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Dé jà vu por Nevis

Una plantación azucarera convertida en hotel donde el tiempo parece haberse detenido.
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Nevis no tiene nada del cliché de isla caribeña. Ni te recibe un “steel band” en el aeropuerto con músicos vestidos de camisas con floripondios, ni te ofrecen piña colada como cóctel de bienvenida servida en un vaso de plástico con sombrillita de papel rosa, ni ninguna ruta de circunvalación te hace pasar obligatoriamente por la tienda del “duty free”. De hecho, es que no hay. Ni los megacruceros anclan aquí. Eso de tener desparramadas miles de personas en el pequeño casco histórico de Charlestown, aún no lo concibe un “nevisiano” de corazón.

Tampoco ninguna de las boutiques de los amos del lujo mundial han plantado bandera aquí. Porque Nevis no es un destino de compras. Tampoco sus hoteles están en el mercado de los “all-inclusive”. Aquí, lo único que viene con el pasaje es la garantía de que aterrizar en Nevis es transportarse a un ambiente de paz. Un entorno virgen, rural, en el cual burros y monitos pueden salirte al paso en cualquier momento (por lo que existen las debidas señalizaciones de tránsito), que por más alta que esté la temperatura los vientos alisios siempre se dejan sentir y en la noche, escucharás el coro de ranas –que suenan como búhos- y verás los cangrejos que caminan de lado salir de sus madrigueras.

El lujo de Nevis es el de lo natural. Lo carente de ostentación. Un cielo estrellado, como pocos, porque no hay contaminación lumínica. La risa, a mandíbula batiente, de su gente sencilla y simpática. El lujo de poder vivir en “island-time”.

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Luego de doblar por donde indica un discreto letrero de letras cursivas y atravesar por un camino rural, se llega a una plantación azucarera convertida en hotel, donde el tiempo parece haberse detenido. 

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En la casona principal de The Hermitage, el gran salón posee la estructura de madera más antigua del Caribe, un magnífico techo a dos aguas con sus vigas expuestas, de 1670, todo blanco, en contraste con las maderas oscuras de los muebles y el decorado con aire europeo, por las alfombras orientales, la porcelana china blanca y azul, las antigüedades y los juegos de té en plata. 

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Como las habitaciones no tienen televisión, hay una biblioteca muy surtida con libros y juegos de mesa. Pasos más adelante se encuentra la barra, repleta de rones añejos, whiskys y cigarros cubanos, donde se custodia la receta de 350 años del “rum punch” que aseguran, es el mejor de todo Nevis. Le sigue el comedor, un pórtico colonial con paneles de látice y arcos de madera delineados con lucecitas blancas. 

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La vista a los jardines, con árboles enormes y espigadas palmeras, resulta muy relajante. Por otra parte, las casitas-cabañas, de colores pastel, están esparcidas por todo el terreno. Tienen ventanas de celosías, techos de madera y zinc –de color verde o terracota- y balcones.

Por dentro, las camas son de pilares, con mosquitero, decoración en blanco y arreglos con bromelias y trinitarias. Las ruinas del ingenio aportan el toque de magia, mientras que el té de la tarde y el cheesecake de jengibre endulzan el recuerdo.

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