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La voz que nos habita

Resulta tan abstracto articular con palabras ese pellizco que sientes en las entrañas cuando algo no se siente cómodo o cuando alguien que se te acerca no trae consigo transparencia y sinceridad
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Le bastó dar el primer paso para reconocer que se había equivocado. Lo que inicialmente le pareció perfecto estaba lejos de serlo. Entonces, ¿por qué en ese instante en que su instinto le gritaba: ¡Sal de ahí!, no lo hizo? 

Quizás porque, tres meses atrás, ese mismo impulso fue el que lo llevó hasta ese punto y lo instó a lanzarse en esta aventura. Ahora le volvía a susurrar al oído, atiborrando de dudas su cabeza. Se detuvo y pensó que después de tanto desencuentro quizás su brújula esta vez le estaba fallando, que era imposible que el marcador fuera de 0 a 180 grados en tres meses. No, no estaba equivocado no lo estuvo tres meses antes ni tres meses después.

Con el tiempo ha aceptado que su intuición, como suele ocurrir, tenía la razón. Esa pesadez que intuyó y sintió al abrir la puerta era contundente, real. Ignorarla tan solo fue una manera de alargar una experiencia que carecía de futuro. Su primera corazonada fue atinada y la segunda también. Ahora entiende que las dos situaciones tenían que darse porque de otro modo jamás se hubiera escapado de la primera atadura. La falta estuvo en no atender y dudar de la validez del segundo aviso. El error llegó por dudar y cuestionarse él mismo. Naturalmente, la distancia de lo vivido te da la templanza necesaria para analizar todo con la frialdad que difícilmente tienes cuando estás sumido en la incertidumbre. En más de una ocasión ha admitido que escuchar su corazón, eventualmente, lo ayudó a enmendar el error de haber ignorado lo que le decía a gritos su inconsciente. 

El instinto es una de las herramientas más poderosa que tenemos los seres humanos. Es ese olfato primario casi animal que nos guía intuitivamente a la verdad. Nos susurra claramente al oído para permitirnos el arrojo que la complacencia muchas veces nos quita. Peleamos con él cuando se empecina en llevarnos o mostrarnos lo que no deseamos ver. A él no se le puede reprimir, siempre termina por vencernos. Al final aceptamos que la verdad estaba en esa corazonada, en esa voz que llegó de forma natural sin invitación previa a nuestra mente.

Si lo razonamos, es absurdo pensar que algo de cierto modo un tanto primitivo, pueda pesar más que la razón. Es arriesgado vivir de oído, de corazonada, cuando el juicio te quiere llevar por otro lado. Sin embargo, haz un balance y mira a ver cuantas veces la intuición te ha conducido por el sendero correcto, te ha salvado. La respuesta te sorprenderá. Por más irracional que parezca es ahí muchas veces que yace la certeza. Es difícil de explicar la fuerza que posee un presentimiento. Resulta tan abstracto articular con palabras ese pellizco que sientes en las entrañas cuando algo no se siente cómodo o cuando alguien que se te acerca no trae consigo transparencia y sinceridad. 

Constantemente estamos tomando decisiones, unas de mayor envergadura que otras. Cuando te encuentres en una encrucijada de la complejidad de la de nuestro protagonista no dudes ni por un instante en tirar a la ecuación del raciocinio la espontaneidad de esa voz que llevas dentro. Su poder es tal que es capaz de disparar todas las alarmas cuando estamos en peligro física o emocional. Escucha tu cuerpo, tu corazón, tu inteligencia y astucia, esta te protege y te guía aun en los momentos de mayor confusión.

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