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Nada inocente en el cuento de hadas

Hace décadas era imposible imaginar una unión así, hoy el mundo es otro y han cambiado las reglas y sus significados
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A veces la clave está en cambiar algo para que no cambie nada. A veces, basta parecer para ser. A veces, las transformaciones sociales —siempre imparables y cargadas de nuevos valores— alcanzan las esferas más distantes y se establecen allí. Ha llegado un mundo nuevo y no hay vuelta atrás. En la sociedad actual donde la cultura del espectáculo y de la imagen dominan el marco de influencia a nivel global, hay que prestar atención. ¿Cuándo es imagen y cuándo es transformación estructural? ¿Qué significan los gestos de cambio y las imágenes que les acompañan? Si hay nuevos valores operando, ¿cuáles son los símbolos que los anuncian?

El casamiento del Príncipe Enrique de Gales (Prince Harry of Wales) con la actriz estadounidense Meghan Markle ofrece una oportunidad para reflexionar en torno a estas preguntas que ya hemos visto manifestarse en otras esferas. Por ejemplo, en la Iglesia Católica, donde muchos se preguntan si los nuevos estilos y discursos que impone el Papa Francisco no serán una manera más de hacer parecer que todo ha cambiado para que en el fondo nada cambie.

Hay que comenzar por el hecho de que no se trata de cualquier monarquía, sino de la monarquía británica, la cual en el siglo XX demostró ser exitosa como ninguna en la creación de una marca poderosa y global. Comienzan por cambiar su nombre en el 1917. De llamarse la Casa de Sajonia Coburgo Gotha —con directos vínculos alemanes— tomaron la decisión de renombrarse por decreto real como la Casa de Windsor (un nombre de un castillo de origen inglés) para distanciarse de Alemania con quien Inglaterra estaba en conflicto durante la Primera Guerra Mundial.

Casi un siglo antes, en el 1840, la Reina Victoria de Inglaterra transformaría para siempre la moda para las novias prácticamente alrededor del mundo, al ser la primera integrante de la realeza en casarse vestida de blanco. Y su bisnieta, la actual monarca reinante, la Reina Isabel II, se aseguraría de que la monarquía sobreviviese los tiempos modernos. Lo haría aprovechándose precisamente de la modernidad y apropiándose de las ideas del momento. Se televisarían sus mensajes, su coronación, su casamiento y se abriría el Palacio de Buckingham (cerrado a aquellos ajenos a la nobleza) a personas de todo perfil con festejos y celebraciones diversas. Se mantendrían neutrales la mayor parte del tiempo ante los devenires políticos y se proyectarían como símbolo de unidad nacional. El resultado, la defensa mayoritaria del pueblo inglés de los valores simbólicos de la monarquía. Mientras en el mundo reyes y reinas iban perdiendo popularidad, en Inglaterra ocurría lo contrario. Sin duda, lograron ser los reyes del branding, genios de lo simbólico.

Ayer volvieron a hacerlo, pues la misma institución que forzó al entonces Rey Eduardo VIII a abdicar al trono, tras haberse casado con la socialité estadounidense Wallis Simpson, divorciada dos veces previamente, hoy celebra y avala la unión de Harry con Meghan Markle, una mujer divorciada también y de origen mestizo. Transformando así aquello que por siglos definió y sostuvo las monarquías: el anquilosado concepto de sangre azul.

Markle ha sido objeto de todo tipo de críticas de tono racista por la prensa inglesa y el Príncipe Harry la ha defendido. Nadie lo dice directamente, pero es claro el mensaje racial: la mujer no es de sangre azul y con ello se afecta la línea genética real. Les llamaban de sangre azul porque debido a su palidez, era posible ver sus venas azules a través de su piel. Todo esto parecería una pesada entrelínea de ideas pasadas, sino fuera por lo que este matrimonio representa. Es la primera vez que una mujer de raza negra entra a la realeza inglesa, la más prominente del mundo.

Esa idea de que Dios, por decreto divino, determinaba quiénes reinarían y quiénes no; esa noción de “pureza”, de nobles y plebeyos separados por diferencias de nacimiento una vez más queda rota con este enlace. Antes te ungía la divinidad, ahora en la cultura del espectáculo pareciera que quien unge es la fama. A esto se suma además el contexto inglés y europeo contemporáneo, con una crisis migratoria, altos niveles de racismo en todas las esferas y el reclamo constante de los ciudadanos por sociedades más igualitarias. Con este gesto, la monarquía pareciera decirnos que quiere parecerse un poco más a la sociedad sobre la cual reina.

Con relación al divorcio esto también es palpable. El concepto de matrimonio y de mujer virgen que llega al altar, también se ha transformado y este enlace da cuenta de ello. No se debe olvidar que se trata del hijo menor de la Princesa Diana, una mujer que vivió ante el mundo y en carne propia, los sufrimientos de los matrimonios monárquicos arreglados.

Con todo esto, uno se preguntará: ¿y esto qué tiene que ver conmigo? Quizás pensemos que nada, pero se trata de una mujer de clase media alta, actriz de profesión, hija de un hombre blanco y una mujer negra, divorciada, defensora de ideas feministas y liberales, adentrándose en una de las estructuras más conservadoras e inamovibles del mundo. ¿Será que de veras el mundo está cambiando? No lo sé, al menos sí podemos decir con firmeza, que ya no lo pueden ignorar.

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