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Libres para elegir

¿Cuándo llegará el día en que la sociedad deje de exigirnos el agotador balance perfecto entre el trabajo y la familia?
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El miedo es una fuerza poderosa. Tanto, que muchas veces nos protege incluso de aquello que nos hace bien. Lo pienso al recordar las palabras de una estudiante: “No quiero aprender a cocinar porque no voy a permitir que me encierren en la cocina”. 

Lo dijo firme, clara y decidida. Y a mí me sacudió pensar que algo que siempre me había parecido una señal de independencia —ser capaz de alimentarse uno mismo— podría tener un matiz de esa naturaleza. Pero cada día entiendo mejor su inquietud. Su intuición le ha dictado que, en esta sociedad, como mujer siempre tienes que escoger y escoger bien. Porque sino, vas a estar condenada a la eterna, extenuante y agotadora doble jornada: ser la ama de casa ejemplar y la profesional exitosa. Colorear cartulinas para el Día de Juegos con el mismo entusiasmo y perfección que haces las presentaciones del trabajo. Y ay de ti, si no eres excelente en todo. 

Su resistencia invita a reflexionar acerca de cómo ha evolucionado esa relación de tensión que experimentamos las mujeres, entre nuestras aspiraciones profesionales y la expectativa social de ser en igual medida, perfectas amas de casa. En primer lugar habría que pensar en cómo miramos las labores del hogar. Porque son precisamente eso, labores y la mujer que escoja dedicarse a ello, debiera poder hacerlo libremente, pero sobre todo, libre de estigmas. La administración de un hogar y la gestión de las necesidades cotidianas de hijos, padres ancianos y parejas requiere energía, planificación y esfuerzo físico y mental. Es una gerencia en toda ley. Son incontables las vidas profesionales de hombres que han logrado desarrollarse y expandirse a su máximo potencial, porque ha habido una mujer en la casa administrando cada detalle cotidiano de la agenda familiar, y en ocasiones también de la profesional.

Desde lo más práctico -el pago de cuentas, la planificación de cenas, vacaciones, citas médicas y compromisos de hijos y padres- hasta los menos prácticos pero igualmente significativos, entiéndase el trabajo emocional -la celebración de cumpleaños, aniversarios, la compra de obsequios de Navidad para el socio y un largo etcétera-, la administración de un hogar es un trabajo no remunerado, pero trabajo como no hay otro. 

Sin embargo, con el advenimiento de la entrada masiva de la mujer al mundo laboral, la figura de la ama de casa, cada vez más es vista con desdén o incluso como una labor menor. Al punto de que -aunque hay numerosos hombres que han comenzado a balancear la carga- aún hoy se espera que una mujer profesional, sea capaz también de asumir las tareas del hogar como si ése fuera el pago -o más bien el castigo- por la osadía de vivir una vida fuera de los confines de la casa. Como si nos dijeran: podrás salir, pero al regresar te espera más trabajo y estarás tan cansada que te preguntarás si alguna vez valió la pena el atreverte a imaginar un futuro propio. 

En eso, el patriarcado ha sido efectivo. Recuerdo de niña pensar que las madres que eran amas de casa, “no trabajaban”. Hoy todavía escucho la frase por ahí, y lo pienso y lamento haber crecido de niña con esa noción tan injusta. 

El peligro es que esta idea de tenerlo y hacerlo todo ha sido increíblemente exitosa. Cada día escucho a demasiadas mujeres sentirse orgullosas por vivir como extenuadas réplicas de la Mujer Maravilla y aseguran sentirse plenas -o secretamente frustradísimas- porque viven en la búsqueda de ese balance casi imposible entre el éxito profesional y el éxito como amas de casa, porque sienten culpa de pasar horas en el trabajo y llegar tarde al cuido, porque temen que en el trabajo se enteren de que necesitan ausentarse para ir al pediatra, porque nunca es suficiente en ninguno de los frentes.

Es cierto que muchas buscan la ayuda de otras mujeres que les asisten en las labores del hogar o que hay mujeres que genuinamente se sientan felices de asumir ambos roles. No hay problema con nada de lo anterior, el conflicto radica en la raíz. ¿Es esta tu realidad porque la escogiste o porque es lo que se espera de ti? Hasta que no seamos capaces de responder con honestidad a esa pregunta, seguiremos contestando el bendito cuestionamiento que a ningún hombre le hacen: ¿Cómo balanceas tu vida familiar y tu vida profesional? También hasta entonces, habrá jóvenes que le huyan a la cocina, aterradas de caer en la trampa. 

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