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El poder del orden

Vida y mente en armonía
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“Orden en la vida y la vida en orden”, me dijo un día Irelsa de la Mata, una buena amiga de mi madre, al ver el reguero que dejaba sobre una mesa de trabajo. Era bien joven. Durante las Navidades me ganaba unos pesos haciendo lazos que decoraban bellas canastas que se convertían en festivos obsequios. A mi paso iba dejando tijeras, pedazos de cinta, alambres y cualquier otro material que facilitaba y dejara volar mi creatividad. Irelsa, con paciencia casi maternal, iba detrás de mí recogiendo todo lo que iba soltando a mi paso. Llegó el día en que no aguantó más. Me miró y con firmeza me dijo: “Uno no puede ir por la vida como un torbellino revolcando todo y dejándolo como si no pasara nada”. Y remató con la frase que comienzo esta columna. 

Por respeto y cariño, cuando trabajaba junto a ella observaba su petición. Pero para ser sincera, en ese momento de mi vida no le encontraba ninguna profundidad. Como ocurre con la mayoría de los consejos sabios que uno recibe no es sino hasta determinada ocasión cuando resuena la verdad de ellos. Sus palabras no las asumí como propias hasta más adelante en la vida. Ella, muy sabia, consiguió que con la cercanía y el ejemplo fuera entendiendo y, más aún, necesitando el orden que predicaba. Su disciplina pronto convirtió mi trabajo en uno más eficiente y sin darme cuenta llegó un día en que lo que aprendí de ella, a pesar de la distancia, fluyó con espontaneidad. Naturalidad un tanto complicada de seguir ya que en mi casa siempre hubo una implícita rebeldía al orden. Muchos años de internado provocaron en mi madre una aversión, con más que razón, a todo lo que estuviera atado a normas y reglas. 

Con la adultez encontré que lo que había aprendido en ese tiempo de moñas y regalos me resultaba más coherente. Mi individualidad se fue esculpiendo y mis espacios físicos y mentales se fueron limpiando. Sistemáticamente notaba que a esa nitidez física le seguía una agilidad y claridad mental. Mi cabeza se fue transformando en un espejo en el que reverberaba el orden de mi entorno. Si había caos a mi alrededor mi mente se distraía y perdía foco. Por ende, la inclinación a la disciplina era obvia ya que ella me acercaba más a una existencia pacífica y exitosa. 

Una superficie diáfana aumenta la posibilidad de detectar cualquier problema que haya podido quedar enterrado debajo de escombros. Con el cuerpo y la vida sucede algo similar. Un estado interior en armonía te empuja a examinar y descubrir con más astucia alguna interferencia que pueda estar alterando tu cabeza. Es una invitación abierta a reajustar tu vida y a enfrentar con más eficacia cualquier tropiezo. 

Basta con darle una mirada a nuestra nueva realidad como país para entender la importancia de las estructuras ordenadas y transparentes. Cuánto más fácil sería nuestro hoy si hubiéramos tenido un sistema más lógico. Lamentablemente nuestra ya desordenada y contaminada vida comunitaria tuvo poco espacio para maniobrar y mitigar el impacto del embate. 
Extrapolar y acoplar nuestra conducta individual a la convivencia social, familiar y hasta laboral intrinca más el tema. 

Al observar unas normas básicas de urbanismo, muy pobres en ocasiones, no debemos perder de perspectiva que mi orden no es necesariamente tu orden ya que este depende de tus valores personales y, sobre todo, de cómo deseas vivir. Muchas veces escuchamos a algunos decir que ellos tienen un sistema de clasificación dentro de su reguero y es muy probable que sea cierto. El detalle está en que debemos evitar que nuestro estilo se convierta en una imposición o desconsideración para el otro, más bien que se complementen y faciliten la existencia de ambos y, así, alcanzar el bien común.

Pienso que Irelsa jamás se enteró de lo trascendental que han sido para mí sus palabras. Cada día encuentro en ellas más lógica y más herramientas. A ellas, sin duda, le debo poder salir airosa, con claridad mental y éxito de muchas espinosas situaciones. 


 

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