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La sabiduría de la entrelínea

¿Cómo establecer un balance entre la rebeldía propia de la juventud y las lógicas del mundo en el que queremos ser exitosas?
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Recuerdo cuando entró a mi salón de clases. Llegó tarde, agobiada, preocupada, mirando su celular insistentemente. No había hecho la lectura asignada y era evidente que tenía prisa por salir. Llamémosle Patricia, porque el nombre da igual en este contexto, y porque como ella hubo varias.

Era joven, entrada en sus veintes y con suficientes experiencias de vida acumuladas —muertes, abandonos, desencantos— como para haber despertado del sueño en el que muchas niñas y jóvenes permanecen, hasta que un buen día se dan cuenta de que el tiempo de crecer y hacerse mujer ha llegado y en lugar de vivir una transición natural, caen de bruces y se golpean con las exigencias de la adultez. 

Aunque era obvio que no estaba al día en la clase, era brillante. Sus aportaciones a los debates eran inteligentes y puntuales, sus preguntas incisivas y su entusiasmo —cuando mentalmente estaba presente en clase— era contagioso. Pero Patricia no quería crecer, había algo en ella que le ponía freno. Me pidió incontables reuniones, y en ellas siempre me hablaba acerca de cómo su capacidad intelectual, sus estudios y su experiencia —había pasado ya más de 5 años en la universidad— le permitían entender todo el material, incluso mejor que sus compañeros más jóvenes e inexpertos. Es decir, como sabía que podía entenderlo todo y hacer extraordinariamente bien sus proyectos, escogía no hacerlos. ¿Para qué perder el tiempo?

Si esto era cierto o no, nunca lo sabré. Con el tiempo Patricia comenzó a faltar; y al final no completó el curso, a pesar de múltiples esfuerzos. Como ella, he tenido otros estudiantes, hombres y mujeres jóvenes, con un talento impresionante pero con muy pocas ganas de demostrarle al mundo que lo tienen. Sus talentos se sospechan, pero nunca los confirman. Les falla la disciplina, la concentración, y para qué negarlo, también les falla el ego y, ciegos de soberbia, escupen en el rostro de la sociedad y sus reglas. Esto último no me molesta. Es propio de los cambios generacionales y es propio de la rebeldía de la juventud. Yo también la experimenté, y ahora en los treintas, queda lo necesario de esa etapa.

El problema ocurre cuando esa actitud se convierte en un disparo en el pie, cuando por no lograr leer las lógicas del mundo en el que nos movemos, esa poderosa entrelínea, terminamos frustradas y canceladas. Y vemos a otros con menos talento pero mayor disciplina caminar hacia el éxito, mientras nos quedamos amargados perdiéndole la batalla al cinismo. ¿Que no hace falta un grado académico para triunfar en la vida? Es cierto, ejemplos sobran —un saludo Mark Zuckerberg—. ¿Que es urgente cuestionar y trascender infinidad de “acuerdos sociales” porque ya hemos trascendido sus postulados? También es cierto y aquí el saludo sería largo y extenso pero pensemos en la estructura patriarcal, en los sistemas educativos y de mérito, en los sistemas de salud, carcelarios, de vivienda, en fin, es justo y urgente cuestionar y provocar cambios. Lo que preocupa es que muchas veces estos cambios se dan gracias a un entendimiento profundo de las dinámicas sociales que sostienen estos sistemas, y no desde la rabia y la pataleta hueca y sin sustancia.

Hacerse mujer no sólo tiene que ver con el tan mencionado empoderamiento, o con asumir el cuerpo y la manifestación de la feminidad que mejor te sintonice, tiene que ver también con entender que no basta saber que somos brillantes y talentosos. En el mundo real, hay que probarlo. Si esa entrelínea se entiende, cambiar el discurso es mucho más fácil. La política reciente nos pone un ejemplo en las cientos de mujeres que han corrido a puestos electivos en los Estados Unidos inspiradas por la ya global Women's March (Marcha de las Mujeres). Anda, ve y rompe los moldes, pero entiende primero su estructura, para que seas capaz de crear algo distinto y superior.

Patricia no supo hacerlo. Estoy segura que habría sido una extraordinaria comunicadora. Pero nunca lo sabrá, ni yo tampoco. Prefirió romper el molde, sin entenderlo primero.

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