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La fantasía de Schiaparelli

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Christian Lacroix regresó a la alta costura de París con una artística colección que homenajea a la excéntrica modista Elsa Schiaparelli, en una jornada en la que Dior se abrió al mundo con sus diseños para el próximo otoño-invierno.

En el Museo de las Artes Decorativas de París, en las inmediaciones del jardín de las Tullerías, vieron la luz las dieciocho piezas que integran la creatividad del maestro Lacroix y la fantasía de Schiaparelli, figura de referencia del periodo de entreguerras.

“Nunca hubiera sido diseñador sin su ejemplo”, afirmó el modisto retirado de las pasarelas desde que la casa que lleva su nombre se declarara en suspensión de pagos a finales de la década pasada.

Contemporánea y rival de Coco Chanel, Schiaparelli destacó por sus diseños alocados, como el sombrero en forma de zapato o el vestido con el dibujo de una langosta.
Lacroix, que se ha tomado el encargo como si tuviera que vestir a la compañía que representa un espectáculo sobre ella, ha explotado la pasión que la modista fallecida en 1973 profesaba por integrar insectos y crustáceos en las prendas.

Un tocado en forma de bogavante, un broche de libélula o una chaqueta cuya espalda se construye como caparazón de escarabajo, así ha plasmado el diseñador de Arles (Francia) esta afinidad.

La modista italiana, al llegar a París en 1922, entró en contacto con el efervescente mundo artístico de la capital francesa.

“Siempre me ha gustado todo lo que se escapa de la realidad y ella sabía diseñar cosas que se vendían y, al mismo tiempo, era surrealista y extravagante”, explicó el diseñador de 62 años.

Lacroix ha revisitado el famoso vestido de bolsillos que Schiaparelli diseñó a partir del cuadro de Salvador Dalí “Armario antropomórfico con cajones” (1936). Bajo la aguja del francés, los bolsillos abullonan el vuelo de un abrigo en un “in crescendo”.
El circo que Schiaparelli desarrolló en la colección que presentó en 1938, se ha reflejado en los pompones de piel que dan alegría a la cabeza y los sombreros en pico propios de este universo.

Lo que une a ambos creadores es, según explicó Lacroix, “el color, por supuesto, el negro y el gusto por el bordado”, además de su interés por redescubrir periodos anteriores de la historia de la moda.

Un vestido en satén “Duchesse” de rayas rosa palo y negro, de inmenso volumen trasero, y uno de delicados drapeados en verde ácido justificaron las horas de trabajo de los talleres.
Schiaparelli se despierta con este homenaje de un letargo que tiene previsto abandonar definitivamente el próximo enero cuando, previsiblemente, cuente con un director artístico y se integre en el calendario de la alta costura.