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Contemplar la soledad

"Hoy, entre lágrimas, mira su tristeza y con desilusión su soledad. "Ya nadie tiene tiempo para mí, nadie me viene a ver'".
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Su mirada rebotaba en la esquina donde se unen la calle Igualdad con un callejón sin nombre. Mirada cansada y sin final. Con ella explora su piel arrugada y seca, sus uñas quebradas, sus piernas hinchadas. Sus ojos ya no lo reconocen. Desde su balcón observa todo, aunque ya no entiende nada. Gente va y viene. Sueltan un saludo y siguen. Nadie se percata de la tristeza que albergan sus ojos anegados en vejez y soledad. Aletargado pasa uno y otro día hasta que llegue su final.

Su sorpresa fue grande cuando aquel joven se detuvo ante el portón de su casa. No se conocían, nunca se habían cruzado sin embargo uno se reconoció en el otro. El impulso inicial del joven fue seguir de largo. Le resultaba incómodo y terriblemente familiar aquel vacío que veía y que se sentía en cada inhalación del viejo. En cambio, fue eso lo que lo hizo retroceder.

No se equivocó. Las primeras palabras fueron suficiente para entenderse, para que la vida de uno se sintiera como la del otro. Descubrió que la mirada de don Agustín se posaba en esa esquina porque le recordaba lo que la edad le estaba obligando a olvidar.

Por ella pasó quien a los 16 años él creyó sería su gran amor y en ella a los 20 besó a la que sí sería su gran amor. Por ella, siendo un crío, vio a su padre alejarse sin mirar hacia atrás. Con ansias, a los 23, cruzó desde ella hasta su casa para conocer lo que era la paternidad.

Los vidriosos ojos de don Agustín ahora le narraban cómo un día miraron: con devoción y admiración a su madre; golosos, los pilones que le traía su tía Mercedes; con brillo, a las mujeres guapas; incrédulos, una infidelidad; con frustración y dolor, cómo sucumbía su hijo a las drogas; con horror, su paso por la guerra de Vietnam. Hoy, entre lágrimas, mira su tristeza y con desilusión su soledad. “Ya nadie tiene tiempo para mí, nadie me viene a ver”.

La falta de tiempo y las circunstancias habían abierto una brecha que ahora dejaban al anciano en total abandono. Dependía de este o aquel vecino para resolver cosas básicas, ir a una cita médica, al mercado o a la farmacia.

La conversación siguió entre café con leche y galletas de sodas con queso. Él con un poco de reparo aceptaba la merienda porque sabía que en aquella casa había mucha generosidad, pero muy poco para comer. Se asustó al verse en la piel del viejo. Entre cuentos no podía dejar de preguntarse cuántos don Agustín habrá. Pensaba en todos los ancianos y ancianas que no tendrán a quién contar ni su día ni su ayer.

Cuando la tarde se asomó por la reja del balcón vio como regresaba el don Agustín sumido en su soledad que contempló al entrar. Ya los cuentos se repetían. No sabía cómo irse. Sabía que nunca ocurriría, pero aún así en silencio se prometía que regresaría. El viejo no tardó en captar de inmediato la disyuntiva del joven, miró el reloj de la cocina que perenemente marcaba las diez y diez y dijo: “Muchacho mira la hora que es… al igual que yo tendrás muchas cosas que hacer”.

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