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Vestir de negro

La reciente entrega de los Globos de Oro fue el escenario en el que cientos de mujeres protestaron contra la desigualdad de género y el acoso sexual. Pero, ¿qué implicaciones tiene el llevar estas denuncias desde un foro como Hollywood?
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Esta vez las preguntas fueron distintas. Parecería que la campaña #askhermore (pregúntale más), que durante los pasados años se había repetido durante la temporada de premiaciones en la industria del espectáculo, por fin había logrado su cometido. Los entrevistadores de la alfombra roja ya no preguntaban acerca de temas superfluos, ni se concentraban únicamente en el aspecto físico de las actrices que desfilaban. Esa noche les preguntaban acerca de sus interpretaciones, pedían sus opiniones sobre temas de relevancia y en lugar de preguntarles el clásico "Who are you wearing?" (¿De qué diseñador vistes?), se vieron en la obligación de preguntarles: "Why are you wearing black?" o "Who is your date?" (Amamos la moda, pero una mujer es mucho más que el vestido que lleva puesto).

 La mayoría de las actrices asistió a la gala vestida en estricto negro como parte de una protesta organizada por el movimiento "Time's up" (Ya es tiempo), a través del cual se reclama equidad salarial para la mujer, se denuncia el acoso sexual institucionalizado y se busca adelantar la causa feminista en todos los renglones de la sociedad. Muchas de las actrices —como Ashley Judd, Salma Hayek, Natalie Portman, Viola Davis, Oprah Winfrey, Meryl Streep, America Ferrera y Emma Watson, entre muchas otras—  son portavoces del movimiento y llegaron a la ceremonia de entrega de los Globos de Oro acompañadas por activistas y líderes de diversas organizaciones cuya labor se concentra en la causa feminista. La mayoría de los hombres vistió también de negro y utilizaron prendedores con el mensaje "Time's up", en solidaridad. 
 

Fue, sin duda, una alfombra roja distinta por la cual desfilaron decenas de mujeres que hace menos de un año probablemente jamás se hubiesen permitido el "desliz" de vincularse con la causa feminista, mucho menos identificarse como tal, por temor a las repercusiones que esto pudiera tener en sus carreras. Pero cobijados bajo la luz de las estrellas de Hollywood, todo es posible y aquello que parecía impensable se hizo realidad esa noche. Aunque, a decir verdad, no deja de tener su aura de sospecha y de arrojar inquietudes que es justo atender.

Por un lado, es un esfuerzo loable y valiente, el que mujeres de la industria del espectáculo y —sobre todo— de la imagen, se armen de valor unas a otras y logren articular un mensaje colectivo para poner un alto al acoso sexual, exigir trato igual y un ambiente laboral seguro, entre otras luchas. Aquellas que han abierto el camino, ofreciendo sus testimonios, merecen respeto y apoyo. También, aquellas que callaron o fueron calladas y perdieron sus carreras y su verdad, merecen total solidaridad. Cuando una mujer habla y otra valida su voz, poco a poco se convierten en una sola voz imparable y eso hay que celebrarlo y estimularlo. Sin embargo, es urgente reflexionar sobre los otros valores simbólicos que se desprenden de gestos como estos. 
           

Por un lado, podríamos leer la presencia de las activistas acompañando a las actrices, como una especie de "accesorio" distinto que lucir ante las cámaras, despojándolas así de su significado como persona independiente y representante de un movimiento. Uso la palabra accesorio porque el mayor peligro de la lógica de la tendencia y la moda, es precisamente su carácter pasajero y efímero. Lo conversaba con mi amigo J. y él me recordaba que el patriarcado nunca ha necesitado estar de moda, es lo establecido, está metido en la fibra del hilo de nuestro tejido social. La causa feminista aspira entonces a ello, a instaurarse con la misma fuerza en ese tejido. 
           

Recuerdo en el 2014 cuando el diseñador Karl Lagerfeld de la casa Chanel, presentó su nueva colección en la Semana de la Moda en París, con un desfile que era a su vez, una manifestación con modelos llevando pancartas con mensajes feministas, marchando y denunciando con megáfonos. De inmediado, llovieron las críticas por tratarse de una industria conocida por promover estándares de belleza inalcanzables y fomentar trastornos alimentarios entre las mujeres que en ella trabajan, entre otros problemas relacionados al género. Algo similar ocurrió cuando luego de que Beyonce, en su gira Mrs. Carter, cantó y bailó frente a la palabra "Feminist" escrita en contundentes letras iluminadas. Al poco tiempo, cadenas de ropa multinacionales comenzaron a vender camisetas con la palabra "feminista". De modo que, mucho antes de las acusaciones contra Harvey Weinsten y la oleada de denuncias subsiguientes que surgieron dentro y fuera de la industria del espectáculo, llamarse "feminista" estaba comenzando a ser una tendencia. Se puso de moda. De pronto, la palabra proscrita era "cool" y era posible usarla sin temor a las acusaciones de siempre: que si odias a los hombres, que si un matriarcado es lo mismo que un patriarcado y otras ideas contrarias que nada tienen que ver con los fundamentos del feminismo. Ahora era posible usarla, desde la moda y totalmente vacía de significado. 
           

Ahí precisamente radica el peligro de este foco bajo el cual ha sido colocado el movimiento feminista. Hay que ser conscientes de la hipocresía, hay que insistir en que siga ocupando espacios, cada vez con mayor visibilidad, pero asegurándonos de que no entre como una brisa ligera y cómoda, sino con toda su complejidad y densidad. Aplaudo el gesto hollywoodense y ojalá otras industrias continúen ese camino, para que por fin llegue el día en que no sea necesario vestir de negro, sino mostrar la experiencia de nacer mujer en el mundo en toda su diversidad de colores y experiencias. 

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