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Cuando llega la noche

La rutina y el tiempo han cambiado para todos después del huracán María, y es importante no escapar de este proceso y repensar cómo vivimos nuestros días
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Cae la noche en Río Grande. La sábana infinita de estrellas me arropa, hay un poco de fresco, mi amor al lado en el balcón me cuenta historias de su niñez y compartimos un vaso con agua fresca gracias a un par de hielos felices que su hermano nos regaló. En ese instante somos dichosos. Minutos después, ni el baño de media luna nos alumbrará la mirada. El olor a combustible de las plantas eléctricas de los vecinos se nos mete por el cuerpo, sentimos como si nos ensuciara la sangre, la saliva, todo. El sonido no nos dejará dormir, casi vibran las ventanas con su estridencia. Tampoco el calor, ni los mosquitos. Nos desvelamos. Cada tanto nos echamos gotas de agua por el cuerpo para refrescarnos y tratar de dormir. No lo logramos. Arrecia el mal humor, el insomnio y así pasa la noche. Al amanecer, se logra media hora de sueño tan pronto se apagan las plantas. Salimos a caminar, contamos las picadas de mosquitos nuevas y nos proponemos ese día conseguir gasolina o hielo. Las dos, imposible.

Así han transcurrido algunos de los días después del paso salvaje y violento del huracán María por Puerto Rico. Somos dichosos. Ese cuadro de incomodidad burguesa, es un retrato privilegiado en comparación con lo que viven la mayoría de los puertorriqueños en estos tiempos, los mismos que por no tener, no han tenido ni la energía de procesar todo lo que ha pasado, tanta pérdida, tanta grieta nueva con la cual vivir. Pero de la experiencia, una cosa sí compartimos, tenemos una nueva relación con el tiempo, con la rutina, con el entorno.

De una vida hiper conectada, a través de teléfonos celulares, redes sociales y más compromisos semanales de los que es saludable atender, nos encontramos ahora en una especie de limbo, de paréntesis compulsorio, un detente decretado por la naturaleza que nos ha hecho a todos mirarnos por dentro. Hemos entrado a nuestra propia cueva interior.

¿En qué estábamos invirtiendo nuestro tiempo? Pienso en ese verbo: invertir, y tengo que detenerme y preguntarme por qué fue mi primera opción. Por qué hablo del tiempo en términos económicos, por qué esa noción de que el tiempo se gasta como se gasta el jabón. Y me doy cuenta con tristeza, que se me había olvidado eso que tanto predico, eso de que el tiempo no existe, eso de que el tiempo es posible construirlo, moldearlo, hacerlo de pura vida y experiencia.

Ahora paso más horas en silencio y no hay nada que aterre más que escucharnos los pensamientos, que estar a solas con el yo que somos y que hemos construido a lo largo de nuestra existencia. Ese yo que nos sabe frágiles tantas veces y que aquella madrugada del huracán tuvo miedo y se aguantó. Ese yo en el que a veces ya no nos reconocemos, ese yo que tiene una voz y que en estos espacios de silencio total nos recuerda las pasiones genuinas, las abandonadas.

Esa voz se había dormido, quizás incluso, colectivamente. El mundo moderno es ruidoso, siempre hay “algo” urgente que hacer, “un lugar” a donde llegar, “un mensaje” que leer en una red social o peor aún, un instante para perder mirando la nada que a veces son tantas de las “maravillas” de la modernidad.

Amo y reconozco la importancia de los artificios del mundo moderno, del  internet y sus herramientas aliadas, pero qué importante es mantenernos balanceados al usarlos y atravesar la experiencia de estar vivos con ellos y entre ellos.

Al filo de la madrugada afloran las preguntas importantes: ¿Cómo estoy construyendo el tiempo que vivo? ¿De qué están llenas mis horas? ¿En dónde coloco la energía que tiene mi cuerpo? ¿Qué le doy de alimento a mi mente? ¿En qué momento olvidé la sabiduría del silencio?

Aún es muy pronto para entender y aprender las lecciones del huracán pero sí es posible, en algunos casos, en medio de la tragedia colectiva que cargamos, detenernos y simplemente escuchar atentos las voces del silencio. Son elocuentes pero no rugen como los vientos de María. Hay que estar atentos.

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