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La fuerza en atreverse

El miedo es un ruido ensordecedor que limita y nos cierra las puertas que podrían abrirnos nuevos espacios en los que residen la ilusión de un diferente porvenir
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Nunca percibí que le temiera a nada. Así era Freya, una de mis mejores amigas en los años de escuela. Ella ocupaba un lugar muy particular y su presencia me resultaba prioritaria. Freyita tenía, entre muchos otros talentos, la capacidad de hacerme aterrizar y me invitaba a atreverme a salir de esa caja imaginaria, tan limitante, que muchas veces nos dibujamos. Sin lugar a dudas era una de las personas más seguras y osadas que he conocido. Se saltaba las barreras con una determinación que pocas veces he visto. Apenas nos estrenábamos en los veintitantos cuando la perdimos, pero esa sabiduría de sobrevivencia que ella poseía perdura en el recuerdo y en más de una ocasión ha sido la más eficaz brújula. 

A ella se le daba, con total naturalidad, tomar una decisión que tenía la posibilidad de alterar de forma significativa el curso de las cosas. Esta capacidad de desprendimiento no resulta tan manejable para otros. Para muchos cruzar esa puerta se traduce en un susto que se instala en la boca del estómago. La fuerza de esa punzada es barómetro de la magnitud de lo que tienes entre manos.

Miedo a cambiar de trabajo, a mudarte de país, a decir algo que pueda resquebrajar una amistad, a la sombra de soledad que puede quedar al soltar una relación, a cualquier instancia que te saque de ese espacio familiar en el que te has ubicado. Ese temor es normal y alterará, sin lugar a dudas, lo que te es conocido y cotidiano. Otra variante que alimenta el desasosiego es la inevitable duda de si el camino elegido es el indicado. Es pisar esa línea que distancia lo que dejas y no volverá para dar paso a algo nuevo y extraño. Sobre esto poco se puede hacer, es impredecible. Lo que parecía la mejor de las resoluciones puede tornarse en un desastre en un abrir y cerrar de ojos.

Y si bien esos vuelcos pueden desubicarnos, también son fuente de sabiduría. El tropezar y caernos no es motivo para torturarnos. No es justo carcomerse por la culpa porque las cosas no salieron como esperabas. No eres adivino ni tampoco una pitonisa. Tomaste la determinación con las herramientas que tenías en ese momento. ¿Qué es probable que con lo que sabes ahora hubieras actuado de otro modo? Seguramente. 

Nada se da en un vacío y son varios los factores externos, sobre los que no tenemos ningún control, los que influyen en nuestras decisiones. Por más independientes que seamos, formamos parte de un todo con el que convivimos. Si bien la madurez puede ser una aliada en estos escenarios también puede mutilar la espontaneidad. Los años nos acercan a las repercusiones de nuestros actos. Nos vuelven temerosos y nos hacen medir más cada paso. 


No debemos permitir que una equivocación nos frene y se convierta en un pretexto para no actuar con desenfado. Si aceptamos que el miedo se aloje en nuestro cuerpo y nos paralizamos entonces renunciamos a nuevos espacios, matamos las ilusiones y nos conformamos con una vida a medias.

Respira, si la duda te ahoga ante una disyuntiva. No huyas, quédate quieto, piensa y después lánzate. Todos tenemos una Freya en nosotros. Evoca ese lado valiente que se arriesga, que aunque conoce y haya sentido el miedo, da ese paso que puede cambiar el porvenir. Si no lo haces te quedarás viviendo en la duda de lo que nunca fue. 

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