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Las relaciones a los 30

Después de un matrimonio, ocho novios e incontables ‘jevos’ y amantes, creo que puedo opinar, con base y fundamentos, sobre la diferencia que existe entre las relaciones a los 20 y a los 30 años.
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No me considero una experta en el amor o en las relaciones, pues no soy licenciada en psicología ni nada que se le parezca, pero sí puedo decir que tengo bastante experiencia en el tema. Después de un matrimonio, ocho novios e incontables ‘jevos’ y amantes, creo que puedo opinar, con base y fundamentos sobre la diferencia que existe entre las relaciones a los 20 y a los 30 años.

Hace poco una amiga me comentó algo muy sabio respecto a las relaciones treintonas. Dijo: “Algo tuvimos que aprender de tantas metidas de pata”. Confieso que estoy totalmente de acuerdo con ella, pues si es real que existe un secreto mágico para obtener una relación saludable, ese secreto sería intentarlo y fracasar muchas veces. No es que crea en lo que dicen sobre: “nadie aprende por cabeza ajena”, pues en lo personal me gusta aprender de otros y poner sus consejos en práctica, pero definitivamente la estrategia de validación o “trial and error” es la más efectiva cuando quieres mejorar comportamientos. Por eso, si alguna vez escuchas a alguien decir que cada pareja o relación nueva es mejor que la que terminó, no es porque milagrosamente las personas que llegan a tu vida son mejores, sino porque tú vas aprendiendo y corrigiendo malas costumbres para conseguir lo que quieres. Además, con cada experiencia amorosa vas perdiendo el miedo a la soledad y al rechazo; y sientes mayor seguridad, porque sabes que más adelante vive gente.

Toma mis relaciones como ejemplo: mi primer novio, a los 18 años, fue una relación de total diversión, pues en ese momento mis criterios para una pareja eran que me hiciera reír, que le gustara ‘janguear’ en los mismo lugares que a mí y que le cayera bien a mis amigas. Como ves, básicamente lo que buscaba era un amigo con los privilegios del sexo, aunque realmente el sexo ni era lo más importante para mí en esos momentos, pues aún no lo hacía para complacer mis necesidades, sino más bien para complacer y enamorar a mi pareja. De hecho en el acto sexual solía estar más enfocada en cómo me veía, los sonidos que hacía, las caras, etc., que en disfrutármelo. Esta relación de novios / panas duró seis años e incluyó un matrimonio y un hijo, que si me preguntas ahora hubiera elegido totalmente diferente. No obstante, como ya te dije “trial and error”, así que la vida continúa y rápidamente conocí otras personas en el camino. Solo que ahora yo era diferente, las enseñanzas de esa relación no pasaron desapercibidas, pero todavía faltaba mucho por aprender. Así que el resto de mi década de los 20 la pase en práctica, y en resumen, todas las relaciones me hicieron aprender que los juegos de casería, hacerte la difícil, conservar el misterio, amoldarte a estereotipos, el ‘romantiqueo’ y la pasión, son una total falacia y no funcionan en lo más mínimo cuando se trata de relaciones saludables y de amor.

Lo primero que me tocó aprender fue ser firme en lo que quiero y saber comunicarlo. Aunque deseemos que nuestras parejas nos lean la mente, esto es físicamente imposible. Así que debemos aprender a hablar y comunicar lo que queremos, por más incómodo que nos parezca; tomando en cuenta que hablar no es gritar, pelear o llorar, aunque a veces las emociones emergen solitas en una conversación. Lo que debemos tener presente es decir lo que sentimos antes que el mensaje explote desde nuestro interior, porque en la mayoría de estos casos el diálogo no se da de forma efectiva. Así que habla, déjale saber al otro lo que quieres, lo que te gusta y lo que no te gusta, y comunícale cuando estás de mal humor por alguna situación externa a la relación, esto te va a evitar muchas discusiones y decepciones que no tienen sentido.  

Lo segundo que aprendí de mis 20 fue la importancia de la libertad y del espacio de cada uno. No es saludable que dos personas pasen 100% de su tiempo juntos, porque todos los seres humanos somos cuerpo, mente y espíritu, y ni la mente ni el espíritu se pueden alimentar y ser libres cuando se está acompañado todo el tiempo. Hace poco leí un pensamiento de Arthur Schopenhauer que me hizo reflexionar sobre esto: “Solo se puede ser totalmente uno mismo mientras se está solo: quien, por tanto, no ama la soledad, tampoco ama la libertad; pues únicamente si se está solo se es libre". Los espacios de soledad son necesarios para mantener sanidad mental y espiritual, así que por tu bien, el de tu pareja y el de su relación, permítanse tener esos espacios. No hay porqué sentirse inseguro sobre el hecho de que tu pareja quiera salir a caminar, ir al cine, cenar o hasta a ‘janguear’ solo. Necesitar un espacio a solas no es sinónimo de falta de amor y mucho menos significa que tu pareja está buscando ser infiel. Si ese fuera el caso, porque sabemos que pasa, entonces tú no estás disfrutando de una relación saludable, pues en estas no hay espacio para celos imaginarios. Como adultos ya conocemos nuestras necesidades, pero también conocemos nuestros límites, y si realmente valoramos nuestra pareja y la calidad de la relación, no la echamos a perder así de fácil.

La tercera y mejor enseñanza que aprendí de mis experiencias a los 20 fue: cómo disfrutar del sexo. Admito que siempre he tenido un buen apetito hacia lo sexual, pero no fue hasta que llegué a los 30 años que realmente lo estoy disfrutando al máximo. Con tan solo decir, que no es hasta ahora que llego al orgasmo en cada acto sexual que tengo con mi pareja; pues ya no me distraigo pensando en posiciones, caras y gemidos, sino que ahora estoy muy enfocada en disfrutarlo. Ambos nos gozamos, jugamos, hacemos ‘role-playing’, probamos cosas nuevas y nos exponemos totalmente el uno al otro. No hay sensación más satisfactoria y excitante que conocerte por completo y entregar libremente todo de ti a tu pareja. Te puedo garantizar que de todo el buen sexo que he tenido en mi vida, el de los 30 ha sido el mejor (y quién sabe cuando llegue a los 40 ;).

En fin, los 20 estuvieron llenos de experiencias que, buenas y malas, todas me las disfruté; pero definitivamente, nada como los 30. Lo mejor de todo es que cada pareja estipula sus reglas y los acuerdos que le funcionen a cada uno, con el fin disfrutar del cariño, compañía, apoyo (emocional y económico), paz, respeto, sexo y la convivencia saludable que todos añoramos.

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