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"Bold"... ¿en serio?

La decisión de Meghan Markle -si es que en realidad fue de ella- ni deshace el patriarcado, ni el legado del colonialismo, ni tampoco es un "bold feminist statement"
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¿Será que cuando de bodas reales se trata, nos volvemos pletóricos de hipérboles y pingües de adjetivos? Me explico. Hoy viernes, en la víspera de la boda de Meghan Markle y el príncipe Harry de Inglaterra, la Casa Real emitió una declaración oficial en la que asegura que la novia californiana, en ausencia de su padre convaleciente de una operación del corazón (o tachado fulminantemente de la lista de invitados por haber vendido fotos falsas suyas, dizque en preparación para la boda, a un portal de chismes, amén de su familia tipo "wedding crashers", que ya no encuentra cómo más llamar la atención), le solicitó a su futuro suegro, el príncipe Carlos, que la acompañe en parte del recorrido por la senda nupcial.

Que Markle, quien quizás de todos modos planificaba entrar a la iglesia sola porque siempre dijo que ni dama de honor quería, sino solo un séquito infantil, será interceptada por el futuro rey de Inglaterra, a la altura del coro -ese espacio con bancos y lamparitas que queda justo entre la nave y el santuario, donde está el altar- para escoltarla hasta su encuentro con Harry. ¡Albricias! Cada novia debe tener derecho a decidir cómo proceder en su boda o para no pecar de ingenua en este peculiar caso, es lógico que "la firma", es decir, la Casa Real, decidirá cuál es la norma protocolar a seguir. Y Meghan asentirá gustosa, o con las muelas de atrás, pero "bottom line", si quiere casarse con Harry, tendrá que jugar su papel. 

Pero es simplemente eso. Nada más. ¿Dónde exactamente radica la valentía, la audacia, la osadía, o el riesgo en esa determinación? Porque cuando CNN titula una nota así: Meghan Markle will begin bridal procession alone, in bold feminist statement, y medio mundo le sigue la corriente publicando en el mismo tono de gesta heroica, lo primero que me vino a la mente fue una imagen de Meghan protagonizando un nuevo capítulo de la Guerra de los Cien Años con su cota de malla portando el anillo con tres cruces de Juana de Arco. Francamente, "striking feminist statement" hubiese sido que desfilara con su madre negra.

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Meghan Markle y su madre Doria Ragland llegan al National Trust's Cliveden Estate donde pasará su última noche de soltera.

Que una descendiente de esclavos, entrara frente en alto con tiara de diamantes -mejor si se tratara de la Spencer, la misma que usó la princesa Diana en su boda- a la capilla de San Jorge del Castillo de Windsor junto a Doria Ragland con la cabeza llena de dreadlocks y pantalla en la nariz, en el corazón del histórico complejo gótico del imperio con más de nueve siglos de tradición, el destino favorito de Isabel II los fines de semana y donde será la última morada de la soberana. Así es que Meghan Markle hubiera hecho historia. Así es que hubiera hecho historia hasta dos veces. 

Si Meghan es tan feminista, si se come los niños crudos, como es el perfil que se le ha modelado en los pasados meses, ¿por qué no negoció con "la firma" desfilar con su madre, la única representante de su misma sangre durante todo el evento?, ¿Qué mejor momento para -hija al fin- hacerle un tributo a su progenitora, a quien le atribuye iniciarla por los caminos de la filantropía?, ¿Es que el término "feminista" se usa solo porque está de moda, para proyectar como superior a una joven que no va a ser princesa, porque el pelirrojo no va a ser Rey (salvo que mueran los cinco que le anteceden) y que tampoco es una princesa en Hollywood porque apenas comenzaba a conocerse por una serie de televisión? ¿Cuál es su "claim to fame"? Rachel Zane, con todo y siete temporadas en "Suits", no es Olivia Pope (ni Kerry Washington). Y Meghan Markle no es Michelle Obama. Ni Amal Clooney. 

