan y hacerlas felices independientemente de cuánto o no tengan en común.

Hoy su tiempo lo reparte entre Fefiñanes y la presidencia del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Rías Baixas, para la cual Puerto Rico es su cuarto mercado internacional en importancia. “Esperamos mucho de nuestra relación con la Isla”.

A pesar de no ser una de las denominaciones con mayor tiempo de trayectoria, Rías Baixas sin duda es una de las denominaciones de origen españolas con mayor trayectoria en menor tiempo. Como parte de la conmemoración de su primer cuarto de siglo este año, contempla la publicación de un libro, la emisión de un sello y presentaciones especiales en diversos puntos de España, que Gil de Araújo confía sirvan para añadir más glamour al albariño, uno de los objetivos de su mandato, porque a pesar de la nobleza de los vinos de la uva cree que el consumidor aún no los percibe como vinos del nivel de los grandes blancos del mundo.

“Mi sueño es hacer una gran degustación de vinos de Rías Baixas en París porque a Francia se le tiene como referente de glamour”.

Por suerte no preciso ir a París para que Juan encante con el glamour de los de Fefiñanes y su caballerosidad como anfitrión, asegurándose de que nuestras copas nunca se vacíen, hasta terminar la botella. Tampoco hace falta ir a París para disfrutar de la Festa do Albariño, una celebración anual que cada agosto congrega en Cambados a los amantes de esta uva, con degustaciones, entretenimiento y protocolarias ceremonias de investidura a los Caballeros y Damas del Albariño, que este 2013 celebrará su 55ma edición.

“Aunque los vinos de albariño no se limitan a Rías Baixas, queremos que la gente identifique a las Rías Baixas como cuna de la albariño y de los mejores vinos que se elaboran de ella. Vinos irrepetibles, con una singularidad que trasciende esta variedad de uva”.

En la bodega de este Señor de albariño se elaboran además de aguardientes de orujo, un vino joven y otro en barrica, un estilo que aunque aún es minoritario, algunas bodegas exploran con interés para trabajar sus albariños, por ser una uva muy moldeable, como con burbujas, una categoría que comienza a tener buena acogida, o los de guarda, facetas que el presidente del Consejo Regulador entiende harán más atractivo al conjunto de vinos de la DO Rías Baixas, un colectivo que él desea ver convertido en uno aún más grande.

Cuando él no bebe albariños, disfruta tintos y blancos sin distinción de origen, aunque es diplomático y prudente en comentar qué otros vinos le agradan. Le gusta que al vino se le vea como alimento, además de navegar y montar a caballo, y vivir cabalgando entre Galicia y Madrid.

Quizás las próximas generaciones de familia admiren en la pinacoteca de Palacio un retrato a caballo de Juan. De momento, su retrato más noble y artístico se delinea en cada botella de los albariños de Fefiñanes.