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Amarse en pedazos

El valiente paso de la aceptación
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¿Puedes amarla? ¿Así, rota como está? ¿Caótica, hecha un desastre, tratando —con tanto esfuerzo— de repararse a sí misma, y de ser tan buena en todo y mantenerlo todo funcionando?”.

 Aquella flecha en forma de pregunta atravesó 20 años de terapia y me asestó certera.

 Fue una de esas aperturas que mi terapista aprovechó para ayudarme a caer en tiempo. Me reuní con ella tras un incidente que me jamaqueó al punto de sentir que, tras tantos esfuerzos para sanar, estaba en el punto de partida. “Me siento como una gran pelota de fracaso ahora mismo. Hoy parece que todo ha salido mal. Estoy donde estaba hace 20 años. Yo no nací para vivir así... Esto es como una broma de mal gusto... ¡No creo que deba ser tan difícil!”.

 Sabía que la respuesta estaría en rendirme ante la lección que la vida me trajera, cualquiera que fuera. Atravesaba una recaída emocional. No es raro pasar por ese tipo de proceso cuando se está en remisión por algún hábito adictivo. El ciclo se parece mucho a una recaída de adicción, solamente que con las emociones. A veces una las ve venir, pero no puede detenerlas, y muchas veces llegan preñadas de lecciones que, de otra manera, hubiese sido poco usual aprenderlas.

 Aquella pregunta-flecha me hizo tocar fondo: “¿Eres capaz de amar a la codependiente en ti exactamente como es? ¿Así, rota?”, me enterró más duro mi terapista por Skype. Me costó gran trabajo balbucear la respuesta, porque estaba en shock al descubrirla. “No”, finalmente pude decir. Se me inundaban las pupilas. “No puedo”. Bajé la cabeza. Despertaba en mí la verdad de que no sabía cómo. Lo había intentado todo. Le había dado la vuelta al mundo. Mi terapista hacía el recuento: ¡no era posible atravesar un proceso más!

 Apagué la computadora y me senté a meditar con lo que acababa de escuchar; a mirar todos los líos en los que me había metido años atrás debido a la disfunción emocional: las relaciones desastrosas, los errores en el trabajo, cómo la codepedencia acabó en un desorden alimenticio... Y tomé todo aquel revolú y me di cuenta... “¡Esto no tiene arreglo! ¡This is it! Es mi ego defectuoso tratando de arreglarse a sí misma en vano, y sin embargo, ¡nadie la ha amado así como está! Es codependiente, y nadie ha aceptado eso de ella. Ella sigue intentando arreglarlo”. Entonces corrieron las lágrimas y me quedé conmigo misma, buscando el acceso interior hacia la autocompasión; tratando de aceptar lo que no sabía cómo. En medio de ese proceso, fue que pude “verla”. Era como un gran disfraz de hule, de colores azul y negro, que se desplomaba al suelo como una enorme goma vacía que salía desde alguna parte de mí. Parecía el disfraz de una súper heroína. Era una visión rara, pero ya había tenido experiencias con símbolos en mis meditaciones durante mi camino de recuperación. Ese día vi un aspecto de la personalidad que causaba sufrimiento: la que quería arreglarlo todo y a todos —aunque ellos no quisieran— cómo sobrecargaba y controlaba. Era difícil para ella entender por qué —por querer arreglarse a sí misma y a los demás para que todos lo hicieran bien— recibió tanto rechazo que ahondó su sentido de inmerecimiento.

 ¿Podía amar el traje de hule de la súper heroína? ¡SÍ! No la había visto antes. Ese día dejé ir algo significativo. Me sentí más libre. Extendí mi mirada hacia mi Poder Superior para alimentarme de su plenitud y su sentido de suficiencia.

 El traje de hule contenía los resentimientos que se resistían a dejar ir y los hábitos aprendidos para sobrevivir. La lección era una paradoja: mientras traté de arreglar con ahínco a la codependiente en mí, más ella se afianzó. Pero cuando decidí aprender a amarla, entonces se desprendió, y comencé a verla con claridad. Comprendí por qué había sido difícil perdonar. Las experiencias que viví quebrantaron todas las áreas de mi vida. En el proceso de sanar, debía surgir una persona nueva y la personalidad antigua debía pasar a mejor vida, pero se resistía. Perdonar implicaba dejar ir el “yo” que fue, porque ya no era posible que volviera a ser la misma. ¡Una parte de mí no sobreviviría!

 Desperté a lo que aprendí de Robert Brumet y Jack Kornfield: la personalidad es cambiante e impermanente, por lo tanto, no es lo que verdaderamente somos. Si una parte de mí que había podido ver eso, entonces significaba que yo no era la personalidad que sufría. “Lo que estamos buscando es aquello que busca”, enseña Brumet. Ese día habité en mí como la que mira detrás de mis ojos, que pudo proveer el gran amor, compasión y consuelo que necesité al dejar ir lo que había luchado por sobrevivir hasta las últimas consecuencias. Y no se fue con el garrote —eso la hizo más fuerte—, se despegó porque, por primera vez, alguien la miró compasiva y profundamente, sin querer que cambiara. Se ablandó con la calidez de la aceptación total.

 ¿Significa que una no debe esforzarse por mejorar? No. He aquí la paradoja: “La aceptación no significa que no trabajemos para mejorar las cosas... No es pasividad. Es un paso valiente en el proceso de transformación... La aceptación es un movimiento del corazón hacia la disposición de incluir cualquier cosa que está ante sí: ‘Esto también (es parte de mi experiencia)’... Con aceptación y respeto, pueden ocurrir transformaciones sorprendentes”, dice Kornfield en su libro “The Wise Heart”.

 Aprendí que mi parte invisible y universal, así como mi forma humana y limitada, ambas, deben ser honradas. Es acoger un proceso que va en dos direcciones: hacer lo posible por mejorar, pero también entender que la personalidad tiene limitaciones. Que soy un ser de oro, y mi personalidad tiene algunas partes que son como el barro que lo cubre. Por las grietas, se cuela la luz.

 Hace unos años, cuando comencé a ver atisbos de mi impermanencia, Brumet me dijo que confiara en dejar ir quien yo era, y que la vida se encargaría de llenar el “hueco” con una persona nueva. Me lo dijo con una hermosa sonrisa, y pude sentir que hablaba de algo maravilloso.

En Facebook, 90 días: Una jornada para sanar

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