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Bodas rebeldes ¿norma o subversión?

La sociedad se ha ocupado de decirnos que no confiemos, que si lo intentamos caeremos en el pavimento y nos partiremos la espalda
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Contrario a lo que ocurría en mis veinte, ahora desde los treinta, me topo con incontables mujeres jóvenes a quienes la idea de casarse les causa, cuanto menos, algo de alergia. El mero pensamiento de someterse a un esposo, de una institución social como el matrimonio o de la imagen de sí mismas emulando a una especie de pulcra princesa vestida de blanco, les incomoda y no son tímidas a la hora de expresarlo.

Aún así, la apuesta al amor de pareja y al proyecto de familia que de él suele derivarse -sin importar su composición- logra trascender, incluso, a los más escépticos. Esto es de esperarse, tratándose de una institución que a lo largo de su historia lo único que ha hecho es cambiar, evolucionar, transformar sus significados y responder a una sociedad rebelde que en la intimidad de la cama y la oscuridad de una habitación, ha encontrado el último recoveco de libertad absoluta, en el cual el estado no consigue intervenir.

La semana pasada, precisamente, se conmemoró el 50 aniversario del famosísimo caso "Loving v. Virginia". En el veredicto final, la Corte Suprema invalidó las leyes que prohibían el matrimonio interracial en todos los Estados Unidos, convirtiéndose en un hito de derechos civiles que aún tiene relevancia. Pero antes del veredicto, el largo camino del matrimonio de Richard y Mildred Loving comenzó - simbólicamente- con un arresto, precisamente, en su habitación, en ese lugar que el estado insiste en controlar y nunca podrá del todo.

La escritora Elizabeth Gilbert, en su libro Committed: A Skeptic Makes Peace with Marriage, hace un recuento histórico de la institución del matrimonio desde la perspectiva occidental, aludiendo a la historia, variaciones culturales, al valor del rito no sólo como una manera de trazar un círculo que separe un momento importante de la cotidianidad, sino como un acto público que se completa ante la mirada del otro, pero sobre todo recordándonos que su esencia es la inestabilidad.

Por ejemplo, Gilbert anota con puntilloso historicismo no sólo que el matrimonio no ha sido siempre considerado sacrado, incluso dentro de la tradición cristiana, sino que "para ser honesta, a lo largo de la mayor parte de la historia humana, el matrimonio usualmente ha sido una unión entre un hombre y varias mujeres". O como sucedía en el sur de la India, donde una mujer podía estar casada con varios hermanos; o como en la antigua Roma, donde los matrimonios entre dos hombres aristócratas eran reconocidos por ley, o en la Europa medieval donde era posible un matrimonio entre dos hermanos, o dos niños, o como una unión entre dos personas que aún no han nacido, o como una unión sólo posible entre miembros de la misma clase social. También como sucedía durante un periodo en Irán en el que una pareja podía pedir un mullah, para obtener un permiso especial para casarse -el sigheh-, un pase de 24 horas que les permitía estar "casados" por un día, poder ser vistos en público y tener sexo legalmente. O como sucedía en el siglo XIX en China, en donde una mujer podía casarse con un hombre muerto, en un llamado matrimonio fantasma, para mantener el poder de dos familias. O en los tiempos más primitivos, la unión entre hombre y mujer, era vista como un asunto de seguridad; a mayor familia, menor peligro en un mundo salvaje previo a las tribus y reinos. La lista es inacabable, pero el punto es que se trata de una institución maleable y para nada fija en el tiempo.

Lo pienso y me detengo en el argumento final del libro, en la idea de que una pareja -la que sea- en la intimidad del hogar es capaz de alcanzar el mayor grado de libertad posible en comunión con otra persona: la absoluta intimidad. Lo pienso y repaso la historia y me queda la certeza de que es posible mirar esta institución no como una invención social, sino como una creación humana a la que el estado y la sociedad ha tenido que responder como únicamente saber hacerlo: con ritos y leyes, con constructos sociales. Lo pienso y creo que, quizás, si la mente está clara, esa docilidad que se asume al seguir la corriente y formar parte del "orden social y legal" que trae consigo el matrimonio, puede ser a su vez, un acto de genuina rebeldía.

"Cada pareja en el mundo tiene el potencial, a lo largo del tiempo, de convertirse en una pequeña y aislada nación de dos, creando su propia cultura, su propio lenguaje, su propio código moral, del cual nadie tiene que estar enterado... Las extensiones de la intimidad enloquecen a cualquiera que intente controlarte. ¿Por qué, si no por eso, los esclamos americanos no estaban autorizados a casarse legalmente?", argumenta Gilbert y yo estoy de acuerdo.

A veces, la rebeldía, puede parecerse mucho al status quo.

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