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El árbol de la felicidad

La dicha habita en las cosas más sencillas de nuestras vidas
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¿Eres feliz?, preguntó no hace tanto tiempo alguien en redes sociales. Las respuestas no se hicieron esperar. Todos, con salpicadas excepciones, dijeron que sí. Me resultó curioso. Gran parte de los comentarios se limitaban a respuestas tan escuetas como: “claro”, “por supuesto”, “definitivo”, “totalmente”, “siempre”, entre otras. Me alegró saber que tanta gente reclamaba con tal seguridad su estado de júbilo.

Seguí con curiosidad cómo se sumaban los reclamos de regocijo. Por días tuve la interrogante en mi mente y me cuestionaba por qué yo no podía reaccionar al acertijo con tanta desparpajo y seguridad.

Soy cuidadosa con lo que digo y ser tan contundente en algo tan profundo me parecía trivial y hasta artificial. Suelo ser escéptica y leo con incredulidad lo que se proclama en estas plataformas. Siento que en ocasiones es más un reflejo de lo que se quiere ser a lo que realmente se es.

Después de muchos pensamientos satélites en torno al tema, entendí que estaba haciendo lo mismo que en otras instancias; pensando y analizando los más pequeños dobleces de un cuestionamiento sencillo hasta que se convierte en una complicación. Con ese análisis yo misma me respondí.

Si al concepto felicidad se le pudiera añadir un sinónimo este debería ser sencillez. No encontré en mis cavilaciones ni lujos, ni complicaciones, ni riqueza material. La dicha habita en las cosas más sencillas de nuestras vidas. Está en esos instantes, puros y francos que uno va acumulando en el transcurso de ella, esos que dan fuerza para enfrentar con entereza los momentos menos nobles que se nos cruzan en el camino. Lo confirmé. Comencé a listar algunas de las cosas que me hacían sentir afortunada y todas están atadas a lo franco y cotidiano.

Me sosiego y encuentro la alegría cuando; veo una flor brotar, escucho la sabiduría de un anciano, me cruzo con un desconocido y este me sonríe, camino bajo la lluvia, llega el perfume que me recuerda a alguien querido, veo batir el rabito de una mascota, siento un abrazo o una caricia, ocurre un encuentro improvisado con un amigo, soy cómplice en una conversación, huelo un café a primera hora de la mañana, me topo con alguien que a pesar de la distancia quiero como el primer día, paso las páginas de un nuevo libro y veo como rebotan con cada paso los crespos del pelo de un niño.

Y entre todas las cosas que pensé, enumeré y vi en los días subsiguientes del “post” recordé un sueño que tuve hace más de siete años.

Transcurría en un jardín. Enfocada, miraba mis pies descalzos que subían por un pequeño promontorio. Era tan real que sentía la hierba mojada entre los dedos. Al levantar la mirada me encontré con un árbol imponente, hermoso. Sus frutos eran todos color naranja. Extendí los brazos y agarré lo que de sus ramas colgaba. Con sorpresa vi que eran calabazas. Las fui recogiendo. Unas grandes, otras pequeñas, pero todas perfectamente formadas y brillosas. Y si ya era absurdo un árbol lleno de esos frutos más surreal fue lo que hallé entre las ramas interiores. De ellas prendían panes, bizcochos, tortas en las que la utilizaban como ingrediente principal. Tomé algunos y los acerqué a mi rostro y los olí, todos con la característica fragancia de lo recién horneado. Me recuerdo batallando para no despertar. Me vi feliz, extasiada ante aquel espectáculo que me traía paz. Con esa sensación me desperté. El sueño no ha regresado, pero sí el regocijo cada vez que lo evoco. La felicidad es así viene y va, no es constante, no puede serlo porque no seríamos capaces de reconocerla en algo tan sencillo como una calabaza.

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