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La jaula de piel

Estar en paz con el cuerpo propio puede ser un camino aterrador y, a su vez, liberador. Mientras más joven lo consigas, mucho mejor
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Lo hemos intelectualizado hasta la saciedad. El dicho dice, el cuento no es el cuento, lo importante es quien lo cuenta. Y sabemos, porque sabemos leer y por esa virtud hemos aprendido a leer el mundo, que lo mismo ocurre con el cuerpo. Entonces, el cuerpo no es el cuerpo, lo importante es quien lo tiene, o quien lo habita o mejor aún, inventemos una palabra y digamos que lo importante es quien lo cuerpa. Porque importa el ser, el alma que habita un cuerpo, importa lo que hay debajo de esa jaula que es a veces la piel.

Pienso en esto a la luz de una lectura reciente. El libro Hunger de la escritora estadounidense -de raíces haitianas- Roxane Gay. Se publicó hace poco menos de un mes y ya ha sido un éxito de ventas, no sólo por el renombre de la también autora de la popular colección de ensayos Bad Feminist (2014), sino por el retrato íntimo y brutal que hace en torno a su experiencia como mujer extremadamente obesa habitando el mundo moderno. Ella describe este libro como una memoria sobre su cuerpo y la memoria, cuando se expone a sí misma y abre el torrente, puede llevarnos a recovecos desconocidos, incluso, por nosotros mismos. El neurocientífico Facundo Manes dice que la memoria es la parte más creativa de nuestro cerebro. Añadamos que, sin quererlo, también puede ser la más cruel.

Su relación con su cuerpo está marcada por una experiencia siniestra y demasiado común entre mujeres y niñas de todos los rincones del planeta. A los doce años Gay, fue violada por un grupo de adolescentes de su edad, liderados por un muchacho al que consideraba su amigo. Con el paso del tiempo, la comida y la posibilidad de construir un cuerpo más grande, más fuerte, menos atractivo al sexo opuesto y más seguro, se convirtió en una especie de obsesión que ha cultivado -irremediablemente- hasta el día de hoy a sus 42 años. Esto, muy a pesar de incontables esfuerzos por bajar de peso y de poseer una capacidad impresionante de apalabrar e intelectualizar su propia experiencia. Ella entiende lo que le pasa, puede verlo frente a frente y aún así, intelectualizar el demonio no necesariamente lo vence. Hace falta algo más.

Si bien su caso es extremo, las emociones que describe en su memoria no podrían ser más cotidianas. Todos queremos un cuerpo saludable, fuerte, bien alimentado y capaz de ayudarnos a realizar las tareas que nos propongamos. Sin embargo, cuando pienso en ser mujer y en atravesar la vulnerable década de los veinte años, ese periodo en el que nos convertimos en mujeres del todo, me pregunto ¿cúanto falta por hacer para encontrar un mínimo grado de balance y armonía con nuestros cuerpos? No sólo desde la apariencia, sino desde la sexualidad, desde nuestro propio concepto de belleza, desde la mirada de la otra que nos mira frente al espejo y que tan pocas veces refleja su reflejo.

A los veinte -y muchas veces, mucho antes- la obsesión con bajar de peso -o mantener un cuerpo escultural- se agudiza. Los imposibles y ridículos estándares de belleza se cuelan en nuestra conducta, mucho más allá de nuestra capacidad de intelectualizarlos. Es así, como una joven, la nota más alta de su clase, con plena conciencia del daño que se hace, termina siendo bulímica o anoréxica. Otro ejemplo se manifiesta con el descubrimiento y exploración de la sexualidad. Queremos ser dueñas de nuestro cuerpo, pero ¿cómo serlo realmente? Es así como en tantas ocasiones, lo que comienza como un ejercicio de liberación sexual, de exploración y descubrimiento, se convierte en una carrera por probarle al mundo que el sexo es propio, regalándolo, privándolo de todo valor. Me pertenece en tanto y en cuanto permito que otros hagan con él lo que quieran... Entonces, ¿me pertenece? ¿Quién está en control?

No hay nada de malo con cultivar una sexualidad libre y saludable, el peligro es hacerlo para probarle algo a alguien o, incluso, para convencernos a nosotras mismas de que somos libres en tanto y en cuanto entregamos dócilmente nuestros cuerpos a un nuevo estándar social, en el que la sexualidad es mucho más ligera, no vale nada y como paradoja natural, tampoco nos pertenece. A veces, liberarse es construir nuestra propia jaula.

Contra eso Roxane Gay no se rebela necesariamente, pero sí se vulnera reconociendo cada raíz de esa jaula en la que ha convertido su cuerpo. A los veinte, estamos a tiempo de no armarla del todo. A los veintipico, aún podemos diseñar mejor esa casa-cuerpo que habitamos y que nos cuerpa, y no permitirle jamás la cruel victoria de encarcelarnos.

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