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Entre el miedo y la libertad

“Uno nunca está listo para esas decisiones que alteran el ritmo cómodo en el que se ha instalado con el paso del tiempo”.
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Por años coqueteaste con la idea. No obstante, no te decidías a lanzarte a la aventura. Siempre había algo que resolver antes de dar el paso. Así fue pasando el tiempo y cuando abriste los ojos pensaste, “ya para qué… a estas alturas del juego”. Pero, como en el panorama de la vida muchas veces las cosas salen como les da la gana a ellas y no como uno quiere, una mañana te topas con que aquello que tu mente había almacenado en la trastienda ahora es realidad. 

Primero viene la parálisis, seguida por el miedo y mil interrogantes de cómo lo vas a hacer. Tan claro que lo tenías. Decías: “Algún día voy a trabajar por mi cuenta para no tenerle que rendir cuentas a nadie”. Y llegó ese día. Los caminos se fueron enredando hasta que entendiste que tu mejor opción era adentrarte en el escurridizo panorama de los servicios profesionales. Con valor y agradecimiento colocaste en una caja años de servicio, afectos encontrados, tres recuerdos, cientos de conocidos, miles de miedos y más dudas.

Hay que ser osado o estar muy desesperado para, en estos tiempos, optar por una vuelta tan radical. Una vez escuché decir que si uno logra sobrevivir la desesperación, te enfrentas crecido a la adversidad. Decía este personaje que el desesperado ya no espera nada y es ahí que surge la maravilla, ya que se mira con ojos de ilusión lo que parecía insignificante.

Que asusta, por supuesto. Y mucho. Estás a punto de darle un giro a tu vida, pero no estás claro de cómo hacerlo y es probable que no te sientas preparado. Lo cierto es que uno nunca está listo para esas decisiones que alteran el ritmo cómodo en el que uno se ha instalado con el paso del tiempo.
Aunque en un principio la alternativa puede ser apabullante, con el tiempo uno se percata de que lanzarse por esa ventana no es tan terrible.

Tu vida era ese trabajo al que le habías dedicado gran parte de tu carrera profesional, y ahora esa parte tan importante de la ecuación de la supervivencia no está. 

Hay varias cosas que resultan particularmente difíciles de asimilar. Tan reales e importantes como la nómina que llega todos los meses. Cruzado el umbral, se corta de golpe lo que llenaba tu tiempo. Ya no perteneces a ninguna estructura laboral, y las conversaciones que eran cotidianas han desaparecido.

Entender que ya no perteneces a tu antiguo gremio abona a esa sensación de vacío, que naturalmente induce a desprogramarte de una rutina. La dependencia provee un falso sentido de seguridad que ahora te ves obligado a soltar. Sin embargo, la ansiedad de encontrar el camino te regala la sabiduría de saber que en el único grupo en que debes estar inscrito es en el tuyo. Con mayor y menor rapidez asimilas que el motor de esa nueva vida eres tú y que o te mueves o te apagas. 

Toqué varias puertas. No me encajoné en una búsqueda. Dejé claro que para mí no había tarea pequeña, lo que buscaba era trabajo. Escuché cosas terribles, pero por difíciles que fueran en algunas de ellas encontré respuestas. Lo frustrante son las palabras que no se escuchan, que no se leen. Esa indiferencia -de la que aprendes mucho, cantidad, de la vida y de la gente- puede lacerar hasta el más alimentado de los egos. Lo mejor, sin embargo, es ver con claridad lo que es y lo que no es, y saber con certeza quién está y quién no.

A varios meses de enfrentar este desafío, puedo decir que he experimentado uno de los momentos más activos y edificantes de mi vida. He vuelto a escribir. Retomé la pintura y exhibí después de 20 años sin presentar mi trabajo. He colaborado para proyectos en los que en otro momento no hubiera podido participar ni de espectadora. Organicé las actividades culturales del Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE). He conceptualizado y dirigido apuestas para sitios web. He liderado proyectos para renovar marcas de empresas.

He encontrado, en los clientes que han ido llegando, experiencias tan diversas que no dejan espacio para pensar más de lo que debo. Tampoco me puedo dar ese lujo. 

Me he agarrado de todo lo que conocía de estudio, oficio y pasión para no rendirme. Y lo que menos me imaginaba ha resultado útil en este tramo del camino. No descarto nada y esa hambre ha provocado que quienes me han dado las primeras oportunidades me recomienden para unas segundas.
Obviamente el ser dueño de tu tiempo tiene su costo. He ido descubriendo que hay temporadas en las que la cosa está más finita de lo que uno quisiera. Tiempos muertos en los que tus propuestas o posibles contratos están en el aire. El nervio que esto provoca todavía no he logrado vencerlo del todo, la incertidumbre me abruma más de lo que quisiera .

Me ha resultado útil ir a lugares -pequeños cafés- donde hay gente buscando respuestas igual que yo. Sus conversaciones son energizantes. Ahora bien, ojo, el entusiasmo es contagioso, pero también la mala onda. No le des cabida a aquellos que piensan que todo lo que propones es una locura. Apuesta a ti.

Escribe todo lo que te pase por la mente y revísalo periódicamente. Quizás la respuesta te sorprende en alguno de esos garabatos. No te encierres ni te cierres a nada. La oportunidad está y te la da quien menos tú esperas.

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