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El vicio de la inmediatez

Escribir y recibir una respuesta es un ejercicio que conecta como jamás lo hará un medio electrónico
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Ahí estaba arrinconada, enterrada entre anuncios y facturas al fondo del buzón. Reconocí la diminuta letra estampada en el sobre, al virarla vi el remite que anticipaba. Nos hemos mantenido en contacto -con intervalos de silencio- por correo electrónico, Whatsapp u otras vías de comunicación. Me atrevo a decir que hace más de diez años, quizás más, que no recibía algo escrito de su puño y letra. 

Hacía semanas que no pasaba por el correo. Cuando mi madre murió me hice con la llave de un apartado para recibir mi correspondencia. Hasta esa fecha, sin importar dónde estuviera, todo llegaba a su casa. Ante su muerte y mi indecisión de dónde viviría opté por esa dirección sin casa. Muy poco llega a ella y he estado tentada a cerrarla, aunque me alegro de no haberlo hecho porque de no existir no habría recibido la carta de Eugenio.

Me senté a tomarme un café mientras descartaba lo que no me interesaba. Dejé para el final su carta. Ceremoniosamente la abrí y la leí. Para Eugenio el 2018 fue un año muy duro, habíamos intercambiado mensajes, pero lo que sentí al leer sus líneas me estrujó el corazón. Con ella llegó un pedacito de él. Su caligrafía delataba el temblor de su pulso al escribirla. En ella se palpaba el coraje, la impotencia y el dolor. Los seis pliegos eran un monólogo interior y en ellos vi al desconsolado amigo que no pude notar en aquellas otras herramientas de comunicación. Leí cosas que no me eran ajenas y otras que no sabía albergaba en su cansado espíritu. Con cada trazo notaba cómo evolucionaba su estado anímico. Hacia el final noté que la catarsis lo había sosegado y pude percibir al Eugenio que mejor conocía.

Su carta evocó la magia de ese acto que la tecnología y el vicio por la inmediatez ha hecho desaparecer. Escribir y recibir una respuesta es un ejercicio que conecta como jamás lo hará un medio electrónico. Esperar con ansiedad al cartero para ver si llega la respuesta deseada, la decepción cuando pasan semanas y no sabes nada, escoger el papel, buscar el sello, encontrar un buzón donde echarla, todos esos detalles que hacen de una relación epistolar algo especial. Conocemos las historias íntimas de muchos personajes gracias a la correspondencia que intercambiaron con amantes, mentores, familiares y amigos. George Sand, Franz Kafka, Van Gogh y otros volcaron sus sentimientos en tinta y papel.

Por carta entablé una de las relaciones más puras y hermosas que he vivido. Recuerdo que una de mis compañeras de la infancia, Ani Comas, tuvo la ocurrencia de enviar su dirección a la revista Billiken buscando entablar alguna amistad por correspondencia. Recibió decenas de respuestas. “¿Puedo coger una?”, pregunté. Sin terminar la oración ya la tenía en mis manos.

Christian Atance era un muchacho argentino de 9 o 10 años. La misiva llegó con una foto. Parado frente a su casa, derechito y muy peinado. Vestía un inmaculado pantalón gris, chaqueta azul marino y corbata. Alrededor de 15 años estuvimos carteándonos. Recuerdo su impecable ortografía, la mía no lo era, una dislexia no diagnosticada atrasó mi desarrollo. Supongo que para él debe haber sido una tortura leer aquellas líneas plagadas de letras invertidas, aunque el alma que ponía en ellas de seguro compensaba.

Mi viaje a Argentina coincidió con su servicio militar en la Patagonia. Finalmente hace como 10 años nos encontramos. Era editora en Primera Hora cuando recibí su llamada. “Soy Christian, estoy de paso por Puerto Rico”. Habíamos perdido contacto. Buscó hasta que dio con algún escrito que me relacionaba con El Nuevo Día y allí le dijeron cómo contactarme. Nos vimos esa misma tarde. El atropellado y extraño encuentro le puso voz, olor y color a las miles de palabras que me había escrito por años. No nos hemos vuelto a comunicar. Ninguno ha procurado al otro. A veces pienso que aquel día, en silencio, pactamos que así fuera.

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