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Cortarse el pelo

Para muchas mujeres, el acto de desprendernos de unas pulgadas de cabello, suele representar mucho más que un asunto estético. En ese gesto, nos desprendemos de mucho más
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En una de las siete colinas que rodean la ciudad de Tirupati en la India, se encuentra el Templo de Tirumala, considerado uno de los lugares sagrados más visitados del mundo. Llegan hasta allí alrededor de 50 mil peregrinos al día. Pero es allí también donde cuatrocientos barberos rapan todos los días las cabezas de un promedio de 5 mil a 10 mil devotos de todo el país. “Te despojas del pelo como muestra de entrega a Dios. Es un sacrificio”, le explicaría hace unos años una joven devota a un periodista del diario español ABC.

El dios a quien ofrendan el cabello tiene por nombre Venkateswara (también conocido como Balaji, entre otros nombres) y es el “destructor de los pecados”. Los devotos no saben que las largas pulgadas de cabello que han dejado crecer pacientemente y que han cuidado con esmero para este fin espiritual, irán a parar a las cabelleras de los occidentales que puedan pagar las lustrosas pelucas que con sus cabellos confeccionan.

Pensar en esto siempre me sacude, porque a lo largo de la historia la humanidad -particularmente- la mujer, ha tenido una relación muy íntima con la cabellera. Durante siglos tener el pelo largo era -y aún lo es en algunas culturas- obligatorio para la mujer; al día de hoy esta característica sigue atada al canon de belleza predominante y el acto de cortarse el pelo muy corto, es interpretado en la sociedad actual como un signo de rebeldía.

En los hombres la experiencia va desde aquel bíblico relato del Sansón que pierde la fuerza, a la idea del cabello largo y la barba vista en algunos ambientes como una imagen desaliñada y una actitud de descuido.

Nadie sufre más el acoso social en torno a la cabellera que las personas negras, particularmente las mujeres, quienes aún hoy tienen que lidiar con que les exijan en sus trabajos que se recojan o alisen su pelo, en una actitud discriminatoria contra la que hay que seguir luchando.

Pocos gestos son más celebrados que la entrega de una cabellera como un acto de amor para acompañar el proceso de sanación de una persona enferma, o para obsequiarle una peluca a alguien que la necesite.

Estos son algunos ejemplos salteados para insistir en la idea que hoy me ocupa. ¿De qué nos liberamos cuando nos cortamos el pelo? ¿Por qué inmediatamente después de salir del salón de belleza y llegar a casa muchas lloramos y nos arrepentimos? ¿Qué energía cargan las hebras de nuestro pelo?

En mi caso, el pelo largo siempre ha sido un refugio, una especie de gran cortina donde esconder mi rostro, a veces mis hombros, y por momentos hasta la cintura. Ha sido un disimulado escudo contra el mundo, una casa para la casa que es el cuerpo. Cortármelo ha sido una manera de hacerme vulnerable, de mostrar mi rostro sin capas protectoras.

Casi todas las mujeres que conozco, sin excepción, cuando atraviesan algún momento difícil o hacen la transición a una nueva etapa (matrimonio, hijos, mudanza, trabajo, separación de una pareja) marcan esa etapa cortándose el pelo. Dejan ir. Sueltan los remanentes del yo que eran y que hoy ha evolucionado. Entregan unas cuantas pulgadas de cabello a cambio de esa sensación de trascendencia, aunque luego se añore aquello que ya no somos.

Lo pienso e imagino el sonido de las navajas en aquel templo. La crueldad del círculo económico que lo sostiene en contraste constante con la fe de los fieles. Lo pienso y veo que ya me ha crecido el pelo otra vez, que estoy creciendo dentro de la nueva mujer que soy. Y esa ofrenda no será para ningún dios. Me pertenece.

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