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La trampa de la felinidad

La construcción de este imaginario en torno a la mujer/gata tiene una raíz muy profunda
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Uno de los personajes que considero más fascinantes de El Quijote, es Altisidora, una mujer que aparece en la segunda parte de la primera novela moderna. Ella es una doncella que habita el palacio de los duques y que se jacta de ser considerada por no pocos caballeros, como  la doncella más bella de la zona y según su propia apreciación libre de dilemas de autoestima, como la mujer más bella que ha existido. Cuando Don Quijote, un hombre enamorado hasta el tuétano de su adorada Dulcinea, se niega a aceptar -a pesar de ser intensamente tentado por su belleza- que Altisidora es más bella que Dulcinea, la doncella en venganza, le tiende una trampa y le arroja un saco lleno de gatos rabiosos que atacan, muerden y dejan en muy mal estado a Don Quijote, un anciano que jamás claudicaría en semejante prueba de amor a Dulcinea.

La crueldad del gesto de Altisidora asombra y la felinidad de sus acciones y de su actitud, la catapulta como una de las primeras -sino la primera- mujer felina de la literatura. Personajes de este tipo florecerán a lo largo de la historia y degenerarían en las Gatúbelas y las Jessica Rabbits del universo de la ficción. La idea de la mujer como un animal elegante, delicado, seductor, suave, inteligente pero salvaje y violento a la mínima provocación. La gran trampa de la belleza, la mujer gata de uñas peligrosas de la que el pobre Don Quijote no pudo salvarse, del mismo modo en que ningún otro hombre podrá. 

La construcción de este imaginario en torno a la mujer/gata tiene una raíz muy profunda, no sólo desde el punto de vista de la narrativa, sino desde la mirada que la estructura social patriarcal promueve respecto a la mujer. Y esta adjudicación de valores simbólicos es peligrosa y tiene -y ha tenido- repercusiones concretas a lo largo de la historia.

El universo de la música popular, con particular énfasis en el reguetón, se regodea al contar las historias de las gatas, refiriéndose a las mujeres. No muy lejos, en los famosos culebrones, no pocas veces hablamos de gatas salvajes al adjetivar a una mujer de carácter fuerte e independiente. Si un vídeo de dos mujeres peleando es subido a alguna red social, de inmediato será compartido miles de veces, acompañado de referencias a una llamada “pelea de gatas” o el ya -tristemente- icónico término anglosajón del “cat fight”. Debajo de esta descripción se alimentan todos los prejuicios posibles respecto a las relaciones entre las mujeres; se fortalecen las nociones de que dos mujeres no pueden jamás tener una amistad genuina y libre de las tensiones de la felinidad; se insiste en el imaginario de que al igual que se le adjudican características -sin mucha más evidencia que una mirada popular- de deslealtad y maldad a los felinos, las mismas son aplicables a la mujer y ante esto, habría que seguir urgando y eso ir a mar abierto. Son los gatos quienes acompañan a las brujas, son los felinos -esa familia de mamíferos que consiste en más de 40 especies- a quienes se les identifica con los mismos valores simbólicos de “lo femenino”: el ciclo lunar, la noche, lo misterioso, el peligro, la tentación, la pérdida de la inocencia y el precio a pagar por el placer.

Los felinos son los mamíferos cazadores más sigilosos, poseen un cuerpo esbelto, tienen vista y audición muy agudos, hocicos cortos e imponentes y afiladas garras. A sus presas, suelen matarlas de un único y preciso mordisco. El trabajo de una fiera es perfecto. Pero una mujer no anda relacionándose con el mundo como si cada ser que lo habite fuera una presa, como si cada mujer fuera un felino más que hay que atacar. No hay nada de malo en jugar con la estética y el vocabulario de la felinidad, esto incluso puede dar pie para muchas formas del gozo o de los ritos de seducción.

Sin embargo, el peligro radica en asumir la felinidad como una marca definitoria de lo femenino y si bien, como advertía la gran Mara Negrón en su libro “De la animalidad no hay salida” o Jacques Derrida en su conferencia “El animal autobiográfico que soy”, no se trata de huir de nuestra animalidad, sino de entenderla y apropiarnos de ella. Pero sobre todo, de evitar a toda costa que el juego de la felinidad y lo femenino, termine por convertirnos en nuestras propias presas.

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