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Madre eterna

Honro a Mamá con la poesía que sigue siendo su alma viva en mí...
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Florecen los robles, y mi mamá está por todas partes. La ternura sutil de su aura rosada brota en medio de la ciudad gris de alma rota. Allí, en las calles donde marchamos en mayo para levantar la voz sobre el sufrimiento del país, donde perseveramos porque queremos vivir con dignidad, o en el monte reverdecido donde descansa la mirada sudorosa de un agricultor —allí los robles pujan sus flores hacia la esperanza. Cuales madres, nos arrullan la vista y el corazón.

Mamá nació en abril, con los robles, hace 70 años. Era un oasis de amor para quienes estábamos a su alrededor. Su alma partió, aún siendo joven, con una florecida de robles en noviembre. De los robles, Mamá encarnaba la fortaleza callada, el alma de poeta, el cantar que vibra en las ramas; florecía tímida, pero florecía siempre. En medio del caos, de la crisis, del desasosiego, Mamá sí mostraba sus lágrimas y dolor, pero buscaba la manera de retollar en carcajadas. De ella aprendí que las flores son las risas de la naturaleza.

Recuperé el sentimiento del gran amor de mi mamá, quien para mí se fue antes de tiempo, tras un duelo prolongado y profundo. Volví a estar en contacto con quienes la conocieron y me cuentan cuánto nos amaba a sus hijas. Las enseñanzas espirituales de Robert Brumet, Jack Kornfield y Thich Nhat Hanh me guiaron a desarrollar mi maternidad interior. Aprendí a permitir que se creara un oasis en mí. Cada respiración, una gota de agua; cada sonrisa, el brotar de una flor. Cuando aprendí a meditar con estructura, pero también con ternura, cada respiración comenzó a tocar con suavidad mi corazón. Cada inhalación comenzó a nutrir la Presencia Sutil de mi espíritu, una fortaleza impresionante al momento de sobrellevar el dolor. Honro a Mamá con la poesía que sigue siendo su alma viva en mí... y en los robles.

A Carmen Rosa Pérez Oquendo
(1948-1994)


Los robles te miran
embarazada.
Sale un cocuyo
de tu morada
rosa solar.

Te besan antulios
en la maleza;
sienten tu pecho
enamorado
del manantial.

Nace tu vientre
en la penumbra
de tus caderas
sientes tus aves
van a volar.

Ámame entonces,
madre querida,
cuando me pares
gritando música
tan celestial.

Siémbrame en ascuas;
de tus pezones
voy a lactar
la savia dulce
de tu ternura
angelical.

Te amo, madre,
en tus setenta
primaveral.
Deja la brisa
nos corte el hilo
umbilical.

¿Notas qué quieta
está la pradera
y se oye cantar
la reina mora
que nos contempla
en el guayabal?

Madre de ausubo,
rica montaña
de arena y cal;
ya me deslizo
hacia la vida
para cantar:

Que me has parido
hacia una vida
de eternidad.

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