Inicio / Estilos de vida / Entrevistas / Los Riojas del Barrio

Los Riojas del Barrio

Valoración promedio:

GE

En pleno corazón de la Rioja Alta, las letras de HARO se yerguen en lo alto de la villa con una proyección tan imponente como las de Ponce o Hollywood. A los pies del pueblo, tan moderno como histórico, se asienta su célebre Barrio de la Estación, donde en la segunda mitad del siglo XIX comenzó a rodarse un filme fascinante protagonizado por viñas, tempranillos, personajes visionarios y bodegas legendarias que desde allí y alrededor de las vías del tren comenzaron a escribir en mayúscula el gran nombre de vino Rioja, hilvanando las historias e identidades de varias casas de vino que erigieron el distrito con más estirpe del vino español.

El tren llegó a Haro en 1863 y con él un tránsito entre Rioja y Francia, de donde ya habían empezado a llegar comerciantes en busca de vinos con que reemplazar las pérdidas que la filoxera había ocasionado al viñedo galo. Con ellos, y alrededor de las vías del tren, comenzaron a forjarse casas bodegueras donde se elaboraban vinos finos embotellados y criados en barrica al estilo francés, con fácil salida al mundo a través del ferrocarril. Así empezó la modernización de la viña riojana, el esplendor comercial de la región y nació el Barrio de la Estación, un mágico y sin igual paraje de vinos donde se concentra el mayor número de bodegas centenarias del mundo. Una “milla de oro” del vino en el corazón de Rioja y en el que siete bodegas componen un pequeño gran vecindario.

Como son buenos vecinos, para procurar el bien común y mantener el buen nombre del barrio, realzando al colectivo con el versado poder de la exquisita singularidad de sus miembros, Roda, Muga, CVNE, Gómez Cruzado, La Rioja Alta, Herederos de Rafael López de Heredia y Bodegas Bilbaínas decidieron hacer de la solidaridad un valor en alza, convocando a la Cata del Barrio de la Estación, un ejercicio que por segundo año aunó fortalezas y virtudes para consolidar a su barrio de vinos finos como un valioso destino enoturístico de orden mundial, con todo el encanto de pueblo pequeño que custodia tesoros grandes y, a pesar de su larga historia, pervive con la frescura de los vinos a los que dio vida con un espíritu de posteridad.

Un aire de Belle Époque y los gloriosos años veinte se apoderó del Barrio por dos jornadas en las que se ambientó con inspiración decimonómica y los ritmos de jazz y los big bands sonaron entre barricas. Un viaje en el tiempo, del sepia al tecnicolor, que permitió probar vinos, identificar tendencias y conocer la historia, arquitectura y cultura de un barrio dinámico que ha evolucionado como lo hace el vino en la copa, y que también se anticipa al futuro.

GE

Por ello, más que un viaje por antiquísimas botellas de vino de las que como pocos este Barrio puede presumir, el evento estrella de la segunda Cata del Barrio de la Estación pretendió intuir el sendero por el que se dirigirán los vinos que actualmente se gestan en las bodegas, a través de una clase magistral conducida por el Master of Wine Pedro Ballesteros que exploró el origen y secretos de los vinos de ensamblaje como signo de identidad de las bodegas del Barrio, y también su magia en la consecución del objetivo ulterior del vino, que es la armonía.

Los ensamblajes son la esencia más racial y ancestral de Rioja, un formato con que se armaron los grandes vinos históricos de esta denominación de origen y algunas de las joyas en botella de las afamadas bodegas del Barrio de la Estación, esgrimiendo el depurado conocimiento del terruño y la riqueza de la diversidad como punta de lanza de un futuro promisorio.

Maquinista de un tren abordado por un exclusivo grupo global de profesionales del vino, Ballesteros se unió a los responsables de las siete bodegas para conducir una cata inédita e interactiva que apostó por la originalidad de volver al origen, a través de una prueba en primicia de distintas partidas de vino de cada bodega. Guiados por los elaboradores, los catadores se convirtieron también en enólogos efímeros que interpretaron, no el pasado, sino el futuro de los vinos, aplicando aritmética e intuición en la construcción de los ensamblajes de lo que serán algunas de las etiquetas emblemáticas de las bodegas del Barrio, un juego en el que cada casa de vinos abordó un aspecto diverso sobre el que edificar la concordia en botella.

Así María José López de Heredia -cuarta generación que vive con pasión, respeto y visión la historia de la bodega más antigua del Barrio- buscó resaltar el arte del ensamblaje desde la conjunción de añadas diversas con buen envejecimiento en madera, a partir de las cuales se pretende construir el Rioja supremo, es decir, el vino con perfecta crianza al que aspiraba su bisuabuelo, retratado en el Viña Tondonia, tinto ícono de Bodegas López de Heredia, que se creó en 1883 como un vino de mesa, sin añada, y con el 6to. año como guía de la crianza idónea.

GE

La Rioja Alta se centró en el ensamblaje de lo que será su Viña Ardanza 2014, donde mayoritariamente se fusionan tempranillos de diversos terruños, retando a los catadores a encontrar su fórmula a partir de primeurs de tempranillo y garnacha. De 2014 fueron también los primeurs de Imperial Gran Reserva de Bodegas CVNE, una premiadísima etiqueta que se creó en la década del 1920 y que, con una base de tempranillos de cepas viejas, basó su ejercicio de diseño enológico en un juego de vinos de distintas barricas de roble según su tamaño, usos y origen.

