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Así conocí la bondad

Antes de conocer la red acogedora de la bondad, me paré frente al mar y le grité a la Vida que no quería morir
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“Antes de conocer la bondad como la cosa interior más profunda, debes conocer la pena como la otra cosa más profunda”.

- Naomi Shihab Nye, poeta

Antes de conocer el oasis de la bondad, encontré el desierto de la soledad y la indiferencia. Parecía que a nadie le importaba, pero es que todos caminan prisioneros de sus pensamientos creyendo que a nadie más le importa.

Antes de encontrar el océano de la bondad, atravesé la tormenta de la confusión de todo lo que creí haber sido, todo lo que creí que era mío y nada de eso era cierto.

Antes de abrazar el lago de agua dulce de la bondad, me chamusqué la piel en el bosque en llamas que incineró todas las mentiras, las construcciones de lo que no me gustaba ser, las complacencias, la deshonestidad de quien era —y realmente creí ser—, porque para tener éxito en este mundo, hay que “ser alguien”, y si una “no es nadie”, entonces hay que forzarse a inventarse una identidad. Eran mentiras. Todo eso se convirtió en cenizas.

 Antes de pisar la arena blanda y cálida de la bondad, caí de rodillas en las piedras afiladas de las dunas rocosas y sangré. El mar atestiguó que me disolví.

Antes de que llegara la bondad, conocí la crueldad, la ignorancia, el “bullying”, la arrogancia, la incomprensión, la desconexión, la disfunción emocional.

Antes de la bondad, me atravesó el abandono.

Antes de la gentileza, conocí la imposibilidad de perdonar.

Cuando aún no me había tocado la amabilidad, conocí de cerca —como si respirara sobre mi hombro, perenne— a la muerte, recordándome que con cada suspiro me quedaba menos tiempo para aprender a amar.

Antes de conocer la luz tierna de la bondad, conocí la oscuridad de una niña de 6 años arrancada de su origen —el primero de un ejército de abandonos—. Ese era su secreto. Entonces ella también abandonó. Lo dejó todo atrás.

Antes de conocer la quietud dulce de la bondad, conocí la tormenta ácida de las burlas, una danza de críticas y creencias de insuficiencia que bailaban su tenebrosidad alrededor, jugando a cubrirme con una avalancha de sus etiquetas.

Antes de conocer la calidez de un hogar bondadoso, viví al menos una decena de destierros abismales, separaciones o muertes. No había tregua; ni tiempo para el duelo. Aprendí a enterrar el dolor sin ceremonias.

Antes de conocer la red acogedora de la bondad, me paré frente al mar y le grité a la Vida que no quería morir; quería experimentar un abrazo de consuelo genuino —con toda mi fealdad— en alguna parte del mundo. La Vida me empujó a un viaje sin retorno... y me lancé a su vacío sanador.

En el desierto de mi viaje, encontré un maestro de otra cultura que había sufrido lo mismo que yo. Él ya no se burló, ni se fue. Tocó mi corazón con su bondad y me dijo: “Estoy aquí. Te escucho”.

Su presencia era un lago de bondad. Hablaba, y sus palabras reverberaban bondad. Nos alimentaba de sabiduría, silencio y calma. Vacilé al principio y quizás temblaron mis pies, pero poco a poco, caminé hacia mi origen.

Así conocí la bondad.

Fue la bondad la que sanó mi dolor. Fue esa bondad descartada por “blandengue” la que me enseñó a volver a vivir como la flor que pare sus pétalos aun cuando su raíz cuelgue de un acantilado sin desenlace.

Es la bondad la que me enseña a habitar en el silencio pleno capaz de acoger cualquier lágrima —no importa el horror de su historia—.

Es la bondad audaz y honesta la que me reta a mirar el destierro, el abandono, el duelo más abismal, y me pregunta, con una ternura perpetua: “¿Puedes respirar para hacerle espacio a esto?”. Y así pasan los terribles; atraviesan un corazón que está listo para sentirlos sin juzgarlos por existir, como una caravana de sollozos que finalmente se sienten escuchados y pueden ir a descansar.

Entonces queda la esencia de la bondad, que dispersa su fragancia. Queda su hermosa vacuidad serena, expandida sobre el horizonte.

En Facebook, 90 días: Una jornada para sanar

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