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Tiempo de quererte

Al rescate de la individualidad
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Hace unos cuantos años, más de quince, más de veinte, me tropecé en el camino de la vida con una persona que me dejó pocas cosas buenas, una de ellas fue conocer las canciones de Joaquín Sabina. El tiempo permitió que la voz del cantante llegue sin que el mal recuerdo se me enrede en los pies. No duró mucho, pero lo necesario como para dejar un gusto a retama que a veces amarga menos y otras más. “Ese no es, ni será uno de los grandes amores de tu vida”, me dijo alguien viendo una realidad a la que yo no llegaba. Y es cierto, no lo fue, pero además de unas melodías con él aprendí a no olvidarme de mi nunca más. 

Todos hemos tenido un amor así. Ese que uno no nombra por miedo a que su sombra te vuelva a apabullar, ese que traza una línea entre el antes y el después en el querer.

En las pasadas semanas he escuchado entre el rechinar de dientes provocado por el coraje, entre lágrimas y sollozos de miedo y desamparo varias historias de desamor. Encajaron en la semana del amor en la que los corazones y los chocolates desbordan las góndolas y concurren con la reaparición de Sabina. Es inevitable recordar, contar y buscar puntos de encuentro en esas dudas de las que es difícil escapar.

Un “no entiendo, si lo di todo”, no tardó en reverberar y brincar de una situación a otra. Las tres confidencias, cada una con su desenlace particular, tenían un punto de encuentro. En cada una de ellas el protagonista de querer y querer tanto se olvidó de quererse. Todo resultaba prioritario y más importante que ellos mismos. La costumbre y la rutina solapó ese ir cediendo hasta el punto de que ya no quedaba nada más que ceder.

Renunciar a la individualidad no debe ser negociable jamás. Hacerlo y permitir que esta se desdibuje es un error. Es el secuestro a tu personalidad, esa que te hacía única y que muy probablemente fue lo que hizo que esa relación creciera. Es dejar de ser tú para ser de todo y de nada. Abandonas lo que te gusta, no tienes tiempo para tus amistades, siempre hay algo que se interpone al invaluable espacio de reconexión particular con tu propio ser.

Lo más triste es que esta traición pocas veces viene en solitario. Te abandonas, se nubla tu autoestima, te dejas ir hasta que se va difuminando tu silueta. Dejaste de quererte, de importarte, de protegerte y cuando esa relación termina, además del inevitable dolor que viene con la ruptura, te enfrentas a que no queda nada de lo que tú eras en solitario porque te olvidaste de ti.

El temor a estar solos es tan poderoso que nos traicionamos y vemos o perpetuamos una relación y un amor donde no lo hay. Hasta en las relaciones más sanas y desprendidas las personas se entregan y quieren de forma diferente. Como se configure la ecuación es particular de cada cual siempre y cuando el saldo sea el justo. Las relaciones de parejas son un asunto de dos y si no lo son o si dejan de serlo es momento de replantearse si esta ya no da más. Tienes que ser tú para poder ser del otro. Igualmente, tienes que permitir que el otro sea él para juntos poder ser los dos.

Y a propósito de Sabina… te cuento que logré hacer nuevas memorias con sus letras y compartí con quien sí ha sido un gran amor sus melodías, solo espero que este no diga nunca que lo único que le deje fue “Siete crisantemos”.

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