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Nirvana en el supermercado

Una colada magistral hace que la autora redescubra algo que había olvidado
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Poco tiempo después del huracán, una señora se coló frente a mí en el mini-market y mi conducta revirtió a un estado de emergencia. Le dejé saber, desde ese momento hasta que llegamos frente a la cajera, lo imprudente que había sido. Algunos en la fila se rieron y otros expresaron incomodidad. Ella creía que tenía razón, pues había entrado al mini-market primero que yo, solo que se detuvo a recoger algunas cosas, y yo entendía que el orden correcto es que uno agarra primero los artículos que necesita y luego hace la fila de pago; no al revés.

Pero en medio de la discusión yo podía verme desplegada en dos. Una parte de mí estaba harta de que hubiese gente que le pasara a una por encima, y la otra, que miraba desde una perspectiva más serena, decía: “Esto no es importante; déjalo ir”. Al salir me di cuenta de que sentía una ansiedad dolorosa, que había generado ansiedad en otras personas, y que el conflicto había comenzado desde antes: cuando la misma señora se negó a darme paso en la carretera y me cortó con un bocinazo a alta velocidad. Entré al mini-market con la pelota de energía de conflicto.

“Temo ir a alguna fila y que alguien me pise un cayo, porque me doy cuenta de que, tras los huracanes, estoy reaccionando así”, les dije a mi madrina de recuperación y a mi mentora de mindfulness. “¿Qué harías tú? ¿Te dejarías pasar por encima otra vez?”, pregunté.

Mi madrina se quedó callada un rato y me dijo: “Le diría a la otra persona: ‘Te deseo bien, y que el resto del día te vaya bien’. Y antes de entrar a un lugar concurrido, yo siempre me calmo y hago una oración. Llama a tu propio corazón en ese momento y pídele a tu Poder Superior que te diga lo que debes decir. Es un proceso maravilloso”.

La compasión que sentí de mi madrina hacía mí y hacia la señora del mini-market disolvió el dolor que tenía. Comprendí que la señora quizás estaba teniendo un mal día. Durante la discusión mencionó que estaba tratando de llegar a buscar a su nieta bebé para llevarla a casa de su hija. Pero yo también ansiaba llegar a mi casa; estaba cansada y adolorida. Lo que se encontró en la fila fue el dolor de las dos.

Al día siguiente, me estacioné cerca del supermercado pensando en la señora del mini-market y repitiendo en mi cabeza la escena del día anterior con palabras nuevas: “Le deseo bien. Que el resto de su día vaya bien”. La imaginé sonriendo; quizás agradecida porque alguien le había expresado amabilidad. Antes de entrar, deseé que todas las personas en el supermercado estuviesen bien de salud y emocionalmente; que todos tuviésemos paz y encontráramos lo que necesitábamos. Me incluí en estas oraciones.

Al entrar al supermercado, vi los colores vibrantes de los alimentos y las flores, y sentí la energía sutil de la gente. Vi abundancia, alegría y calidez. Sentí en mi piel que todos trataban de hacer lo mejor que podían para conseguir lo que necesitaban, y yo también.

Y esta fue mi experiencia: una empleada me ayudó a poner las mandarinas en una bolsita para que no se me cayeran; otra señora me dio paso sonriendo cuando necesité pasar; otra chica me extendió una bolsa para los calabacines porque minutos antes la había dejado pasar con su carrito de bebé; un señor hizo espacio para mí en la fila expreso; la intuición me dijo que no me cambiara a la caja del lado y, minutos después, esa caja se trancó; un supervisor ayudó grandemente a la cajera que me atendía cuando la vio pasando trabajo con los códigos de los productos frescos. ¡El supervisor se botó con la ayuda y le di las gracias muchas veces! Al salir, el señor de la lotería sonrió muy contento cuando le deseé que vendiera todos sus billetes.

No exagero cuando digo que salí del supermercado sintiéndome en el nirvana. Mi carrito y yo paseábamos sobre una nube. Parecía que había alegría por todas partes, pero esa alegría salía de la práctica misma, de redescubrir esto que ya sabía y había olvidado. Mi comportamiento surgió del deseo genuino de que tanto yo como los demás estuviésemos bien. La práctica de “metta”, o bondad amorosa, consiste en desear bienestar tanto a nosotros como a los demás, incluso a aquellos que nos caen mal. Lo hacemos primero en nuestra práctica de meditación antes de llevarlo a la vida cotidiana. Le agradecí a la señora del mini-market, porque apretó un botón que me hizo detenerme y crear un estado de conciencia distinto. Aquel día tuve una pequeña resurrección: comencé a interrumpir un hábito viejo y a dejar que la meditación creara una nueva forma de ser.

En Facebook: 90 días: Una jornada para sanar

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