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Labrar una relación

Las cosas del querer
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A mi padre que con detalle y entrega conquistó a mi madre hasta hacerla el gran y único amor de su vida, de sus vidas.

Decía Jean-Paul Sartre que querer a alguien era una hazaña. El existencialista sostenía que: “Se necesita energía, generosidad, ceguera… Hasta hay un momento, un principio mismo, en que es preciso saltar un precipicio; si uno lo reflexiona, no lo hace”. La historia nos confirma que Sartre definitivamente se lanzó al vacío para hacer de Simone de Beauvoir su gran amor, su cómplice, su amiga, su alma gemela. 

Como él hay muchos osados y dos historias que leí en los pasados días no solo lo ratificaron sino que me sacaron de la cotidianidad, y me apartaron del desmadre y el absurdo en el que vivimos, para hacerme sonreír y de paso dar cabida a la esperanza.

“No hay amor sin riesgo”, confesaba una enamorada Isabel Allende quien a sus 75 años ha vuelto a querer. 

Soy fiel creyente de que todos llevamos un romántico en nuestro interior. Es posible que el de algunos sea más tímido, escéptico, lacerado que el de otros, pero si uno araña un poquito lo encuentra, porque en mayor o menor grado en todos está.

La conquistó con llamadas, con detalles, con insistencia y claro está, con flores. Después del cortejo epistolar y telefónico cuenta que cuando se conocieron “la cosa se armó en cinco minutos”. Cuando se es adulto y la vida y el desamor te ha golpeado varias veces es más fácil distinguir lo que es negociable y lo que no lo es, e Isabel Allende a sus años lo debe tener bien claro. 

Por otro lado, una abuelita de 90 años le confesaba a su nieta que tenía novio. Si la edad le provocaba sorpresa a la nieta, más la causaba que su abuela se diera una nueva oportunidad. El matrimonio de sus abuelos había transcurrido entre peleas y desacuerdos. Nunca entendió por qué no se divorciaron. Se quedaron pillados, patinando en una relación cansada, que no funcionaba y que por convencionalismos o miedo optaron por mantenerse unidos en soledad. 

Pero ahora su abuela había encontrado al amor de su vida y ella escuchaba atenta los detalles con los que el caballero la conquistaba, carantoñas típicas de quienes empezándose a conocer se quieren querer.

Si las dos historias me parecieron esperanzadoras, la coletilla de comentarios que le seguían me conmovieron aún más. Buscando, creyendo, esperando con ilusión una oportunidad para dar y recibir cariño. Hombres y mujeres, jóvenes y mayores el abanico de los que firmaban era tan grande como el amor que prometían dar de encontrar a la persona correcta. 

Con ellos se confirma que no hay edad para querer ni dejarse querer. Que son más los que están dispuestos a abrir, con mayor o menor cautela, la puerta de su alma. Y si hiciera falta un barómetro bastaría con mirar la proliferación de casamenteras cibernéticas que te prometen, a través de una poca romántica base de datos, encontrar tu pareja ideal. 

Quiero pensar que saber que hay tantas ganas de entregarse, de querer, de invertir tiempo y esfuerzo en labrar una relación incidirá en una sociedad más limpia, más justa y en paz. 

A las dos las sorprendió el amor, una creyendo en él y otra pensando que ya no lo hacía. Lo que sí vieron con claridad fue que decir no a la posibilidad, era entregarse a la duda de no saber si era esa la gran pasión que les tocaba vivir. Así que, si por azar te encuentras unas caricias deja que te lleguen al corazón, aunque te asuste, si después de todo hasta la más incompatible de las relaciones deja algo, aunque sea una canción.

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