Loader

Volver a la raíz

La rebeldía necesaria
Photo
  • Compartir esta nota:

Rebelarse contra los padres, contra el origen, contra la raíz, contra la ciudad natal, contra la escuela, contra la maestra, contra la iglesia, contra las enseñanzas de la niñez, contra el padre, contra la madre, contra cualquier figura de autoridad, contra las instituciones, contra todo el mundo conocido y sobre todo, contra el niño que fuimos y que habitó ese mundo que hoy desdeñamos. Rebelarse contra todo eso, es la cosa más natural del mundo. Extraño es aquel que no atraviesa, aunque sea, un mínimo episodio o una prolongada temporada de militante rebeldía en su adolescencia y temprana juventud.

Comencé por la iglesia. Cambié los sábados de misa por clases de pintura. Me declaré atea y me alejé de aquella rutina. Luego llegó la experimentación, con el cuerpo, con distintos grupos de personas e intereses, con posibles pasiones. Toqué guitarra, bailé, pinté y estuve en varios talleres literarios. Me encontré rodeada de amistades tóxicas y de otras que no lo eran y traían a mi vida agua clara, salud, bienestar. Me permití conocer la noche, el peligro, la incertidumbre y la adrenalina de lo desconocido. Conocí estados alterados de conciencia, supe lo que es una borrachera y en el afán de huir de la raíz, me fui a estudiar lejos, en Madrid.

Allá cumplí 24 años y exploré esas mismas rutas que recién describo con mucha más intensidad. No sólo conocí la sombra, la habité y me habitó. Regresé a Puerto Rico enferma, luego de una pulmonía violenta que me mantuvo en cama casi un mes, pero sobre todo regresé perdida. Odié tanto ese año del regreso. Peleé tanto con la idea de volver a casa. Lloré tanto por el tener que reconocer que esa raíz de la que tanto me había querido alejar era más fuerte que todas mis voluntades juntas. Entonces, miré las manos de mi madre.

Ví que tenían la misma forma de las mías, ví que aunque no nos parecemos mucho en el rostro, nuestras manos y pies son similares. Amé la única característica suya que logré identificar en mi cuerpo, la amé porque me recordaba que no estaba del todo perdida, que venía de algún lugar y ese lugar me reclamaba como suya en la forma de mis manos. Entonces, me detuve a observar a mi padre. Me di cuenta de que aunque ya me sé todos sus chistes de memoria, no puedo negar que hay rastros de su personalidad en la mía. Agradecí aquello que heredé de él, a sabiendas de que en mí florecería de manera distinta pero igualmente legítima. Soy su hija, y serlo no es poca cosa. Y ya también, poco a poco, voy repitiendo mis propios chistes.

Una vez, estando muy triste, una persona en lugar de darme consejos me recomendó que estudiara el comportamiento de las raíces de los árboles. Su sugerencia me sorprendió. Pensé que me había leído la mente, porque desde que recuerdo lo único que suelo dibujar son árboles. Hace años, de hecho, a un muchacho argentino que conocí por ICQ (quién diría que esas tres siglas símbolos de modernidad, hoy día serían vocabulario vintage) le envié en una ocasión un dibujo de un árbol por correo junto a una foto, como si el árbol fuera mejor reflejo de mí que el de la imagen revelada.

Estudiando las raíces entendí lo inevitable, bajo la tierra, hay una vida y un universo entero que hace conexiones y las rompe, que alimenta y mata, que nutre y sostiene -a veces desde muy largas distancias- la hoja y el fruto libre que seremos después.

Es divina esa rebeldía. Y crecer no debe ser jamás entregar las armas y domesticarnos con docilidad. Pero es hermoso a su vez, hacer las paces con la raíz, saber que su luz y su sombra nos han nutrido pero que tenemos el derecho y la libertad de definir el sabor de la fruta que seremos.

Hoy, por ejemplo, no practico ninguna religión, pero tengo una vida espiritual muy activa, no comparto todos los valores de mis padres pero hay mucho de ambos en mí y eso no sólo es inevitable, sino que es ganancia. Hoy, no me habita la sombra pero la visito de vez en cuando. En eso pensaba el otro día, cuando volví a mi pueblo Aibonito, esta vez, a dar una charla.

Allí estaba mi maestra de español, mi maestro de pintura, mis familiares, amigos, los amigos de mis padres, la gente del pueblo. Volví a la raíz, sabiendo que no soy la misma que salió de allí, pero honrando aquello que viví allí.

Sí que es la gran cosa hacer las paces con la raíz, sobre todo si se tiene la conciencia de que nutre la tierra que somos, pero también nos alimenta el agua que viene del cielo, es decir, de los otros mundos que habitas. Con esa conciencia, es posible volver a casa.

  • Compartir esta nota:
Comentarios
    Dejar comentario
    Volver arriba