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Ser cuerpo o ser mente

¿Por qué nos obligan a creer que una mujer no puede ser inteligente y guapa? Es tiempo de trascender esa absurda dicotomía
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Desde muy temprano a las niñas se nos enseña que llegará un momento en el que tendremos que escoger: ¿o eres guapa o eres inteligente? Soy plenamente consciente de que no se trata de un absoluto, que a algunos hombres también les pasa y que es obvio que se puede ser guapa e inteligente a la vez y que eso no es un problema. El problema es la lectura y el condicionamiento que le otorga la sociedad a la puesta en escena de estas dos características, sobre todo si se trata de una mujer. Me explico con una anécdota, entre miles del mismo tipo.

El otro día conversaba con una amiga, que fue modelo durante años y entrenadora personal. Ella es, dentro de los cánones de belleza del presente —y de cualquier época la verdad— una mujer deslumbrantemente hermosa. Va por la calle y todos miran: hombres, mujeres, gatos, perros y un largo etcétera. Es imposible ignorarle. Nos habíamos encontrado en un evento social y me pareció curioso verla vestida mucho más severa de lo que acostumbra. Entonces me contó que acababa de salir de trabajar y que hacía años que había entendido que para ser tomada en serio en su oficina, debía hacer todo el esfuerzo posible para no verse guapa. Ojo, y no se trata únicamente de evitar la ropa poco profesional, sino de deliberadamente eliminar maquillaje, o vestimenta que le favorezca para que bajo ningún concepto su silueta o belleza natural resalten más allá de lo inevitable. Ella había entendido que su voz no tendría espacio ni valor, si su belleza estaba de por medio. También me contó que durante años, antes de iniciarse en ese trabajo, había pensando que ¿para qué? No valía la pena esforzarse por profundizar en asuntos o participar de debates y conversaciones, si al final, el único elemento que utilizarían para valorarla sería su belleza física. Incluso llegó a dudar de sus propias capacidades. "Si nadie ve mi inteligencia, ha de ser porque no la tengo", se decía. La escucho y trazo algo de su origen en el modo en que nos dirigimos a las niñas y de paso las vamos definiendo. Una niña es "hemosa', "muy linda", "una princesa". El niño es "atlético" o "inteligente" o "todo un líder".

Entonces el lenguaje hace lo que le toca, construye mundos y en ese mundo poco a poco no va quedando espacio para otras palabras definitorias. ¿De verdad no tenemos más adjetivos para las niñas que aquellos referentes a su belleza? Con la belleza no hay problema con lo que hay problema es con la noción de que no puede habitar en una mujer, en un solo ser, la posibilidad de ser cuerpo y mente en libertad. Lo veo desde la perspectiva contraria. Muchísimas mujeres que disfrutan de algunos aspectos de los rituales de embellecimientos asociados con la feminidad, se limitan de participar de éstos, para evitar ser catalogadas de frívolas, llanas, o poco inteligentes.

¿De cuándo acá no se pueden articular ideas profundas con los labios pintados de rojo y la piel humectada y el cuerpo bien perfumado? Me ha pasado y lucho contra ello constantemente. En mi adolescencia fui bailarina y porrista. Y cuando comencé a trabajar como periodista en la universidad, el constructo social me sembró el temor: ¿quién va a tomarme en serio como periodista si estoy bailando con ropa entalladísima en las Justas? El libreto estaba escrito y me había dictado que para ejercer mi intelectualidad tenía que renunciar a mi cuerpo. Por suerte desperté del absurdo y comencé a estudiar la infinidad de figuras que cultivando su cuerpo han cultivado su mente y su espíritu. Luego entendí, explorando los estudios de género, que aquella mujer que quiera renunciar a las estéticas relacionadas a lo femenino debe hacerlo y disfrutarlo, lo mismo para aquellas que disfruten pasar horas en el salón de belleza y luego salen a dirigir empresas o a ser profesoras.

Lo que importa es que exista una apropiación de tu apariencia, de cómo cultivas tu cuerpo y de tu intelectualidad. Importa que no tengas que renunciar a aquello que te brinde placer para vivir una vida intelectual, ni renunciar a tu intelectualidad para que consideren tu belleza. Esta práctica es diaria y requiere consciencia, pero es importante para que nadie te obligue a escoger entre la infinidad de saberes que eres. El cuerpo también es sabio, la mente también es belleza. No permitas que te pongan a escoger.

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