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La primera vez

Recuerdos de esa primera afeitada
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Al día siguiente sería el Día de Juegos y el color asignado a nuestro salón hogar era el rojo. Ya tenía unos pompones, comprados en el School Supply del pueblo, mis pantalones cortos rojos con un detalle de línea blanca en los bordes y la camiseta conmemorativa del Field Day. Pero nada me entusiasmaba tanto como la tarde que estaba a punto de vivir, y lo que ocurriría horas antes de uno de los acontecimientos anuales más importantes de mi niñez.

A los cinco años fui ganadora de la carrera de saco, usando uno hecho en tela -de saco, valga la redundancia- color azul royal que mi abuela me había hecho especialmente para la ocasión. En la foto, aparezco con una cinta azul de ganadora y en otra, se ve mi moño dando saltos en el aire mientras acelero el paso en mi saco azul victorioso.

Con los años fui una representante digna de la carrera del “zapatito revuelto”, de la del huevo en la cuchara, también brillé en la carretilla y fracasé en los 100 metros, cargué el cartel con el nombre de nuestro equipo y dominé el arte de la consigna de apoyo. Pero en sexto grado, habiendo ya perdido la costumbre de obtener cintas azules, mi foco estaba concentrado en el baile grupal y en aquel pantalón corto.

Acababa de cumplir doce años y recién había superado dos apariciones inesperadas: la de mis senos y la de la regla. La primera fue terrible. Ahora tendría que esconderme para jugar con las Barbies. Era impensable tener tetas y jugar con muñecas. Pero yo no quería las tetas, quería a las muñecas que tenían las suyas de plástico y con eso me bastaba. La regla fue menos dramática. Llegó a los once años y salvo la desagradable sensación de llevar algo así como un almohadón entre las piernas y la invasión de vellos y olores objetables, no fue tan grave. Ah, sí, olvidaba el detalle de la vergüenza cuando avisaron a tíos, primos, amigas y familiares que a la nena le había cantado el gallo, la había visitado doña Rosa y no sé cuántas cosas más. Las miradas de felicitación eran extrañas. Como de alegría porque el cuerpo funciona y de incomodidad por tener todos la imagen en la cabeza de cómo ocurre. Como decir: te ha pasado algo natural, pero la naturaleza es muy extraña. Luego, una sonrisa enmarcada en una mueca, quizás... ¿de asco?

Pero esta sería otra primera vez y cuando llegó la víspera del Field Day, yo estaba lista. Me sentía experta ya en primeras veces y esa noche sería la primera vez que me afeitaría las piernas. Hice una campaña para lograrlo. Aseguré que yo era la encarnación femenina del Hombre Lobo, que sufría vergüenzas diarias, que hacía calor, que todas las niñas ya lo hacían, que era una cuestión de higiene. En fin, argumenté tanto que mis padres aceptaron. Me dieron el preciado permiso con dolor y me encerré por espacio de una hora en el baño.

Me metí en la bañera y con paciencia y curiosidad comencé el proceso. No conocía el color de mis piernas. Mis vellos eran largos, negrísimos, gruesos y abundantes. Mi abuela bromeaba diciéndome que debía pasarles el blower. Yo reía, pero moría por dentro. Sí, así de dramático se siente todo a esa edad.

Para mi sorpresa pude hacerlo con destreza. Poco a poco, la navaja fue reflejando unas piernas bien torneadas y fuertes, mucho mejores de las que aquella preadolescente en sobrepeso que fui, imaginaba tener. Eran bonitas mis piernas. Los pelos fueron abandonando la piel y confirmé el tono verdoso de mi color de piel mezclado. Me picaba, pero seguí. Tardé mucho y no supe bien cómo manejar el tema de los muslos, pero lo logré. Descubrí que algunos vellos crecen hacia los lados y que para eliminarlos, primero hay que saber leerlos. Me afeité las piernas.

Me pasé mucha crema humectante y al sentir las sábanas por primera vez me morí de la risa y la cosquilla. Era mi primer secreto bajo una sábana.

Al otro día, en el parque, todos lo notaron y recibí algún discreto piropo. El pantalón sobre mis piernas recién afeitadas lucía más rojo de lo que era y mi cuerpo lucía más liviano de lo que era. Había ocurrido una especie de despojo. Recuerdo la sensación suave al cruzar las piernas. Recuerdo pasar mis manos lentamente por mis piernas. Recuerdo ese gesto y lo repito. Fue aquella, la primera caricia que me regalé.

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