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Escuchar a la vida por dentro

“Lo que hay que curar no son las emociones, sino la manera en que nos relacionamos con ellas”
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No hay que avergonzarse por tener emociones difíciles. La culpa y la vergüenza por sentir tristeza, ansiedad o miedo pueden ser el resultado de condicionamientos culturales o religiosos que tienen el propósito de guiar cómo “debemos” sentirnos si queremos ser aceptados, estar “en gracia” o “iluminados”. Pero muchas veces no funcionan.

Tampoco han funcionado para mí las instrucciones de controlar las emociones, suprimirlas, adueñarme de ellas o poseerlas antes de liberarlas; o actuarlas, aunque no las sienta, para dejarlas salir.

Actuar la rabia como método para liberarla pareció ayudarme al principio, pero esto luego me mantuvo dando vueltas en el mismo lugar. Cuando comencé a estudiar con mi primer maestro de vipassana/mindfulness, Robert Brumet, pude sentarme a mirar la rabia de frente y ver su raíz: ausencia de conexión, un puente roto que ya no podía expresar amor.

Brumet explicó que en la rabia también está escondido el deseo de vivir. Esto tiene sentido, pues cuando he practicado sentarme a mirarla de frente, nombrar sus sensaciones y elementos más básicos, la rabia se compone de aire y fuego. El elemento fuego enciende funciones vitales como la digestión y el latido del corazón. El elemento aire está en las sensaciones de vibración y pulsación. Tal vez por eso, cuando estamos airados, nuestras pulsaciones se aceleran y nos sentimos acalorados. Tal vez en la rabia está escondido el grito: “¡Quiero vivir, ser feliz, y aquí hay condiciones adversas a ello!”.

Aunque parezcan ser íntimas, las emociones no son nuestro verdadero ser, según explica Joseph Goldstein. Son elementos pasajeros de nuestra experiencia humana. La clave para ver esto es estar presentes al hecho de que tienen principio y fin.

Aprendí a prestar atención a los momentos en los que la tristeza o la ansiedad estaban ausentes. Ello significaba que yo no era estas emociones, sino que me visitaban, se iban, regresaban... No eran un ente sólido, sino más bien un patrón atmosférico. Brumet explicaba que las emociones no son racionales. Resaltaba que los humanos no culpamos a nadie por el estado del tiempo: “Cuando llueve, nadie llueve, simplemente existe la acción de llover, pero no hay un ser que llueva”. Esto fue revelador. Meditar se convirtió en observar “el estado del tiempo interior”. Aunque algunas emociones venían acompañadas de una historia —y parecían tener una causa o un/a culpable— otras llegaban sin razón, incluso cuando ya “las había trabajado”. Iban y venían por su cuenta, igual que las nubes. Yo era un pequeño planeta Tierra con patrones atmosféricos que se activaban solos.

Aprendí a nombrar: “la tristeza está presente” o “la ansiedad está presente” y las miraba pasar. Ya no eran “mi tristeza” o “mi ansiedad”. Había menos “yo”: menos aferramiento, identificación o reactividad, y por lo tanto, menos sufrimiento. Pero era importante verlas y escucharlas. Al ignorarlas o negar que estaban presentes, se acumulaban. Al reconocerlas, perdían fuerza y seguían su camino.

También noté los prejuicios acerca de las emociones. Si surgía la tristeza, aparecía la opinión de que “no debería” estar presente. Esto era un obstáculo para experimentar la emoción en su origen. Sin los prejuicios, la tristeza era solo agua y un conjunto de sensaciones: contracción, temblor, dolor, pulsación.

Al ver las emociones por lo que son, elementos visitantes, ya no hay que medicarlas ni ahogarlas usando hábitos adictivos (de todas maneras, ellas saben nadar); ni demonizarlas, culparlas o avergonzarlas. Lo que hay que curar no son las emociones, sino la manera en que nos relacionamos con ellas, y la ignorancia acerca de lo que verdaderamente son.

Mientras preparaba una clase de mindfulness de las emociones, me nació este poema:

¡Escucha!

Escucha a la rabia, porque en ella se esconde el duelo.

Canta las melodías de la vida no vivida, de los amores no amados.

Escucha a la lluvia que está adentro, porque en ella fluye el dolor.

Humedece los sueños lejanos y perdidos en el desierto de tu alma.

Escucha a tus añoranzas, porque ellas te harán enfrentarte a ti [email protected]

Contienen el código de tu propósito original en el mundo.

Escucha a tu respiración, porque contiene a la Vida.

Es la danza de la Vida y la muerte, cargándote hacia la Eternidad.

Escucha a las hojas en el otoño, porque ellas brindan dignidad;

son los colores que brillan gloriosos en el escenario justo antes de que acabe la función y se apaguen las luces.

Y escucha a esos momentos en los que no podías dejar ir, porque ellos cargan las oportunidades de felicidad que se han perdido. Merecen tener su momento de “ojalá hubiese funcionado” para luego ser exhalados hacia la libertad.

Escucha a la multitud de añoranzas, quejas, tristezas, sueños perdidos. A menos que los escuches, seguirán marchando sobre tu corazón como si estuviesen atrapados en un campo de concentración.

¡Escucha!

Tal vez no hay necesidad de hacer nada con ellos.

Pero ellos también merecen tener su momento de existencia.

Un destello de reconocimiento.

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