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Más allá de la otredad

Aquella mañana entré al supermercado practicando la bondad amorosa, deseando que todo el mundo encontrara lo que necesitaba y tuviera paz
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Aquella mañana entré al supermercado practicando la bondad amorosa, deseando que todo el mundo encontrara lo que necesitaba y tuviera paz. Cuando llegué a la caja, el señor que hacía la fila tras de mí me buscó un carrito para que pudiera llevar mi compra al vehículo. Su amabilidad y desprendimiento me inspiraron. Cuando salí del supermercado, un joven me pidió dinero para desayunar. Pensé en las barras de cereal y el jugo orgánico que llevo en el carro para la gente con hambre, pero no sabía si me quedaban, y recordé que el señor en la fila fue tan amable conmigo que quería expresarle esa bondad a otro.

—No puedo darte dinero... Pero puedo comprarte desayuno.

—Si me compra un sándwich de jamón, queso y huevo, ¡yo me lo como!

—Claro que sí—. Sonreí.

En otra época, le hubiese dicho que no. Que iba de camino a una reunión y no quería llegar tarde. Que le daría un juguito y se conformara con eso. Que la comida que pedía fomenta una industria que mata animales o los utiliza. Que hay lugares para que coman los adictos y los vagabundos; que se fuera a comer arroz con habichuelas y me dejara en paz.

Eso era antes. Antes de adentrarme en mi propio dolor profundo; el que me llevaba a buscar alivio en hábitos adictivos. Los seres humanos que veo viviendo en la calle y pidiendo en los semáforos ya no son adictos que valen menos que los que no parecen adictos y van en el carro. Esa mañana, solo quería pasarle a otro ser humano la bondad que había recibido; que sintiera que se comía algo caliente y que le importaba a alguien más. Si le ofrezco comida a alguien, está bien que pida lo que quiere, porque ese es un trato digno.

Cuando abrí la puerta del establecimiento de comida, me pegó el olor a galleta de chocolate chip que solía ser mi antojo de todas las tardes, hace muchos años. Poco después, la comida y el azúcar se convirtieron en soledad, encierro, dolor y descontrol. Dudé de si me quedaba o no, pero recordé que estaba allí para alguien más. Me preguntaron si quería el sándwich en combo y pensé que, cuando era para mí, compraba todos los complementos. Dije que sí, que le diera el hash brown y el café... y en pan integral de avena. Me aseguré de incluir varios sobres del azúcar que ya hace siete años no pruebo. Emocionalmente, aquel gesto me costaba muchísimo, pero significaba que otro ser humano podría comer caliente.

Le escribí una nota al chico. Básicamente decía que él merecía una vida digna y merecía sanar. Le puse la dirección y el teléfono de dos organizaciones que dan comida y amor a los sin techo. A mí no me importaba si el joven iba o no; solo quería que supiera que él le importaba a otro ser humano. Cuando le di su desayuno, preguntó si podía tener azúcar con su café.

—Te puse varios sobres—.

 Sonreí.

¿Lo más sanador? Que nueve años y medio de recuperación me han dado la bendición de entender que soy igual que los demás; los que viven en la calle y los que sufren teniéndolo todo en su palacio. Que siete años sin azúcar y cinco años de abstinencia de las conductas de aliviar dolor emocional comiendo en exceso o dejando de comer (siguiendo mi plan de comida, tal y como fue recetado, un día a la vez) me sigan enseñando que no estoy exenta de las tentaciones y del mundo. Solo tengo unos segundos para escoger. Era muy fácil pedir otro desayuno para mí, pero escogí mi recuperación. Escogí pensar en la madrina a la que llamo todos los días y le reporto que estoy bien; en los que he auspiciado en su programa de recuperación, y en el médico que veo todos los meses y le cuento que sigo mejorando. Escogí pensar que entrar donde ya no entro fue un pequeño sacrificio para que otro ser humano —que quizás tenga otras adicciones; no lo sé y no me toca juzgarlo— pudiera sonreír. Cuando le di el desayuno, fue como dárselo a una parte de mí. Mi tentación se fue y sentí mi corazón satisfecho.

—Gracias, misi—.

—Bendiciones, ¡buen día!—. Fue como si me lo dijera a mí también.

Llegué 20 minutos tarde a mi reunión, pero llegué sintiéndome en integridad, porque me había encontrado con Algo vivo tras aquella mirada. Sentí paz.

Días después, fui a una reunión de recuperación, y alguien leyó del libro “Llegamos a creer”: “Busqué mi alma, pero no pude encontrarla. Busqué a mi Dios, pero mi Dios me esquivó. Busqué a mi hermano, y los encontré a los tres”. También escuché una enseñanza de Tara Brach: dejar fuera a otro ser humano, cerrar el cristal en el semáforo para no mirar, no reconocer que alguien está ahí, me desconecta de una parte de mí; fomenta jerarquías basadas en el dominio y la separación, y la incapacidad de ver que el sufrimiento del otro y el mío son el mismo.

En la mirada del joven sin techo estaba yo. Al nutrirlo a él, me ayudé a mí misma.

En Facebook, 90 días: Una jornada para sanar

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