Loader

Lo más que anhela una mujer

“Tara Brach enseña que esta soberanía no es necesariamente un poder externo, ni la independencia absoluta y aislada, pues somos seres interdependientes”.
Photo
  • Compartir esta nota:

Cuenta una leyenda que el rey Arturo salía en una expedición cuando encontró un enemigo poderoso llamado Sir Grome, quien le amenazó con lanzar un hechizo sobre él. “Quedarás en libertad y no lanzaré el hechizo si vuelves en siete días con la respuesta correcta. ¿Qué es lo que más desean las mujeres?”. El rey Arturo cabalgó por todo el reino preguntándoles a las mujeres qué era lo que más deseaban: amor verdadero, ser madres, riquezas... pero ninguna de las respuestas le parecía acertada. Al cabo de siete días, se dio cuenta, con pesadumbre, de que debía volver donde Sir Grome sin la contestación y que podía morir. Pero en medio del bosque, encontró a una mujer quien, pese a estar ataviada con piedras preciosas, tenía aspecto de espanto: rostro feo, nariz moquienta, una boca muy ancha de la cual colgaban dientes amarillentos y los ojos llenos de lagañas. Arturo se horrorizó al ver a Lady Ragnell, pero se detuvo ante una señal de ella. La mujer le aseguró: “Rey Arturo, ¡su vida está en mis manos!... ¡Yo sé la respuesta correcta!”. El rey le prestó total atención. “Pero, a cambio”, dijo Lady Ragnell, “debe concederme un deseo”. Ante la posibilidad de salvar su vida, el rey Arturo accedió a conferir el deseo. “Quiero casarme con uno de sus caballeros”. El rey se escandalizó. ¿Cómo iba a entregar en matrimonio a uno de sus caballeros siendo tan horripilante esta mujer? Y Lady Ragnell continuó: “El caballero que quiero es Sir Gawain”. Y más aún, pensó Arturo, ¿a su propio sobrino? “Tengo que preguntarle a él”, resolvió el rey. Al volver a su castillo, la reacción de Sir Gawain fue: “Como tu amigo, y para salvar tu vida, por supuesto. Acepto casarme con Lady Ragnell”.

Ambos regresaron al bosque y encontraron a la mujer. “Concederemos tu deseo”, le dijo Arturo. “¿Cuál es la respuesta correcta?”, preguntó con ansias. Ella reveló: “No es belleza, no es riqueza, no es poder. Lo que desean las mujeres, más allá de cualquier cosa, es tener soberanía sobre sí mismas: ser capaces de decidir”. Así, Arturo fue ante su enemigo, quien lo dejó libre tras escuchar la contestación acertada.

Arturo regresó donde Lady Ragnell para cumplir su promesa, acompañado por todos sus caballeros. Cuando la vieron, algunos expresaron repugnancia. Sin embargo, Sir Gawain pudo detectar cierta dignidad en su aspecto patético, y percibió que, tras su mirada lagañosa, había un grito de ayuda. Regañó a los demás caballeros, se arrodilló ante ella y pidió su mano. Lady Ragnell respondió: “No te arrepentirás de este casamiento”. Contrajeron nupcias en la capilla y muchos se acercaron para ofrecer felicitaciones, pero algunos apenas podían hablar, atónitos ante el destino de Sir Gawain. Las mujeres se acercaban a Lady Ragnell y la saludaban con la mano tan rápido como podían, pero no les salía hablarle y tampoco besaban su mejilla. Solamente Kabal, el perro, pudo aproximarse a ella, lamió su mano y miró su rostro sin apartar los ojos.

 Una vez en la alcoba, Sir Gawain se sentó junto al fuego, reacio a mirar a su nueva esposa, hasta que ella le dijo con suavidad: “Gawain, mi amor, ¿no tienes palabras para mí? ¿Ni siquiera puedes mirarme?”. Gawain se obligó a sí mismo a girar su rostro, y se levantó asombrado ante la mujer más hermosa que había visto. Se quedó mudo por un momento, y luego balbuceó: “¿Cómo pasó esto?”. Lady Ragnell explicó: “Fui hechizada por Sir Grome, el mismo mago que amenazó a Arturo. Con la boda, el hechizo quedó parcialmente derrotado. Puedo ser hermosa por la noche y horrible por el día. O puedo ser repugnante por la noche y bella durante el día. Debes decidir”. Gawain repasó los hechos, y se le iluminó el rostro cuando supo la respuesta: “Con cualquiera de las dos posibilidades, eres tú quien sufrirá más. Siendo mujer, creo que tienes más sabiduría que yo en esas cosas. Toma tú la decisión. Estaré satisfecho con cualquier cosa que decidas”. Lady Ragnell lloró: “Eres tan sabio como noble, porque me has dado lo que toda mujer desea genuinamente: soberanía sobre sí misma; la respuesta al acertijo. Haz roto el hechizo por completo, y soy libre para ser quien soy verdaderamente, de noche y de día”.

Tara Brach enseña que esta soberanía no es necesariamente un poder externo, ni la independencia absoluta y aislada, pues somos seres interdependientes. Es más bien una liberación espiritual que experimentamos cuando ya no vivimos con la máscara que nos pusimos para complacer a [email protected] demás o para sobrevivir en el mundo. Nos liberamos cuando salimos de la prisión de todos los condicionamientos dolorosos, los mensajes de que éramos menos o no importábamos, y los cuales creímos; cuando dejamos atrás las creencias que nos esclavizaron en el sufrimiento, pese a que no eran ciertas. A veces es necesario que otro ser humano vea nuestro ser divino, y nos ayude a recordar.

En Facebook, 90 días: Una jornada para sanar

  • Compartir esta nota:
Posts relacionadas
Comentarios
    Dejar comentario
    Volver arriba