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Sobrevivir desde el amor

Creamos hábitos y estructuras nuevas con bondad
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Observé las tres escenas de conflicto mientras mis disparadores interiores se brotaban en fuegos artificiales. ¿Por qué me sentía tan agitada?

La Venerable Lhundup Damcho, una monja budista tibetana reconocida por su calidez y claridad al presentar las enseñanzas, visitaba el Centro Ganden Shedrub Ling en Puerto Rico para ofrecer el taller “Transformando tus emociones”. Como parte del taller, se estudiaron tres situaciones conflictivas en escenas “teatrales”. Cada personaje tenía detrás de sí un grupito de personas que representaban las emociones que les hablaban en voz baja mientras se desarrollaba la trama. Con sus susurros, las emociones personificadas empujaban, convencían e impulsaban a los personajes, quienes encarnaban lo que a veces son nuestras formas automáticas de responder a la vida.

Mi corazón latía ansioso. Mi mente se había identificado con los conflictos y daba vueltas en el mismo lugar. Durante el tiempo para compartir, alguien comentó que también había sentido agitación. Comprendí que la agitación surgió porque los conflictos que presenciaba no se resolvían; con excepción del último, en el cual se abrió la puerta hacia una resolución.

 ¿Por qué no se resolvían los problemas?,  preguntaba en mi interior. Observé que, cuando un personaje hablaba, la necesidad que expresaba no aterrizaba igual al otro lado, pues lo que escuchaba lo interpretaba según su conversación interna: el comité de las emociones.

¿Y por qué interpretaban la situación desde su mundo interior? ¿Por qué es esa la forma automática de escuchar de muchos? Al abordar los conflictos con curiosidad desde mi asiento, practicaba un proceso de observación e indagación que aprendí a través de la meditación Vipassana. Entendí que esa conversación interna defensiva fue el mecanismo que los personajes desarrollaron para sobrevivir. Cuando comprendí que todos hacían lo mejor que podían y que querían vivir, mi corazón se suavizó. En vez de ver una pelota de disfunción, floreció la compasión. Y porque lo entendí con el corazón, sentí resolución y alivio.

Pero al día siguiente, tuve más preguntas. Si sobrevivir desde nuestra armadura causa conflicto y sufrimiento, ¿cómo sobrevivimos desde el amor, la empatía, la compasión? ¿Es esto posible? He aprendido, en términos sencillos, que nuestra especie “Homo sapiens sapiens” está viva y domina el planeta gracias a los  mecanismos que creó nuestro cerebro primitivo: pelear, huir y la hipervigilancia, entre otros. Pero, ¿cómo sobrevivimos con la parte de nuestro cerebro más evolucionada y capaz de escoger la bondad amorosa? ¿No es esta la encrucijada actual de la humanidad: o aprendemos a vivir desde nuestro cerebro más evolucionado y compasivo hacia los demás humanos y otras especies, o acabaremos por destruir el planeta?

Entonces, le pregunté eso a la Venerable Damcho, quien respondió: “En cierto sentido, todo el camino espiritual es para esto, para transformarnos... Para que, en un nivel espontáneo, como si fuera automático, respondamos con amor, generosidad, compasión, bondad, hacia las situaciones que nos van surgiendo. Y el budismo muy explícitamente está construido para esto. El planteamiento budista es que nuestra naturaleza es bondadosa”, indicó a través de una grabación.

Al no conocer nuestra naturaleza bondadosa, creamos fuertes hábitos que provienen de la confusión y “hacen que nuestras respuestas muchas veces no vengan de la bondad, sino de la confusión, la agresión o el apego”, añadió.

Identificó dos etapas en nuestro entrenamiento espiritual: 1) saber que sí podemos conectarnos con nuestra bondad interior y 2) responder desde ese espacio. “El primer paso es que necesitamos reconocer que tenemos este potencial. Necesitamos realmente ir cuestionando las premisas básicas que pudimos haber internalizado (de) que somos malos, somos naturalmente codiciosos y egocéntricos y violentos, y todas las etiquetas que pudimos haber internalizado que nos hacen no acudir a otros recursos más positivos y bondadosos, porque no reconocemos que los tenemos”.

El segundo paso es trabajar con nuestras reacciones cuando provienen de la confusión. “Aquí el trabajo es cambiar la perspectiva habitual, los hábitos de conducta, de pensamiento, incluso los  emocionales. Y este trabajo implica fortalecer los hábitos positivos y debilitar los negativos... En cierto sentido, es  sencillo, pero requiere consistencia. Requiere un compromiso de muy largo alcance, porque los hábitos vienen desde hace mucho, y requiere de una motivación  intensa”, abundó.

La motivación para hacer este trabajo es ver el mundo que hemos armado, “ver el impacto en otros de nuestra confusión, nuestra agresión, nuestro apego, nuestros hábitos de conducta violentos o dañinos”, continuó. Cuando vemos que hemos causado sufrimiento por ignorancia, surge el anhelo “de proteger a todos”. Entonces queremos aliviar el sufrimiento de otros y el nuestro. Nos damos cuenta de que también sufrimos al sentirnos “agitados, tóxicos y peleados con el mundo”.

Cuando yo sufría intensamente y atravesaba momentos de ceguera que causaron mi sufrimiento y el de otros, lo más que añoraba era que alguien pudiese ver más allá de mi sufrimiento y recordarme que yo era un ser bueno; solamente atravesaba un momento de dolor.

Para girar el timón de mi vida, debí comprender el cuidado propio y la compasión hacia mí misma. Así he podido sanar mi propio sufrimiento y los hábitos que herían a los demás. Damcho dijo durante el taller: “Es muy importante que nos cuidemos si queremos cuidar a otros; si queremos ser un factor de beneficio en la sociedad”.

Necesitamos empaparnos de bondad. Tener un espacio interior de amor tierno: nuestro hogar seguro. Cuando nos visitan las emociones difíciles, les preguntamos qué les pasa, como si fuera una amiga en dificultades que necesita ayuda. Al meditar, he aprendido a escucharlas y acompañarlas hasta ver que se disuelven. Castigarlas y juzgarlas genera más sufrimiento; es como pegarle a un cachorro y causarle dolor cuando lo que necesita es entrenamiento y estructura con amor. Creamos hábitos nuevos, estructuras nuevas en nuestro interior con bondad amorosa y compasión, reconociendo nuestros estados emocionales y los de otros. Aprender a ver los conflictos con curiosidad ha sido clave para mí: ¿Por qué estoy reaccionando así? ¿Por qué lo hace la otra persona? Al ver las historias que subyacen a los comportamientos, florece la compasión.

Con la práctica, “aprendemos a abrir el corazón y a desear que cosas buenas fluyan desde nosotros... Vamos reconociendo que nuestra reacción no depende de lo que pasa frente a nosotros”, explicó la maestra budista.

“Cuando realmente hemos reconocido y generado más vínculo con nuestra propia naturaleza bondadosa, llegamos al punto en el que no estamos reaccionando y defendiéndonos y promoviendo nuestros intereses, porque esto no es de donde venimos ya”, puntualizó Damcho.

En Facebook, 90 días: Una jornada para sanar

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