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¿Qué hacemos con hombres como Junot?

Tras revelarse como víctima de abuso infantil, el reconocido escritor dominicano Junot Díaz, se ha visto en el centro de un aluvión de señalamientos de conductas de acoso contra multiplicidad de mujeres, que lo han bajado de su pedestal literario
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No es extraño ni en el mundo literario, ni en la academia, ni en ninguna esfera intelectual que se repita la misma escena una y otra vez. Una mujer joven, estudiante por lo general, fascinada por la obra de un autor o profesor —casi siempre veinte años mayor— se acerca a él buscando mentoría o buscando quizás la encarnación de esas ideas e historias que ha leído en sus libros y que tanto le han marcado. Ocurre en las universidades, en congresos, en foros, da igual, ocurre en un café o en una feria del libro. Se da el encuentro. El hombre mayor, adulado por la joven admiradora alimenta su ego con sus halagos, y ella deslumbrada por el privilegio de conocer a su ídolo estará dispuesta a cualquier cosa con tal de obtener su atención, o que le lea alguno de sus manuscritos o que sea ella musa de algún próximo trabajo. Cala muy hondo esa noción de la mujer como musa, objeto del deseo, sujeto que no piensa y sobre el cual se piensa. Contradictoriamente, cala también en las mujeres que escriben trabajo intelectual sobre ello. 

Por lo general, el asunto se resuelve con una noche alcoholizada de pasión y la promesa de una lectura o carta de recomendación que nunca llega. He visto esta dinámica pasar infinidad de veces y agradezco a aquella amiga unos años mayor que, cuando me vio dando mis primeros pasos por esos mundos, me advirtió: Nunca te acuestes con una bibliografía. Remedio santo. 

Habrá excepciones, y surgirán relaciones humanas genuinas y justas de esa premisa de la joven fascinada por el intelectual mayor, pero son sólo eso, la excepción que confirma la regla. 

Pensaba en esto cuando comenzaron a hacerse públicas las acusaciones en torno a la figura del escritor dominicano, ganador del Pulitzer, Junot Díaz. En la era de #metoo no ha habido una disciplina humana en la que no se haya encontrado una manifestación de esta cultura de acoso. En todas partes opera con el mismo código: formas del poder. 

En el caso de Díaz, el contexto que ocurre nos deja fríos. No sabemos ya cómo reaccionar. ¿Desde la condena? ¿Desde el entendimiento? ¿Desde la solidaridad? ¿Pero, solidaridad con ellas o con él? 

Las acusaciones al escritor no son nuevas. Varias mujeres, años atrás hicieron los señalamientos y fueron ignoradas. Díaz era una voz de minorías abriéndose paso con éxito en las máximas esferas intelectuales de los Estados Unidos. Era “uno de nosotros”, que había logrado trascender “al lado más verde del césped”. Había que protegerle. Y así se hizo. Luego, Díaz publicó un ensayo emotivo y brutalmente honesto en el que el mundo conoció su mayor secreto. Había sido víctima de abuso sexual siendo apenas un niño. Lloré leyendo ese ensayo. Escrito con toda la destreza que le caracteriza, Díaz explicó lógica y detalladamente, la raíz de su masculinidad conflictiva y tóxica. Explicó y todos lo leímos y le creímos y nos conmovimos. Entonces, vino el aluvión de acusaciones. No sólo había sido tan misógino como él mismo había reconocido, sino que había cruzado todas las líneas. Usó su poder y abusó de él. Hubo quienes pensaron que el ensayo fue simplemente una manera de preparar el terreno para lo que venía, de explicarse antes de lo inevitable. Otros, que su dolor no le exime de su responsabilidad como hombre o en su contrario, que su trauma es la raíz y por ello merece redención. 

Yo observo todo este circo y sigo sin saber qué pensar. Pero sí qué preguntar. ¿Será posible vivir en una sociedad donde sintamos compasión por el niño, entendamos la raíz de la conducta del adulto y exijamos rendimiento de cuentas al hombre? ¿Podemos entender sin justificar, perdonar y exigir todo a la vez? Somos seres contradictorios. No creo que sea tan difícil. 

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