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El ministerio de la belleza

Propongo que hagáis una pausa. Que entre noticia y noticia venga una tregua guapa, guapa.
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Son días feos. Los que han pasado, los que vivimos, y los que nos tocan por vivir. Por buen tiempo. Las 12 horas de impacto directo del huracán María transformaron la faz de Puerto Rico. En su dermis y epidermis. 

Cada ráfaga acuchilló un semblante que si bien no era perfecto, encantaba precisamente por su amalgama de rasgos únicos. Todo por obra de esa aleación caribeña de olores, sabores y colores que caracterizaban nuestro entorno pintado esencialmente de gradaciones de verde y azul. 

Imágenes de devastación y estragos pertubadores, absolutamente necesarias para comenzar a entender la magnitud de la tragedia, como la marea fétida y negra -no de petróleo- que ensució Loíza, el escenario amarañado de planchas de cinc y cables de alta tensión del casco de Manatí y ese mar crispado de Vieques, entre otras escenas dantescas, desfilaron por nuestros ojos. 

Nos volvimos adictos a las notificaciones de titulares noticiosos. Cada “breaking news” era un choque eléctrico que resucitaba a la realidad. ¿A cuál? A otra. A una nueva zona de existencia a oscuras, sin agua, en recogimiento mandatorio, en filas interminables e incomunicación. 

¿Posible saturarse de información en estas circunstancias?, ¿llegado un punto, seríamos capaces de absorber más datos, de deformidad… de fealdad? A fin de cuentas no somos animales con apetitos y urgencias. Somos seres espirituales capaces de amar al otro y admirar la hermosura. Entonces, ¿importa la belleza?

El columnista Juan Carlos Botero se hizo esa misma pregunta para un escrito suyo que publicó El Espectador, en el cual elabora sobre el objetivo del arte, la poesía, la arquitectura y la música desde los antiguos griegos y cómo la belleza y el buen gusto tienen cabida en nuestra existencia. Es más, que de perder la belleza, con ella -según los argumentos del filósofo Roger Scruton- se perdería el sentido de la vida.

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"A pair of shoes", de Vincent Van Gogh

¿Puede la belleza cambiar al mundo, enaltecer el espíritu y afirmar el valor de la vida? Indudablemente. Por la misma razón que pintarme los labios de rojo, retocarme las raíces del tinte o estrenarme unos zapatos me gusta. Me da un sentimiento de bienestar. ¿Que de ninguna de las tres cosas depende la vida? De acuerdo. ¿Que ninguna satisfice la tripa, ni es más importante que un plato de arroz y habichuelas cuando se tiene hambre? Concurro. Sin embargo, paralelo a esa necesidad básica, entre la carne y el hueso, coexiste el anhelo de recrearme en todo aquello dotado de calidad estética. Y no soy la única. Es una necesidad universal.

“La verdadera obra de arte supera lo banal y transforma lo feo en lo bello, mientras que la obra de arte fallida sólo refleja la banalidad y la fealdad, sin llegar a redimirlas. No hay trascendencia. Un par de zapatos viejos pintados por Van Gogh es una bella obra de arte; una sátira del cuadro de Van Gogh es apenas algo feo”, dice Botero. Porque crear y producir tienen el talento y la inteligencia como prerequisito. En el mundo del “readymade”, del sonsonete agresivo e insoportable, del copiete y la falta de originalidad, la fealdad se multiplica. 

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Desfile de la colección primavera verano 2018 de Chanel en la Semana de la Moda de París.

Por eso quiero ponerme al día con lo que me perdí de la Semana de la Moda de París. Estudiar las colecciones de Gucci, Valentino, Elie Saab, Chanel, Dolce & Gabbana, Carolina Herrera y Louis Vuitton para elegir mis favoritos. Porque la moda es linda. Porque en mi libro -y en mi trabajo- es importante. 

Quiero ver la exposición de Frederic Leighton en el Museo de Arte de Ponce. Porque promete ser una experiencia estética. Porque ensancha la imaginación. Porque es la primera dedicada al artista en América y una oportunidad única -viniera o no el dichoso huracán- para sumergirme en el universo personal del creador de Flaming June. 

Prometo devorarme los “September Issues” de Bazaar y Vogue con el flashlight de mi iPhone, refugiarme en las páginas de un libro de historia, repasar la conquista de Babilonia, imaginarme que viajo a un jardín plantado únicamente de flores blancas, redescubrir el placer del chocolate amargo y hacer mi propia degustación de perfumes que me recuerden cada viaje a Oriente Medio. 

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Mis zapatos disparejos de Sam Edelman que próximamente voy a estrenar.

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Estuche de lujo de las esencias exóticas de los Estados del Golfo que convierten a Bond No. 9 Dubai en una colección de pleno derecho.

Todavía quiero creerme que soy chica Bond y descubrir el misterio del diamante Koh-i-Noor, parte de las joyas de la corona británica, por aquello de confirmar si era leyenda urbana, o no.

Tengo antojo de volver a Escocia y sigo con un viaje para ver -y escuchar- la aurora boreal en el “bucket list”. Quiero hablar con el arquitecto Jorge Rigau para saber qué pasó después de María con las casas de su libro “Puerto Rico 1900”. Y ni pensar qué me dirá Enrique Vivoni, del Archivo de Arquitectura y Construcción de la UPR, sobre qué quedó -si algo- de la casa Klumb en Río Piedras, que desde 2014 fue incluida en el programa World Monuments Watch. 

Propongo que hagáis una pausa. Que entre noticia y noticia venga una tregua guapa, guapa. Que respires hondo y dejes un paréntesis para un capricho. Comerse un límber de tamarindo o escuchar a Duran Duran y Chopin. Lo que te parezca más lindo, una cuestión de sanidad mental. 

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El estudio del pintor Frederic Leighton en Londres.

Y de ser necesario, crearía un departamento, un ministerio como el que tan bien montado tienen en Televisión Española, con la patrulla que viaja por el tiempo. Así que yo, con mi guille de Amelia Folch -para presentaciones, remítase una entrada anterior de este blog- no haría menos. Es momento de cultivar el arte de vivir con elegancia. La que no tiene que ver con dinero, sino con dignidad humana. Precisamente porque lo contrario, sería resignarse a un mundo repugnante y horrendo. 

Defiendo -por profesión y carácter- la obligatoriedad de ser honestos y realistas. A mí que no me doren la píldora. Habrá ocasiones en las que una imagen no bella será mandatoria, el atentado visual responsable. Pero está visto que, especialmente en tiempos feos, estamos hambrientos de belleza. Nadie desearía no ser bello. Pinky promise.

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