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Año de la no resolución

¿Qué tal si nos decidimos a vivir sin más peso del necesario?
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Nunca he sido amiga de las resoluciones de fin de año. Me causa palpitaciones ver esas listas que algunos arman con el propósito de prometerse transformar su vida al umbral de un nuevo año. A veces son tan extensas que el mero hecho de revisarlas, después de poner el punto, es paralizante. Quizás es por ese motivo que se quedan ahí, en el papel. Me parece que la vida es demasiado compleja y te pone bastantes presiones como para autoinfligirse más obligaciones. No me parece justo que nos hagamos eso, no nos lo merecemos. Somos tan severos con nosotros y nos penalizamos, nos presionamos de tal forma que sin querer estamos coartando nuestra libertad y felicidad. 

En estas misivas las personas van desde lo más banal y sencillo -dejar de fumar, rebajar, hacer ejercicios- a lo más profundo -perdonar, pasar más tiempo con la familia o amarse más-.

Importantes y válidas son cada una de ellas para la salud física y espiritual. A lo que me opongo es a esa necesidad de listar lo que uno sueña o desea para la vida. La programación para poder llevar una existencia ordenada es inevitable. No obstante, de eso ha tener que enumerar los sentimientos o lo que se desea cambiar para nuestro porvenir hay un abismo. 

Las resoluciones por regla general son cosas que deben ser parte de nuestra vida cotidiana. Ese ajuste y pulido constante para convertirse en mejor persona. Es imposible imponerse perdonar, quererse más, entre otros sentimientos o situaciones, porque al hacerlo no estarías siendo franco contigo. Ese tipo de ejercicio debe fluir de manera natural y paulatina, debe salir del corazón, de lo contrario no prevalecerá. No estoy de acuerdo en que nuestra vida deba ser un “to do list”. Me niego a aceptar algo tan opresivo como esto.
Varios tropezones me han hecho ver que es imposible que de la noche a la mañana uno cambie una conducta que por años conociste como propia. No es saludable, frustra y termina siendo adversa a lo que originalmente era el fin.  

Destaco, sin embargo, que se reconozca que es necesario evolucionar y corregir, aunque resulta complejo ir de un punto a otro al escuchar las doce campanadas que te llevan del fin de un año al principio del otro. La metamorfosis de lo que somos y aspiramos ser comenzó mucho antes del 31 de diciembre de 2018 y no terminará el 31 de diciembre de 2019. 

Estoy segura de que está en todos la voluntad de reconocer lo que es verdaderamente importante y lo que merece ocupar nuestro tiempo, mente y corazón. Y con esta última línea me quedo y les propongo algo:

¿Qué tal si de resolución de año nuevo nos proponemos una no resolución? ¿Qué tal si nos decidimos a vivir sin más peso del necesario? ¿Qué tal si recorremos este camino con sus altas y sus bajas en paz y salud? ¿Suena sencillo?, definitivamente, pero todos ustedes saben que no lo es. 

Feliz Navidad y un 2019 lleno de vida.
Gracias siempre,
MC
[email protected]

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