La decisión proviene de un reconocimiento de su situación familiar. Es la consecuencia -lamentable- de tener una familia impresentable. Solo que en esta ocasión, el "feminismo" se convierte en el subterfugio o la justificación idónea y bien trabajada por todo un excelente equipo de relaciones públicas para no tener que admitir públicamente algo que sonaría menos que perfecto. Son los mismos problemas de familia a los que se han enfrentado montones de otras novias a la hora de planificar su boda. Y desfilar solas es una decisión que ya han tomado muchísimas otras mujeres en el mundo.

¿Entonces, qué hace de Meghan Markle un fenómeno tan particular? ¡Que se casa con el Príncipe, con el hijo menor de Lady Di! Se hizo famosa porque protagoniza, en esencia, el mismo cuento de Cenicienta. No se equivoquen, en este tiempo, Cenicienta también hubiera tenido cuenta en Instagram. Exactamente el mismo cuento de hadas del cual Markle se canta alérgica. ¿Será que Meghan Markle será "feminista" hasta el momento en que Harry le coloque el anillo de matrimonio en el anular?, ¿Soy yo, o este mundo es una contradicción?

Me remito a los hechos. Solo desde que el mundo se entera de que el príncipe rebelde, el mismísimo "ginger" Harry está saliendo con ella, es que se enciende el botón  del "efecto Meghan". Antes no se agotaban en cuestión de horas sus atuendos, ni mucho menos hubiera sido incluida en la lista de las 100 personas más influyentes de la revista Time. Porque cuando se piensa en Oprah Winfrey, Roger Federer, José Andrés, Emmanuel Macron y Guillermo del Toro, la próxima en fila es Meghan Markle... ¿en serio? Ese "soon-to-be-royal" es lo que le insufló influencia y expandió su ecosistema canadiense a niveles estratosféricos. Fue el toque azulísimo de Harry. Voy más allá, todavía es el efecto Diana, el de su fallecida suegra, quien todavía sigue siendo idolatrada por muchos, como la verdadera Princesa del pueblo. Y el mundo sigue ávido de otras cálidas, genuinas y cercanas como ella. (O sea, que tampoco Kate Middleton cumple con el perfil).

"La firma" -como ocurre en todos los países donde todavía existe la institución de la realeza, independientemente de su tradición histórica-, es particularmente en nuestros tiempos, una empresa. Una poderosa herramienta de mercadeo. Lo que para muchos resulta un anacronismo, al mismo tiempo es un atractivo misterioso cargado de simbología y un tema internacional relevante. El mundo se emociona con sus fastos, le rinden pleitesía y asocian las familias reales con la identidad de sus naciones. Algunos expertos sostienen que en la segunda mitad del siglo XX se ha ampliado el poder residual que la realeza ejerce en momentos críticos, a la vez que ha aumentado el poder de la opinión pública. La posición de la monarquía -especialmente la inglesa- ha cambiado y a pesar de que la  institución importa más que las personalidades, la fuente de la legitimidad de la institución ha variado de la pura herencia a la popularidad. Por eso ya muchas de las casas reales del mundo tienen sus propias redes sociales y expertos en comunicación que deciden cómo, cuándo y con qué fotos da a conocer sus aventuras por el mundo. 

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El príncipe Harry de Inglaterra y Meghan Markle el día del anuncio de su compromiso matrimonial en noviembre de 2017.

Sin duda el nuevo matrimonio fortalecerá el vínculo entre Reino Unido y Estados Unidos y preparará al mundo para el reinado de Carlos, entre otras facetas del servicio público, la filantropía y la diplomacia cultural. 

Que Harry y Meghan se casen, me parece fantástico. Que no es una novia tradicional en cierto sentido -porque es mestiza, divorciada, mayor que él y plebeya- de acuerdo. Pero hay que ser cautelosos con los términos. Es a partir de su boda que se verá realmente de qué está hecha Meghan y cuánto da. Si se funde entre los demás "royals", en sus mismas causas o si podrá tener una agenda propia. Si en verdad transformará a la realeza británica o si ellos la cambiarán a ella. 

P.D. Por supuesto que voy a madrugar para ver la boda real. La duda ofende.

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