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Lluvia del alma

Las lágrimas como caricias sanadoras
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Irrumpes en llanto. No puedes controlarlo. Tienes una pena muy profunda en el alma que salió disparada de la forma más inocente del mundo.
 
En estos días en los que nos hemos enfrentado a dos fenómenos que nos han alterado totalmente la vida se hace más evidente, quizás para unos más que para otros. Son tantas las variantes que pueden atizonar y provocar que como un surtidor salga ese dolor acumulado.

Particularmente, después del huracán María que ha devastado la Isla y ha dejado a muchos desvalidos. El cansancio acumulado por el mal dormir, la incomodidad, la escasez, la tensión de no poder producir, el miedo, las pérdidas, la incertidumbre, la impotencia todas ellas se agolpan para que la frustración y la desesperación hagan explotar al más ecuánime.

No obstante, bien lo dijo Mario Benedetti: “Tengo la teoría de cuando uno llora, nunca llora por lo que llora, sino por todas las cosas por las que no lloró en su debido momento”.

La obligación de seguir adelante en ocasiones evita que nos detengamos a sentir lo que nos provoca una situación adversa. Nos repetimos en nuestra mente “hay que seguir, ya pasará, no es nada, para adelante…”, y así otras frases construidas que se supone que mitigan ecuaciones complicadas y que nos repite incesantemente nuestro motivador interno.

Verdaderamente lo que se está construyendo dentro de nuestro pecho es un edificio a escala, lleno de apartamentos de diferentes tamaños en los que habitan tristezas que no lloramos o atendimos en su debido momento. Así seguimos caminando con ese pesar contenido a cuestas hasta que llega un día en el que una, dos o tres cosas pequeñas cayeron sobre ti y sin más explotaste, te partiste de pesadumbre. La acumulación y las secuelas de diversos dolores se van enquistando hasta que el organismo no puede más y necesita expulsarlo o se envenena.

En el fondo hay que agradecerle a ese evento que hizo su entrada triunfal cuando no lo anticipabas en forma de copiosas lágrimas porque en ella se encierra la señal de que estás vivo. No eres un autómata que va por esos mundos sin ver ni padecer. Estamos hechos de buenos momentos, pero también de muchas heridas. Algunas de ellas casi no se ven, otras están mal suturadas y otras son señales de pérdidas tan inmensas que presentimos que permanecen abiertas eternamente, que no cicatrizan jamás.

El llanto es por lo tanto en muchas instancias la única manera que tenemos de mimarnos, de limpiar el alma, de consolarnos y de conectarnos con nuestra vulnerabilidad. Es el saldo de todo ese hacinamiento melancólico de años. Las lágrimas te permiten abrazar la fibra más íntima de ti y enlazarte con tu yo más profundo y con tu sensibilidad, es de acuerdo a José Martí “fuente de sentimiento eterno”.

El llanto es un lenguaje universal que todos entendemos y al que la mayoría reaccionamos con empatía. Puede que no hayas pasado una situación igual y quizás ni remotamente parecida, pero ante el llanto de otro no te quedarás impávido. Inevitablemente algún gesto de consuelo saldrá de ti porque todos hemos sentido ese desasosiego que termina en sollozos.

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