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Mi amiga, la ansiedad

Reconocerla y amarla para convivir en paz
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Después de que Siddharta Gautama, el Buda, venció al demonio Mara sentado en meditación bajo el árbol bodhi, Mara se fue enojado, pero no desapareció del todo. A veces, Ananda, el discípulo más cercano del Buda, veía a Mara asomándose entre los árboles y daba la voz de alerta. Ya iluminado, el Buda le decía: “Te veo, Mara”. Servía dos tazas de té e invitaba a Mara a sentarse con él.

 Un día le hablé a mi primer maestro de Vipassana/mindfulness, Robert Brumet, sobre una dificultad recurrente en mis meditaciones y me contó un secreto: “¿Recuerdas el poema de Rumi, ‘La casa de huéspedes’?”, me preguntó. “Sí”, le dije, “es el poema de Rumi que más me ha enseñado”. Sonrió con complicidad. “Después de que los demonios despojan a la casa de sus muebles, se quedan unos cuantos por ahí. A esos, les sirves comida y pronto se van. Pero hay uno que no se va, y no importa lo que uno haga, se queda y anda por la casa, no como un huésped, sino como un residente”. Brumet volvió a sonreír: “Con ese demonio, te sientas a tomar el té”.

 En junio pasado, días después de ver cómo el desorden de alimentación que padecí había sanado significativamente, “Mara” regresó en forma de ansiedad. Cruda, rauda, volátil. Se presentó en el lugar donde había comenzado el dolor: la mesa del comedor de mi hogar de origen. La sentí trepar por mi sistema nervioso, pero comencé a creer que podía sentarme con ella. “Hola, ansiedad”, dije, rodeada de silencio, escuchando mi respiración. Sentí curiosidad por ver cómo era ella, y súbitamente se disparó ante mí una rebelión de energía que rebotaba a toda velocidad, en todas direcciones. Interesantemente, aquello no estaba en el mismo comedor que yo; rebotaba contra las paredes del que solía ser el apartamento en Santurce que vendí hace casi siete años, y donde sufría ataques de pánico. Por primera vez, observé que yo no era la desesperación. “Hola ansiedad, quiero verte”. Borrosa y desorganizada, tomó la forma de muchos rayos blancos, y luego, de una larguísima y gruesa cabellera azotada por el viento a gran velocidad, ocupando todo el espacio. “Hola, ansiedad”, seguí respirando; vi su cabeza en medio de su pelo, y más de cerca, su cara. Su piel era color papel de computadora, los ojos grandes y ausentes, los pómulos pronunciados y los labios gruesos y entreabiertos. A veces, dentro de sus ojos había rayos de colores; una tormenta eléctrica de arcoíris. De repente, su cabeza volvió a rebotar, porque la ansiedad no tenía cuerpo donde anclarse: era una cabeza sola impulsada por el viento tumultuoso. Estaba hecha de aire, de nada. La invité a sentarse conmigo a la mesa y le serví un té imaginario.

 La ansiedad “me miró”, “miró su taza”, la cual flotó hasta su rostro —porque no tenía manos para agarrarla— y sorbió el té. La taza flotó de nuevo hasta la mesa. Ella seguía huracanada, pero a mi alrededor había estabilidad. La miré fijamente hasta sentir su caos. “Hola, ansiedad”, le repetí. Me miró —sus ojos de ausencia psicodélica—, no dijo nada, y se fue...

Brumet me había ayudado a identificarla. Durante un retiro, se dio cuenta de que, atrapada por la medusa ansiosa, mi mente parecía despegarse de mi cuerpo en un torbellino de angustia. Me dijo con voz firme y compasiva: “¡Quédate dentro de tu cuerpo!”, tras lo cual la marejada se calmó. Aprendí a buscar el ancla en mí.

La psicóloga budista Tara Brach, de quien Brumet aprendió algunas de sus enseñanzas, es ahora una de mis maestras de certificación de meditación mindfulness. Hace unos días, le hablé de esa ansiedad que parecía una emoción primaria. Al indagar en mis meditaciones, vi que ocurría desde que estaba en el vientre de mi mamá. “Ese dolor existencial es Mara”, me dijo Brach con voz compasiva. “Y el ejercicio es darse cuenta y decir: ‘Mara, te veo’. A veces una piensa, ¡pero si ya yo trabajé con esto!, ¿qué hace de nuevo aquí? Yo también he hecho eso”, confesó.

Resulta que la aversión y la resistencia fortalecen a la ansiedad. ¿Qué hacer? Al meditar, observamos: “¿Qué está ocurriendo ahora mismo?”. Y si la vemos, preguntamos: “¿Puedo acompañar a esta emoción?”. La primera pregunta inicia nuestro proceso de estar presentes dentro de nosotras mismas. La segunda pregunta hace surgir en nosotras el ser compasivo que somos, capaz de hacer espacio para procesar emociones. Si es necesario aunar recursos, antes de investigarnos por dentro podemos llenar nuestro espacio interior del amor y la devoción hacia una Consciencia o Poder Superior más grande que nosotras para que nos acompañe en el proceso. Ese es nuestro verdadero refugio. No tiene que ser una persona o una deidad, puede ser la naturaleza misma, algo en lo que creemos, o nuestra propia bondad.

Si identificamos una parte vulnerable difícil de sanar, podemos traerla a nuestro refugio y preguntarle: “¿Qué es lo que más necesitas ahora?”. También podemos hablarle con amabilidad: “Lo siento. Te amo”. Ese “lo siento” no es una declaración de culpa, sino el reconocimiento de la pena que ella atravesó, y un “te amo” que le infunda seguridad, sentido de pertenencia y valía, como merecen todos los seres.

La ansiedad ya no es mi enemiga; es una campana de alerta para recordar que necesito habitar mi cuerpo de nuevo, prestarle atención a la niña en el vientre de mi corazón. “Estoy aquí. Lo siento. Te amo”. La electricidad nerviosa se apacigua. Mi hábitat humano puede estar hecho de paz.

En Facebook, 90 días: Una jornada para sanar

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