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Maldita ética del cansancio

Hoy día es un pecado estar desocupado y ni pensar si quiera en aburrirse. ¿No será tiempo de que recuperemos nuestro bien más preciado? El tiempo.
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Estoy cansada. No cansada como quien se cansa entrenando para un maratón, levantándose a las tres de la mañana para empezar a correr a las cuatro y hacia las ocho ir terminando la carrera del día. Tampoco estoy cansada como las mujeres que, contra todo pronóstico, consiguen cada día adelantar sus carreras y administrar vidas familiares y loncheras. Tampoco estoy cansada como muchos de mis estudiantes que estudiaban y trabajaban y se levantaban de madrugada a terminar lecturas y ensayos. De lo que estoy cansada es de no saber vivir de otro modo. Estoy cansada de haber asumido esa especie de ética del cansancio, esa forma de vivir en la que estar siempre muy ocupada, me hace sentir que mi paso por el mundo tiene validez.

La sensación ya tiene sus años. Mi abuela solía decirme: No se le puede robar el tiempo a Dios. Mi mamá nos levantaba los sábados a las seis de la mañana a lavar ventanas y, aunque hacíamos un feliz reguero de espuma y burbujas en el balcón, ese gozo sólo era permitido en función de una tarea cumplida. Así que no fue extraño cuando en la escuela me encontré amaneciéndome la mayoría de las noches completando tareas porque me metía en clubes de todo tipo, y tomaba cursos fuera del horario escolar. Cada hora del día debía estar ocupada y ahora ese hábito me está pasando factura.

El despertar comenzó el año pasado, cuando gracias a largas conversaciones entendí que era tiempo de superar los motivos por los cuales siempre procuraba llenar la agenda mucho más de lo razonable. Comprendí con dolor que, como tantas personas que conozco, me era impensable ser sin hacer. Existir sin ganarme el permiso. O lo que es lo mismo, sentía una urgencia por hacer para ser digna de amor, de un lugar en el mundo. 

Decirlo, escribirlo y entenderlo fue sanador y la desaceleración obligatoria que provocó el huracán me permitió comenzar a rediseñar una vida un poco menos dirigida por ese afán tan agotador de estar ocupadísima.

Pero ocurre que los hábitos son más fuertes, incluso, que nuestros procesos espirituales y personales. Si no los mantenemos bajo control, regresan con toda su fuerza. Y aquí estoy, otra vez, ahogada. Ya no por ansias afectivas, sino por costumbre. Esto no quiere decir que no amo y respeto la virtud del trabajo. A la pereza no le veo gracia alguna. Lo que ocurre es que vivimos en una sociedad desbalanceada, donde el agotamiento es la virtud, donde ya no se nos permite ser.

Miro a mi alrededor y converso con amigos de otros países y culturas buscando entender y leo la obra del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, quien advierte que “ahora uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose”, y poco a poco voy atando cabos.

Pero sucede que además una ama lo que hace y la oportunidad de hacer y crear es seductora, y lo es mucho más cuando los procesos creativos son en grupo. Pero es importante entender estas señas culturales en las que nos estamos moviendo. Nuestro tiempo es el bien más preciado y basta con existir para que tengamos derecho a estar en el mundo. ¿Por qué ya no nos permitimos aburrirnos? ¿De cuántos sueños despiertos nos estamos perdiendo por cancelar cualquier posibilidad de aburrimiento con un paseo infinito por la inagotable pared de nuestros celulares y redes sociales? ¿De cuándo acá el ocio y el placer que deriva dejó de ser un espacio que nutre nuestras vidas?

Miro a la cultura estadounidense y cómo se coordina incluso cada hora “libre” del fin de semana en una forma extrañísima del placer: agendado y controlado. Veo cómo el “happy hour” dura exactamente una hora y no hay espacio para la espontaneidad, ni mucho menos para la sabiduría que podemos alcanzar si de vez en cuando nos perdemos un poco, sin rumbo fijo. Me agobia pensar que “no tengo tiempo”, si estando viva es lo único que nos sobra.

Trascender un pensamiento propio —ése de hacer para poder ser— no fue tan difícil. El reto será trascender una cultura que insiste en moldearnos, en hacernos sentir más dignos por vivir ocupados, cansados. Yo estoy cansada de estar cansada y comenzaré por lo más obvio. Hoy domingo, voy a descansar.

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