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¿A quién le pertenece tu cuerpo?

Tu cuerpo es tuyo
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La primera vez que usé un brasierre lloré. Lo recuerdo claramente. Era color crema, tamaño 32 AA y antes le había pertenecido a mi hermana mayor. Mientras muchas de mis amigas se alegraban por lo que significaba empezar a usar esa prenda de ropa interior, yo sufría porque sabía que ya no podía escapar de lo evidente. Iba a crecer y no había nada que pudiera hacer para evitarlo. ¿Por qué temía a ese proceso tan natural? ¿Por qué la intuición me decía que algo extraño comenzaría a pasar, que ya nada sería igual? Hoy sé que el cuerpo es sabio y a veces la carne entiende primero que la mente, y mucho antes que el espíritu.

Inevitablemente llegó el tiempo de esconderse, que nadie supiera que aún jugaba con muñecas, llegaron los años de la transición de niña a mujer. Ese proceso es largo, complejo y repleto de instantes en los que sentimos una y otra vez que estamos viviendo el fin del mundo. Sólo que el mundo no se acaba y nuestras hormonas tampoco dejan de manifestarse.

¿Que por qué no quería crecer? ¿Qué por qué lloraba por usar sostén cuando la mayoría de mis amigas se ponían papel sanitario en el pecho para simular un par de incipientes senos? No lo sé, pero a estas alturas tengo una sospecha. Crecer en el cuerpo de una mujer, implica un cambio dramático respecto a la relación entre tu cuerpo y tú, entre tu cuerpo y el resto del mundo. Crecer te hace sentir en peligro. Muy pronto, dejarás de ser tuya.

De pronto tu cuerpo es algo que hay que proteger, algo de lo cual en ocasiones debes sentir vergüenza y en otras, excesivo orgullo. Habitar tu propio cuerpo se convierte en un asunto que genera todo tipo de debates. Tratas de ser tuya, pero la sociedad insiste en que tu cuerpo les pertenece. Te dictan cómo vestir para ser una mujer decente, cómo moverte, cuánto peso es aceptable. Todos leen tu figura y poco a poco vas creyéndote el engaño y dócilmente moldeas tu cuerpo al estándar ajeno. Eso de por sí es tremendamente grave, pero el asunto se agudiza cuando la noción de que tu cuerpo no es tuyo, trasciende y llega a la agresión y al acoso, esa experiencia que la mayoría de las mujeres que conozco hemos experimentado de alguna u otra manera.

La reciente ola de acusaciones de acoso y abuso sexual que se han hecho públicas como secuela de la investigación que reveló -bastante tarde por cierto- el patrón de acoso y abuso sexual y de poder del influyente productor de cine y ejecutivo de estudio hollywoodense Harvey Weinstein, ha levantado la densa y pesada alfombra bajo la cual mayoritariamente mujeres, -aunque también hombres- de diversidad de disciplinas profesionales habían escondido todo tipo de patrones de acoso, aceptados ya como norma.

Hay varias formas de mirar a este “destape”. El cinismo nos dirá que ha sido muy tarde, que el daño está hecho y que es imposible reparar lo irreparable. También nos dirá que así está construida la sociedad, que el poder está en todo aquello que asociamos como “lo masculino” y que luchar contra ello es un ejercicio inútil y desgastante. ¿Para qué ir en contra del orden de las cosas?

De otra parte, al mirar esta situación desde el amor y la empatía -que no significa dejar de sentir coraje y asumir una postura clara- podemos ver las fracturas en nuestra sociedad que nos han llevado a ello. El patriarcado lacera tanto a hombres como a mujeres, no hay duda de ello. Lo que sucede es que el cuerpo femenino suele ser el más golpeado, aunque hay que reconocer que infinidad de hombres han sufrido experiencias similares.

El acoso sexual en el espacio laboral, institucionalizado y aceptado como está a pesar de incontables esfuerzos, pocas veces en la historia había enfrentado una resistencia como esta, avivada por importantes estrellas de Hollywood, personas que son capaces de transformar la opinión pública y de con sus declaraciones, darle valor a otras mujeres y otros hombres para que se atrevan a denunciar esta conducta. Esa ola de valentía es importante y en ella debemos montarnos. Pero más importante aún, es que desde muy jóvenes en la vida, sepamos que nuestro cuerpo es nuestro y de nadie más. Apropiarnos de él es la única manera de crecer en libertad y autoridad sobre ese sagrado espacio que habitamos en vida, la carne, el hueso, la sabia piel que nos abraza.

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