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Oda a la hermana

“Ahora nos cuidamos las dos. Me cuidas y te cuido y juntas cuidamos a los amores que nos rodean”
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A Ana Cristina Toro

He escuchado el cuento muchas veces con la misma fascinación y curiosidad. Y siempre comienza en el mismo lugar, en el nombre. Tú me diste mi nombre. Escogiste entre varias combinaciones con “Ana” y decidiste que sería bautizada como Teresa, Ana Teresa. Nuestra historia empieza como todos los grandes orígenes, me nombraste y luego existí.

Cuando nací no te simpatizaba mucho. Me cuentan que, a la menor provocación, me lanzabas un mameyazo con lo primero que encontraras. Había que velarte o me podía ir muy mal. Yo era una masa bebesiana y tú toda una niña hecha y derecha de cuatro años que ahora tendría que compartir sus juguetes, su habitación y las querencias. Te habías convertido en una hermana mayor.

Con los años fui creciendo y abuela nos hacía trajes exactamente iguales. Yo salgo en todas las fotos extasiada de alegría y tú con un rostro de mortificación absoluto. Vestirme igual que tú era una de mis máximas aspiraciones a los cinco años y uno de tus peores fastidios. Te perseguía a todas partes y me dedicaba a ser tu pequeña sombra. A veces, para defender tu espacio me cerrabas la puerta de tu cuarto, y ahí me quedaba yo como una lapa esperando en la puerta y tocando hasta el cansancio.

Seguimos creciendo, y recuerdo cuando me vestía a toda prisa para poder irme a tu cuarto a verte maquillarte y arreglarte el pelo, mientras escuchabas “To Be With You” de Mr. Big o “More Than Words” de Extreme. Sé que no te gustaba tener público en ese ritual femenino tan tuyo, pero de todos modos me dejabas estar ahí. A veces, no quedaba más remedio, como cuando tenía que ser tu chaperona a el “party de marquesina” de turno. Amaba observarte “ser grande” y cuando en la adolescencia estudié guitarra, esas dos fueron de las primeras canciones que aprendí.

Ahí. Digo, escribo esa palabra y siempre pienso en ti, porque siempre has estado ahí. Incluso cuando no querías jugar conmigo de niña, siempre me protegiste de los males del mundo. Me defendías en la escuela y en cualquier situación. Me encerrabas contigo en tu cuarto si tenía miedo. Sé que te atormentaba con mis preguntas de hermana menor, pero aún atormentándote siempre me protegiste.

En la adultez alcanzamos complicidad y le dimos forma a la amistad y auténtica hermandad —de sangre y de vida— que hoy nos une. Somos hermanas porque compartimos nombre y apellidos, pero también porque la vida nos escogió y le dimos la razón. Tenemos la misma voz y hay quienes dicen que nos parecemos hasta en la carcajada. Ahora nos cuidamos las dos. Me cuidas y te cuido y juntas cuidamos a los amores que nos rodean.

No puedo imaginar mi vida sin mi hermana y sé que tener una hermana es una de las cosas más maravillosas que le pueden pasar a cualquier mujer. Algunas tenemos la suerte de crecer bajo el mismo techo y compartir genes, y otras se hacen hermanas porque sus historias de vida se van cruzando tanto y tanto que termina por crear un tejido hermoso de memorias. Los hilos de la vida también tejen hermandades.

De estas tejedoras tengo en mi vida, amigas que la vida coloca en el momento preciso, que nutren tu vida y la hacen mejor y más sabia. Amigas con las que no se compite, sino que se experimenta y se acompaña, amigas solidarias que nunca te dejarán salir a la calle luciendo mal y que sabrán consolarte cuando sea necesario y echarte un balde de agua fría para que despiertes del marasmo, también.

Veo a Elsa y a Anna, las hermanas de la película animada “Frozen” y me llena de esperanza saber que una historia masiva en la cultura popular, abone a romper ese mito tan dañino de que las mujeres sólo podemos existir en competencia y antagonismo con otras mujeres. Que una película que ha roto todos los récords posibles, se concentre en la idea de que el amor de hermanas puede ser tan poderoso como cualquier otro verdadero amor, evidencia que por más que traten de diseñarnos como enemigas, las mujeres somos capaces de un amor puro entre nosotras, pero sobre todo, que ése amor nos hace más fuertes y más libres.

La hermandad tiene sus secretos, tiene sus estrategias y tiene su poder. No dejemos que nadie se anteponga a la fuerza arrolladora de dos mujeres juntas sosteniéndose una a la otra y ayudándose a florecer. Gracias, hermana, por ser la primera en enseñarme esta lección.

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