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La ciencia oculta de la soltería

¿Por qué la sociedad insiste en tratar a las personas solteras como si les faltara algo? Recién abandono la soltería, y justo por eso le rindo un merecido tributo.
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La mayoría hemos vivido esta escena alguna vez. Estamos compartiendo con un grupo de amigos, entre los cuales todos son parejas, y ahí está uno como el número impar de la ecuación. La estamos pasando bien, pero llegará sin falta ese momento en la noche en el que todas las parejas comenzarán a recomendarte algún buen partido con el que a lo mejor podrías salir. O procederán a darte todo tipo de recomendaciones y consejos sobre cómo conseguir pareja, sobre cómo modificar aquello en ti que aleja los potenciales prospectos, en fin, en menos de media hora tendrás un diagnóstico y un plan de tratamiento para la aparente enfermedad que padeces: eres solter@. 

En honor a la verdad, también ocurre lo contrario. Y si bien es extraño que suceda, no deja de tener el mismo subtexto: eres diferente. Lo que sucede es que a veces, nuestros amigos en pareja, entonces idealizan la vida del soltero y comienzan a preguntarte acerca de tus viajes, de tus aventuras, de tus romances breves y de todo aquello que haces desde la libertad de tu soltería. Sin proponértelo, te conviertes en algo así como un bufón -en el mejor sentido de la palabra- que entretiene a las parejas con sus historias. A veces, te envidian y otras, realmente te utilizan para afianzar su decisión de vivir en pareja y regresan a la casa con frases como: “qué bueno que ya no estoy en esa búsqueda constante”, “qué vacía es esa vida de viajes y fiestas" o también, “qué no daría yo por una noche de libertad y soledad”. 

De cualquier manera, y como ha sido explorado en la cultura popular -sobre todo en las series de televisión- hasta la saciedad, ser el soltero o la soltera del grupo trae consigo una especie de marca, de señal de diferenciación que nuestro constructo social insiste en corregir como una peligrosa anomalía. Y digo peligrosa porque para muchas parejas, el amigo o la amiga soltera es una amenaza. Por un lado, recuerda la independencia, el placer de la soledad y la libertad de los días en los que no había que consultar con nadie las decisiones menores o mayores y por el otro, es la persona con la cual nuestra pareja podría sernos infiel. Los solteros rompen las estructuras sociales que se fundamentan en la familia tradicional como única alternativa de familia. Y todo aquello que es rompedor, asusta. 

Yo fui soltera durante casi toda la década de los veintipico. Tuve novios pero siempre viví sola o con alguna amiga. Me dediqué a estudiar, a viajar y a trabajar. A descubrir y cultivar nuevas pasiones. A veces me pasaba los sábados en clases de pintura, los martes en clases de flamenco y algunas tardes en talleres literarios. Me conocí, me descubrí, me exploré. Purgué unos cuantos demonios del crecer y, a pesar de las burlas de algunos que ya me veían cayendo en la década de los treinta sin proyecciones de casamiento, logré afianzarme como una mujer soltera y feliz. Hubo tiempos en los que sí sentí que “algo me faltaba”, pero sabía que siempre iba a preferir estar sola que a tener pareja para no estarlo. La soledad duele, pero tiene también su belleza. Y fue precisamente en ese estado de balance en el que conocí al hombre con el que hace dos semanas me casé. 

Cuando se lo comunicamos a mi familia, la mayoría pensó que era una broma. ¿Teresa, casarse? Imposible. Creo que en esa sorpresa, radica mi gran victoria. Logré afianzarme como un ser independiente y libre, y logré que incluso mi familia me viera y me respetara así. En la plenitud de esa soltería, logré -o al menos, la mayoría de las veces- proyectarme y hacerme tratar como una mujer completa a la que no le falta nada. 
Y esto no le quita mérito alguno al regalo infinito que ha sido el encuentro del amor y la pequeña revolución que hoy día puede ser optar por el matrimonio. En tiempos donde esta institución está en crisis, apostarle desde la fe y el amor es un acto muy valiente. Soy consciente de que muchas cosas han cambiado y cambiarán. Hay un hombre que cuida de mí, y al que yo quiero cuidar. Somos un equipo, que ha escogido serlo libremente, y con ello llegan nuevos acercamientos a la vida y su devenir. Ahora somos dos, en libre unión. Él no es mi mitad, ni yo la suya. Somos dos seres completos que en su libertad y plenitud, seguirán construyendo. Todo eso lo aprendí en la dulce soltería que hoy abandono con gratitud.  
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