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Naufragar en la nada

La adversidad se ataca en fracciones
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Un corrientazo te recorre el cuerpo. Sudas frío. Te paralizas. Te sientas, respiras, para ver si es verdad lo que acabas de vivir, ver, escuchar o sentir. Te percatas de que lo es. Escuchas voces a lo lejos, llegan como un zumbido como si estuvieras en un plano paralelo. Funcionas por instinto, a tientas, guiado por el olor de lo que te ocupaba.

Tu cabeza monta y desmonta escenarios buscando respuestas y razones. Oscilas entre el susto y la incredulidad. Hasta que el cansancio va menguando tus fuerzas y te rindes a la verdad.  

La vida está llena de esos sobresaltos, una muerte súbita, un diagnóstico, una ruptura, discretos simulacros de mayor o menor gravedad, todos decisivos y que traen con ellos ansiedad.

“Día a día” o “un día a la vez” son algunas de las frases prehechas que escuchas de boca de aquellos que te quieren demostrar su apoyo. Y es cierto, la única manera de enfrentar la adversidad es atacando por fracciones el afán que trae. Racionalmente tiene todo el sentido del mundo. El dilema está en cómo se compasa lo que dicta la mente con lo que hiere el corazón.

Conciliar la razón con el alma es ardua tarea. Es difícil enfocarse en hoy porque en la naturaleza de muchos está el anticipar, utilizando como herramienta la imaginación o situaciones ya vividas. Nos causa incertidumbre y desasosiego no saber lo que vendrá.

Anticipamos, nos creamos tormentas en nuestra mente que la mayoría de las veces distan de la realidad y nos hacen ver cosas donde no las hay. Esas fórmulas propias son las más peligrosas porque son impulsadas por la emoción y no por la razón lo que complica aún más lo que ya es complejo. Nos nublan y por eso en el camino pasamos por alto el instante que puede traer la repuesta y la paz. En escenas como la descrita al inicio de esta reflexión, la mente tiene el poder de levantarte o de hundirte. Es imperativo conseguir ese diálogo entre ella y tus sentimientos.

Desde niña me he inclinado a vivir en el mañana queriendo controlar lo imposible. Me ha costado y me ha dolido entender que no hay acción que acelere el tiempo, que en el hoy nunca encontraré el mañana. Que no hay atajos. Que para llegar de A a Z inevitablemente tengo que pasar por la L.

Diversas situaciones y algunas personas me han enseñado y forzado a despegarme de esa estructura en la que me torturo provocando ese escalofrío de algo que podría nunca llegar. Mi mente me repite que el sobresalto que vivo tiene más de película de ficción que de realidad, y me recuesto en que es una manera inútil de gastar alma y razón enumerando el sinfín de veces en que el augurio naufraga en la nada.

Todos los días me obligo a pensar en que hoy es hoy y voy a vivir como vaya presentándose cada minuto. A veces lo consigo muchas otras no, pero lo sigo intentando.

Y cuando se apodera de mí la obsesión, y la lucha entre lo que dice mi cabeza y lo que llevo en mi pecho se vuelve muy fiera, opto por flotar. Redescubro que la respuesta y el balance está en gran medida en no buscar. Y es en ese detente, en ese dejarme llevar que encuentro algo de calma. Y en la quietud vuelvo a ver el rostro de aquel señor que hace ya más de tres Navidades, después de una torpeza de mi parte, y sintiendo mi confusión y lucha me dijo: “Tranquila mujer si la vida ya está hecha”. 

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