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El cuento que nos hacemos

Vivimos literalmente en una especie de gran relato, de gran película en la que temprano en la vida nos adjudican y nos adjudicamos un personaje en la historia
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Hay verdades que, de tan obvias y abarcadoras, nos pasan de frente y no logramos verlas del todo. Son como el agua en la que nadaban aquellos peces a los que hizo referencia David Foster Wallace en su famoso discurso titulado Esto es el agua (2005).

“Están dos peces nadando uno junto al otro cuando se topan con un pez más viejo nadando en sentido contrario, quien los saluda y dice: ‘Buen día muchachos ¿Cómo está el agua?’ Los dos peces siguen nadando hasta que después de un tiempo uno voltea hacia el otro y pregunta: ¿Qué demonios es el agua?”

En este año 2018 que acabamos de despedir, creo que alcancé a ver unas cuantas gotas de esa agua. Ésa fue la gran lección de este año —por fin pasado— y hoy seis de enero, Día de Reyes, quiero compartirla como ofrenda. Porque después de todo, el oro, el incienso y la mirra de nuestros tiempos viene en la forma de las sabidurías simbólicas que le logramos robar a la velocidad de los tiempos. 

Con demasiada frecuencia escucho a las personas definirse con muchísima seguridad. Soy tímido, soy depresiva, soy egoísta, soy solitario, soy esto, soy aquello y soy lo otro. Y en ese uso del “Ser” hay una trampa, porque en lugar de una afirmación sobre el yo, lo que verdaderamente se manifiesta es el principio de una historia, de una narrativa propia que marca cada una de nuestras acciones. No es que actuamos y luego somos, es que somos y el modo en que definimos ese “Ser” termina por manifestarse en el hacer. O lo que es lo mismo: actuamos en la mayoría de las ocasiones acorde con la historia que hacemos sobre nosotros mismos. De ahí el poder de nuestras narrativas personales sobre nuestro presente y futuro. 

Es muy natural pensar que un trauma, una experiencia o una actitud escogida define nuestra identidad, pero lo que ocurre es que lo que es verdaderamente natural es la posibilidad de transformar el poder que tiene nuestra historia sobre nuestra vida. Me marca una pena, una experiencia difícil, una herida emocional o física, pero ¿tiene que dominar cada uno de mis pasos?

Y a su vez, de ahí la importancia de apropiarnos de nuestras narrativas y no permitir que sean otros quienes definan ese yo, que pasa del ser al hacer. Un ejemplo simple. Digamos que durante años has sido una persona despistada, que deja todo perdido, y que además ere incapaz de organizar tus finanzas, tu hogar, y tantos otros aspectos de tu vida. Seguramente, tus amigos y familia así lo han reconocido y poco a poco, tu identidad y la percepción que tienes sobre ti va atada a esa definición que tus acciones y la mirada de los otros han generado. Tanto así que poco a poco descansas en esa “realidad” y te asumes como una persona indisciplinada e incapaz de superar un despiste. En esa circunstancia la narrativa sobre ti mismo te domina y te impedirá la posibilidad de transformar, modificar y evolucionar en aquellas conductas que no te hacen bien. 

Vivimos literalmente en una especie de gran relato, de gran película en la que temprano en la vida nos adjudican y nos adjudicamos un personaje en la historia. El problema es que nadie nos dice que ese personaje lo definiremos nosotros mismos y que los autores de su historia somos nosotros. 

Pareciera algo muy abstracto o demasiado obvio pero este año que ha pasado, que inició con la larga resaca del huracán y se afianzó con unos meses en los que los puertorriqueños nos sacamos del pecho, las penas que sacudió la tormenta y las ganas de reconstruir vidas, familias y realidades, creo que entender eso en su profundidad y verlo operar en mi vida ha sido la lección más importante que me deja este año. Mi cuento lo escribo yo, tu cuento lo escribes tú. Y es en esa reescritura donde radica nuestra capacidad de transformar nuestra realidad. Para eso también sirven las palabras. 

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