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Navidad profunda

Las enseñanzas más grandes de la madre de Jesús fueron la fe y la entrega; las mismas que me brindó el huracán María
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Durante semanas, no pude escribir. No había espacio en mí para todo lo que se agolpaba emergencia tras emergencia... tras emergencia. Sobrevivía. Sostenía la cabeza por encima del agua. No podía llorar. Las primeras semanas tras el golpe, tuve atisbos significativos de mi práctica de “mindfulness” y pude regresar a mí misma. Hasta escribí aquí y hablé por radio sobre algunas herramientas de meditación. Pero a medida que la emergencia se alargaba, la reserva de recursos internos llegó a su fin y con ello, sobrevino un temperamento impaciente, tosco, que a veces rayaba en lo insensible. Me observaba por dentro, y lo que había era una solidez oscura, un bloque de tristeza que me ocupaba más allá de mis límites.

Mi práctica de “mindfulness” se desbarrancaba como los caminos y puentes que ya no existen. No sabía dónde estaba otra vez. Asombrada, le cuestionaba a mi propia identidad: ¿No había atravesado toda una jornada de sanación? ¿No “se suponía” que pudiese manejar esto? ¿Cómo le voy a enseñar a alguien más cuando mi espacio interior está ocupado por el duelo? Y ahí me detuve: “¡Duelo!”. Identificar qué ocurría me enseñó el camino hacia mí. Ponerle nombre a lo que pasaba dentro de mí o mi alrededor era una herramienta poderosa. Me ayudó a regresar a la realidad presente, a respirar un poco más de cordura y comprender mi proceso humano.

No perdí mi hogar, ni todo mi trabajo, y ningún familiar falleció. Pero ello no me liberó de sentir temor por lo que sí perdí. Pensar “otros están peor que yo” no me sanaba; lo sentía más bien como un atajo de negación. Mi primer maestro de mindfulness advertía: “Cuidado que el pensar que otros están peor no sea una manera de reprimir nuestro dolor”. Lo saludable es reconocer el duelo de ambos, el mío y el de los demás. No es un proceso racional ni es comparable. Cada cual lo siente y lo procesa de manera diferente e íntima.

En vez de mejorar, algunas cosas a mi alrededor empeoraron. Comencé a sentir que mi mente se retraía y mi corazón se achicaba... Me sentía cada vez menos humana; habitaba en la piel de un animal que ansiaba sobrevivir. Un día, me agarré del guía de mi automóvil y cruzó por mi mente el pensamiento: “El mundo se está acabando”. Me pregunté si mis seres queridos sabían que los amaba.

Me arrodillé por dentro. Me había mudado a un país del tercer mundo sin quererlo, y era muy doloroso. Ahora sé cómo vive mucha gente en el planeta. Mi práctica de meditación pasó a ser una práctica de oración. Mi mente repetía un poema que le escribí al Sagrado Corazón:

Tú me amas
Tú me cuidas
Tú me sostienes
Tú me guías
Tu Amor me sana
Tu Compañía me cuida
Tu Abundancia me sostiene
Tu Luz me guía
Me veo en Tus ojos,
descanso en tus brazos
y caminamos Juntos;
sigo Tus pasos
hacia la Eternidad.

La Vida me puso contra la pared: O confiaba absolutamente o enloquecía. Ya sabía que la locura no funcionaba. Me atreví a descansar en mi práctica y confiar a ojos cerrados en que mi Poder Superior estaba en medio del caos tan doloroso para mi país y que me guiaría. Brotó desde mis tripas una fe sólida que no había sentido antes. Pude mantenerme en pie y participar en brigadas de ayuda. María, la madre de Jesús, no sabía qué le depararía su entrega absoluta, pero recibió guía a cada paso de su peligrosa jornada para traer luz a la humanidad, en medio del rechazo por no encontrar posada, y del caos y la suciedad de un granero de animales. El budismo lo plantea así: El loto nace en el lodo. Las enseñanzas más grandes de la madre de Jesús fueron la fe y la entrega; las mismas que me brindó el huracán María: fe y entrega que han hecho nacer en mí más compasión y luz interior en medio del caos; una Navidad profunda y verdadera tras un duelo de ternura. ¿Cuántos corazones se abrieron a la fe, la entrega y la compasión gracias a María?

En Facebook, 90 días: Una jornada para sanar

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