Fundada en 1901 Bodegas Bilbaínas centró su atención en Viña Pomal, una etiqueta que cuando nació en 1904 se llamó “Cepa Borgoña”, a la usanza antigua de designar a muchos vinos del Barrio con un nombre francés. Utilizando los primeurs de la cosecha 2015, Bilbaínas ilustró cómo ensamblar sus Reserva y Gran Reserva, concebido el Gran Reserva como un vino más especiado y con mayor aptitud de longevidad, y el Reserva como un vino sutil, expresivo, bebible y representativo de la tempranillo de Haro y la Rioja Alta.

El desafío de Bodegas Muga partió de vinos monovarietales de tempranillo, mazuelo, garnacha y graciano, con matices de lo balsámico, torrefacto y ahumado al grafito mineral, perfumadas violetas o incluso recuerdos a guayaba, con los que se retó a componer lo que será el Muga Selección Especial 2015, una etiqueta que nació en 1994 como resultado de los cambios de estilo y viticultura introducidos por el Torre Muga, un sello que aportó modernidad a la archiconocida bodega.

Gómez Cruzado, bodega revelación del evento, apostó por proyectar a Rioja como un conjunto de identidades diversas cimentadas en variedades de uva, terruños y estilos de vinificación y crianza, con los cuales construyó el primeur de su Monte Obarenes 2015, un blanco de viura y tempranillo blanco que pretende revelar tipicidad y fidelidad a su origen, frescura con complejidad, y gran potencial de envejecimiento, algo que se logra ensamblando vinos que se vinificaron y criaron en madera, hormigón, acero inoxidable y sobre sus lías, que sumados como cuarteto anticiparon un blanco excepcional.

Ante el debate de moda que ensalza los vinos de viñedos singulares en Rioja, Agustín Santolaya, Director de Bodegas Roda, pretendió demostrar que los vinos de parajes únicos no son sinónimo de superioridad, sino que los buenos ensamblajes de varios terruños pueden mejorar el producto final. Es la filosofía de la bodega, la más joven del Barrio de la Estación, un proyecto con estilo moderno que apuesta por formatos clásicos y que arma sus vinos a partir de una diversidad de parcelas, de cuyas sumas nacen el Roda, el vino que ensambla los que destacan el frescor de la fruta, y el Roda I, de los que se expresan más profundos y minerales, cada uno de los cuales se ensambló con vinos en primeur de la cosecha 2015.

imperial-2007-en-nave-eiffelDel futuro de los primeurs al presente y pasado de los vinos del Barrio, la celebración continuó con catas en bodegas donde también brillaron actividades complementarias disfrutadas a través de un recorrido andante por el Barrio que permitió degustar novedades que anticipan tendencias. Como el renacer de los vinos blancos en Rioja, antes predominantes y hoy en nueva etapa, como en Bodegas Bilbaínas y Gómez Cruzado, que han puesto a la tempranillo blanco como base de sus muy buenos nuevos blancos, o el nuevo Monopole de Bodegas CVNE que ensambla palomino y viura. O el interés por los cavas riojanos, burbujas menos conocidas que en el Barrio de la Estación elaboran Muga, con sus Conde de Haro, y Bilbaínas, que con una amplia experiencia de burbujas ha lanzado un cava Viña Pomal, un estupendo blanc de noirs a partir de garnacha tinta. O la nueva hornada de vinos de Gómez Cruzado, con su conjunto de vinos de parcela y sus etiquetas más clásicas que exudan modernidad, como también las nuevas añadas de López de Heredia, que incluso manteniendo el rigor de la tradición y perfil elegante evidencian un aire más moderno, con mayor frescura y realce frutal, una sazón similar a la aportada por la arquitecta Zaha Hadid, que diseñó un moderno centro de visitas a la entrada de la centenaria bodega.

Este ejercicio de cata se armonizó con otras actividades como demostraciones de la doma de barricas en Muga, el degüelle manual de botellas de cava en Bilbaínas o el trasiego artesanal del vino a la luz de velas en La Rioja Alta; exhibiciones como la de los artesanos boteros en Gómez Cruzado, la de las esculturas del artista británico Anthony Caro en Bodegas CVNE donde hay una nave de barricas diseñada por Gustave Eiffel, la de López de Heredia, que entre toneles vetustos expuso sobre arte, neurología y vino; o el recorrido del calado subterráneo cavado en la roca, silencioso escondite en Roda, donde al amparo de la historia envejecen algunos de los Riojas más modernos.

Un puente de afectos y copas vincula a la Isla a esas bodegas que con su gran fiesta colectiva celebraron ese pasado que se derrama en futuro pero, sobre todo, a los valores que les han permitido perdurar por casi siglo y medio. Son vecinos a distancia con cuyos vinos hemos celebrado cumpleaños, graduaciones o brindado en Navidad, vecinos viejos y nuevos que tienen el privilegio de por décadas habernos ayudado a redactar la historia del vino en Puerto Rico y a construir nuestro propio barrio de Riojas.

A las seis de la tarde, la bocina del tren de mercancías atraviesa veloz la estación de Haro, y deja un eco que reverbera como el sabor de los vinos del Barrio de la Estación en el paladar. Un retrato del pasado que vive con vocación de porvenir y que también retumba en el corazón boricua.