Ese misterio llamado solidaridad femenina

A lo largo de esta columna, quiero explorar precisamente eso: los vericuetos de la solidaridad femenina.
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Que las mujeres siempre pelean entre ellas. Que es mejor tener amigos varones. Que las mujeres se visten para competir con otras mujeres. Que nunca se puede confiar del todo en otra mujer. Que cuides a tu hombre, que con toda seguridad, hasta tu mejor amiga o tu hermana es capaz de seducirlo. Que las amistades entre mujeres son un coctel de toxicidad, drama y deslealtades.

Pues no. Y mil veces no. Cada vez que escucho o leo cualquiera de estas aseveraciones, se me alborota el estómago y los ojos se me vuelcan en un gesto de mortificación, al ver cómo esas ideas -que nos debilitan y nos separan- continúan prevaleciendo a lo largo del tiempo. Y peor aún, muchas -demasiadas mujeres- al día de hoy, las aceptan como verdades irrefutables y las afirman con sus acciones. Como si la solidaridad femenina no fuera posible, como si no tuviésemos incontables ejemplos de lo infinitamente poderoso que es el junte de dos o más mujeres que se apoyan, se sostienen a una a la otra y se abren paso en un aluvión de ideas y fuerza.

No debemos juzgarnos tampoco. De niñas nos entrenan para pensar así. "Tienes que verte más bonita que fulanita". "Eres más inteligente que menganita". Competencia. Envidia. Frágil lealtad. Una combinación fenomenal que a lo largo de la historia de la humanidad, nos ha mantenido -hasta cierto grado- incapacitadas de apoyarnos ciegamente las unas en las otras, de confiar como cuando hacemos ese ejercicio físico de confianza, en el que nos tiramos de espaldas con la certeza de que alguien nos cachará. La sociedad se ha ocupado de decirnos que no confiemos, que si lo intentamos caeremos en el pavimento y nos partiremos la espalda.

En los veinte, la cosa se torna más intensa. Aparecen los primeros novios serios, experimentamos las primeras grandes traiciones, compartimos apartamentos con amigas y comenzamos a probar el éxito o el fracaso académico y profesional. Ay de aquella que sea bonita, inteligente, que tenga algo de dinero y un novio guapo o, peor aún, que no lo tenga y ande por la vida feliz sin lamentarlo.

Tendrá amigas que le aconsejarán que se corte su melena, quizás su principal atributo, o que no se compre aquel vestido que le queda fenomenal. Buscarán disminuirla, neutralizarla, porque si vamos a ser miserables, lo seremos todas por igual. En lugar de acercarse, ver qué pueden aprender unas de otras y juntas convertirse en lo que somos las mujeres: una fuerza de la naturaleza.

A lo largo de esta columna, quiero explorar precisamente eso: los vericuetos de la solidaridad femenina. Y hacerlo en el momento de mayor vulnerabilidad: cuando nos estamos convirtiendo en mujeres, en esa deliciosa y tortuosa década de los veintipico. Yo hace poco entré en los 30, pero tengo frescas las lecciones de los veinte y me urge que aquellos golpes no los haya recibido en vano. 

¿Cómo fraguamos relaciones con la gente, en el trabajo, con nuestros cuerpos, con la familia, con nuestra identidad? No hay respuestas correctas, más sí anécdotas que cuentan cómo es que se vive cuando somos una mujer en construcción. 

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